Rosa Ruiz, misionera claretiana
Teóloga y psicóloga

Gaudete: caramelos de colores para todos


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En los últimos días la decoración navideña no está solo en las calles o en locales comerciales y supermercados. En torno a la celebración de la Inmaculada, también hogares cristianos, colegios, hospitales, bibliotecas… decoran los espacios y pasillos.



Esta semana me ha llamado la atención uno de esos espacios, la entrada en un bloque de pisos. Al entrar, junto a la escalera, han puesto un árbol (no muy grande) con luces y estrellas sobre una pequeña mesita. Hasta aquí nada especial.

A los pocos días, cuando volví a pasar, ahí seguía el árbol con sus luces y adornos. Pero además, alguien había añadido un pequeño recipiente de plástico transparente lleno de piruletas, caramelos de colores y paraguas de chocolate. No sé quién lo ha puesto ahí. No sé si habrá sido el conserje que limpia y mantiene el orden del portal. No sé si habrá sido algún vecino anónimo. Y he comprobado que las chucherías se reponen. Aquella tarde, dos niños que coincidieron conmigo en el portal saltaban de alegría al ver bajo el árbol los dulces. Los adultos que los acompañaban no supieron decirles si se podían coger o no. Ellos tampoco sabían quién los había puesto allí ni para qué.

Lo gratuito nos desconcierta

Lo gratuito nos desconcierta. Y lo gratuito y apetecible, más aún. Y una vez superado ese momento de asombro (¿es para mí?, ¿puedo cogerlo?), viene la alegría. Esa alegría sana, espontánea, natural. La alegría que sentimos al recibir un regalo (especialmente si es inesperado), o al ver un reencuentro de personas que se quieren en la llegada del tren, o al cantar y bailar con amigos en una tarde tonta.

Es la alegría de la navidad, de los buenos deseos, de las luces y el chocolate caliente cuando hace frío. Es la alegría de las pequeñas cosas. Creo que es la alegría del Adviento. Especialmente, el tercer domingo, el llamado ‘Domingo Gaudete’. En medio del camino de conversión y la espera, la liturgia nos invita a parar y a alegrarnos.

Decía el filósofo racionalista Spinoza en su ‘Ética’ que “la alegría es la transición de la persona de una menor a una mayor perfección”. Y, posiblemente, no hay mayor perfección en la alegría que la de los niños. La de la gente simple y sencilla que, pase lo que pase alrededor, se para en las escaleras al ver un bote de chucherías abierto. Y sonríe. En nuestra mejor versión, ni siquiera necesitamos coger los caramelos. Basta con saber que alguien los ha puesto ahí para nosotros. Para hacer la vida más bonita y más dulce y más alegre.

¿Y sabes qué es lo mejor? Que cualquiera de nosotros podemos hacer lo mismo: poner caramelos para todos en cada portal de vecinos.