Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

Gaudeamus igitur


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Entre septiembre y octubre, en la mayoría de universidades europeas se celebra la tradicional Lección Inaugural que abre el curso. Se da cuenta de la memoria académica del pasado año, se disfruta de una breve disertación a cargo de un profesor y, como manda la tradición, se concluye entonando el ‘Gaudeamus igitur’.



Este himno universitario universal –ya se remonte al manuscrito latino fechado en 1287 o nos quedemos con la versión alemana del siglo XVIII– expresa algo que va mucho más allá de lo que la letra dice. Y lo hace porque los seres humanos tenemos la capacidad de dar sentido más allá de lo evidente, de generar ritos, como dice Byung-Chul Han: “Los ritos posibilitan no solo un bello trato entre personas, sino también un pulcro y respetuoso manejo de las cosas. En el marco ritual las cosas no se consumen ni se gastan, sino que se usan. Por eso pueden llegar a hacerse ‘antiguas’”.

Quizá suene “antiguo” pero creo que lo necesitamos. Mientras entonábamos el ‘Gaudeamus’, pensaba cuántos de los profesores seguimos creyendo en esta noble tarea y cuántos la manejamos con ‘pulcritud respetuosa’. Me preguntaba también cuántos alumnos acuden a la universidad con este talante gozoso y a la vez realista:

Alegrémonos pues / mientras seamos jóvenes / Tras la divertida juventud / tras la molesta vejez / nos recibirá la tierra. / Viva la Universidad / vivan los profesores / Vivan todos y cada uno / de sus miembros / resplandezcan siempre (‘Gaudeamus igitur, iuvenes dum sumus (bis) Post iucundam iuventutem, post molestam senectutem, nos habebit humus. Vivat Academia, vivant professores. Vivat membrum quodlibet, vivant membra quaelibet, semper sint in flore’)

Saber, esfuerzo y estudio

Me preguntaba si no tenemos cierto déficit de respeto por el saber, por el esfuerzo y el estudio. Déficit de reconocimiento a tantos hombres y mujeres que dedican parte de su vida –con la mayor honestidad posible– a acrecentar lo que la Humanidad va aprendiendo en muchas horas de soledad, de biblioteca, de contemplar la vida… Porque la Humanidad, misteriosamente, avanza apoyada en lo que descubrieron quienes nos han precedido. Es más: el minúsculo paso que cada uno de nosotros podamos aportar, ayudará algún día a otras personas. ¿No es increíble?

Es la solidaridad y la comunión del género humano, también en el saber, en la búsqueda de la verdad, en la curiosidad. Por supuesto que no depende de títulos, pero tampoco vendría mal reconocer alguna vez el valor de los profesores, de quienes fueron capaces de prender en nosotros ese brillo en los ojos al escuchar algo que nos despierta o que nos abre horizontes nuevos. Y con ellos el valor que para toda sociedad tiene que haya estudiantes:

Nuestra vida es corta / en breve se acaba / Viene la muerte velozmente / nos arrastra cruelmente / no respeta a nadie. ¡Viva nuestra sociedad! / ¡Vivan los que estudian! / Que crezca la única verdad / que florezca la fraternidad / y la prosperidad de la patria (‘Vita nostra brevis est, breve finietur. Venit mors velociter, rapit nos atrociter, nemini parcetur. Vivat nostra societas! Vivant studiosi! Crescat una veritas, floreat fraternitas, patriae prosperitas’).

Gaudeamus igitur

Imagino que a algunos (no a todos, espero) evocar una universidad que canta himnos, que sigue rituales y respeta símbolos, les espanta. Suena a antiguo, a poco liberal o igualitario, a elitista. A mí, confieso que me encantaría recuperar un ámbito social donde se viva esa vocación de universalidad que tenía la universidad del Medievo, el cuidado en la expresión de lo que se sabe (gramática, dialéctica) y no sólo en lo sabido, el afán por compartir y debatir porque juntos aprendemos más y mejor, la convicción de que no es posible cuidar la dimensión racional si se abandona lo corporal, la interioridad o el compromiso cívico, porque la persona es una unidad.

Quizá los rituales (y lo antiguo) nos molesta porque nos devuelve un modo de acercarnos a la vida que nos desgasta y agota porque no la vivimos, sino que la consumimos. Y al hacer eso, perdemos la capacidad para percibir la belleza y la seriedad de esas mismas cosas. Perdemos el respeto a la vida, al esfuerzo intelectual, a las personas, al estudio. Algo que expresamos con nuestras actitudes y decisiones pero también en cómo hablamos, celebramos, vestimos, trabajamos.

Sí, creo que necesitamos recuperar formas rituales en la sociedad, que no van asociadas con hermetismos de otros tiempos, ni clasismos, pero sí con cierta conciencia de que la vida y el ocio deben acompañar la tarea que se nos encomienda. Y no todo vale. Ni para profesores ni para estudiantes. Y si la Universidad no lo hace, ¿quién lo hará? Si no tomamos en serio nosotros mismos esta misión intelectual, la búsqueda de la verdad y el compromiso universal con lo humano, ¿para qué mantener las universidades? Estaremos abocados a ser voceros de ideologías. Nada más ajeno al crecimiento de la Humanidad. Nada más alejado del ‘Gaudeamus igitur’.