Alberto Royo Mejía, promotor de la Fe del Dicasterio para las Causas de los Santos
Promotor de la fe en el Dicasterio para las Causas de los Santos

Dorothy Day: santa, pero no del gusto de todos


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Al hablar de ella como santa en ningún modo quiero adelantarme al juicio de la Iglesia, sino solamente expresar un deseo personal, fruto de la admiración por esta gran mujer. Y al hablar que no es del gusto de todos, por desgracia es una realidad entre muchos compatriotas suyos.



Hace unas semanas vinieron a mi despacho dos religiosas estadounidenses que querían hablar de un posible candidato a los altares, muy conocido como eclesiástico ilustre del siglo XX pero del que la verdad es que nunca había oído que tuviera fama de santo. Para dichas religiosas, evidentemente sí. Jóvenes ambas y entusiastas, eran la madre general y su colaboradora de una nueva comunidad muy fervorosa, fundada en Nueva York.

Ataques de radicales

La conversación transcurría plácidamente y me preguntaron si conocía algún santo de Nueva York, a lo que respondí con nombres más conocidos como Santa Elizabeth Seton, Madre Francisca Cabrini, el beato Solanus Casey, o Fulton Sheen, y  otros menos conocidos como Patrick Peyton, Mary Teresa Tallon, Walter Ciszeck etc. Las reverendas estaban encantadas que en Roma conociesen a los santos de su tierra. Pero cuando dije “y también Dorothy Day, mi favorita” fue como si una ola de aire gélido hubiese entrado por la ventana, el encanto de las hermanas desapareció, pusieron cara de total indiferencia y cambiaron de tema.

Basta mirar algunas páginas web católicas para ver cómo al hablar de Dorothy Day no omiten epítetos poco cariñosos como “radical”, “anarquista”, “izquierdista”, y no faltan las que explican porqué no debería ser canonizada. Lo podemos resumir diciendo que, en su país, a algunos radicales “pro life” no les hace gracia que de joven cometiera un aborto; otros no ven edificante que viviese un tiempo con un hombre sin casarse; los más de derechas, que fuera activista en defensa de los trabajadores; los defensores de la pena de muerte (que quedan muchos aún cuando el Papa ha cambiado el Catecismo de la Iglesia Católica) no la pueden ver por su firme oposición; los patriotas más concienciados, ya en su época y todavía ahora la ven como poco defensora de la patria por haberse opuesto abiertamente a la guerra.

Yo sigo considerándola una santa, de las grandes. Permítaseme explicar porqué.

Hay que reconocer que su historia es bastante especial, hecha de radicalismo y de fe, de inconformismo y de amor: Hija de un periodista deportivo, comprometida activamente con los movimientos socialistas y anarquistas, trabajó para muchas revistas de izquierda; arrestada en 1917 durante una manifestación feminista, conoció por primera vez en su vida, aunque no la última, la experiencia de la cárcel. Fueron los comienzos de una vida que parecía destinada al fracaso y, en cambio, por la gracia de Dios, se convirtió en una vida muy fecunda.

Una joven alejada

Nacida en Brooklyn el 8 de noviembre de 1897, su familia se mudó a California cuando ella era pequeña. Sin embargo, después de haber sobrevivido al terremoto de San Francisco de 1906, decidieron mudarse a un pequeño apartamento en el sur de Chicago. Fue en Chicago donde Dorothy a formarse una impresión positiva del catolicismo, antes totalmente desconocido para ella, debido a una amiga de su barrio que frecuentaba la parroquia; pero tendrán que pasar todavía algunos años antes de su acercamiento a la Iglesia; en cambio, en su juventud, como ella misma contó, se alejó de toda práctica religiosa.

Dorothy Day

En 1916 se trasladó a Nueva York, donde consiguió un trabajo como reportera para The Call, el único periódico socialista de la ciudad, y se ocupó de mítines y manifestaciones. Como hemos mencionado, en noviembre de 1917 fue a la cárcel por ser una de las cuarenta mujeres que habían protestado frente a la Casa Blanca por la exclusión femenina del voto. Al llegar a una casa de trabajo rural para cumplir la condena, las arrestadas fueron maltratadas y respondieron con una huelga de hambre hasta que finalmente fueron liberadas por una orden presidencial.

Venerar, adorar, dar gracias

Después de varias fases de enamoramiento, quedó embarazada y, siendo abandonada por su pareja, decidió abortar. Un trauma al que reaccionó apresurándose a casarse con un hombre rico, mayor que ella, pero el matrimonio se disolvió después de un año. Finalmente, justo cuando parecía haber encontrado una relación estable con Forster Batterham y los dos dieron a luz a su amada hija Tamara Teresa, ella le dejó. ¿Cómo llegó a esa decisión? Ocurrió que en 1922, mientras trabajaba como reportero en Chicago, se alojó con tres chicas que iban a misa los domingos y a fiestas y encontraban tiempo cada día para rezar. Nunca había visto algo parecido en su vida. En ese momento surgió para ella un horizonte completamente nuevo que la conmocionó fuertemente, llegó a descubrir, como dirá, que “venerar, adorar, dar gracias, suplicar… eran los actos más nobles de los que éramos capaces en esta vida”.

Esta fue para ella la ocasión de acercarse al fenómeno religioso en general y de modo concreto a la Iglesia católica, que veía como la de los emigrantes y de los pobres. ¿Pero era imposible hacer eso y tener un amante al mismo tiempo? Así, con el corazón apesadumbrado, un día se separó de él y al día siguiente fue bautizada. El nacimiento de la hija había sido el impulso definitivo para su acercamiento a la fe, como escribió en ese momento: “Quería creer y quería que mi niña creyera, y su pertenencia a una iglesia le dará una gracia y fe tan inestimables en Dios y el amor compasivo de los santos; por lo tanto, lo que había que hacer era bautizarla como católica”.

Contemplativa en la actividad

Forster reaccionó con extrema dureza al bautismo de la niña y a la conversión, y desde ese momento la soledad que Dorothy siente es profunda y definitiva.  Y, sin embargo, pronto se colmó presencia viva con su entrega a los demás, sobre todo a los parados y sin hogar, esto es a los vulnerables que habían sufrido las consecuencias de la crisis económica de 1929.

Posteriormente, en 1955, se convirtió en oblata laica benedictina de la abadía de St. Procopius, en Lisle, Illinois, donde regresará a menudo para retiros espirituales durante toda su vida. Desde el momento de su bautismo, nunca abandonó la misa y la comunión diarias, y la oración que la convirtió en una auténtica contemplativa en medio de su intensa actividad.

Profundidad inusual

En la vida de Dorothy, el gran punto de inflexión que fue su llegada a la fe se fusionó con su experiencia de vida política y social, pues otro momento esencial de su vida fue el encuentro con Peter Maurin (1877-1949), un laico ex hermano de las Escuelas Cristianas, que había leído algunos artículos publicados por aquella activista de la Gran Manzana que mostraba una profundidad inusual y a la que en seguida deseó conocer.

Dorothy Day

Así, el día de la Inmaculada de 1932, se encontraron por primera vez. Ese encuentro será fundamental para ambos, pero de modo muy especial para el camino espiritual de Dorothy. Así surgió la decisión de fundar el Catholic Worker, cuyo primer ejemplar fue distribuido de manera simbólica en la manifestación comunista del 1 de mayo de 1933, en la plaza de Union Square, en plena época de la Gran Depresión. El periódico se hizo famoso porque desde el principio hasta la actualidad, tenía el precio simbólico de un centavo de dólar.

Posición pacifista

The Catholic Worker movement tenía el objetivo de delinear una nueva posición neutral y pacifista en los años treinta cada vez más desgarrados por las guerras, optando por la no violencia y la acogida de los pobres y los desheredados. Después del ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941 y la declaración de guerra de Estados Unidos, Dorothy anunció que su periódico mantendría su posición pacifista. “Imprimiremos las palabras de Cristo que está siempre con nosotros”, escribió y añadió.  “Nuestro manifiesto es el Discurso de las Bienaventuranzas. La oposición a la guerra no tiene nada que ver con la solidaridad con los enemigos de América. Amamos a nuestro país.”

Dirigido por Dorothy, en aquella delicada circunstancia política y social el movimiento defendió la misericordia en lugar de la guerra: Pero la fuerte presión social del momento llevó, como era de esperar, a que no todos los miembros de la comunidad del Catholic Worker estuvieran de acuerdo con su visión, por lo que quince casas de hospitalidad fueron cerradas en los meses siguientes a la entrada del país en la guerra; sin embargo, la visión de Dorothy prevaleció.

Compromiso social

Pero además de tantas actividades, quien se acerca a Dorothy Day encuentra una profundidad interior que no todo el mundo conoce. Fue llamada “la mística de izquierda” y “la radical devota”, todo ello porque supo conjugar de modo inusual su compromiso social de solidaridad más radical con la vocación laical cristiana de búsqueda de la santidad, en la que los ingredientes fundamentales eran la meditación de la Palabra de Dios, la oración diaria del rosario -al que se mantuvo fiel hasta la muerte- y la comunión eucarística; era también muy devota de la Virgen. Quien la trató la recuerda como una mujer de gran dulzura, incomparable bondad y, aunque estaba acostumbrada a luchar, de ejemplar humildad. En cierta ocasión, explicó que todo en su vida había encontrado sentido cuando decidió confiar en Dios y en la Iglesia:

“Tuve una conversación con John Spivak, el escritor comunista, hace unos años, y me dijo: ‘¿Cómo puedes creer? ¿Cómo se puede creer en la Inmaculada Concepción, en el nacimiento de la Virgen, en la Resurrección?’ Sólo puedo decir que creo en la Iglesia Católica y en todo lo que enseña. Se nos enseña que la fe es un don, y a veces me pregunto por qué algunos la tienen y otros no. Siento mi indignidad y nunca podré estar lo suficientemente agradecido a Dios por su don de la fe.”

Representante laical

Dorothy fue apoyada por la jerarquía, aunque no siempre con entusiasmo por parte de algunos eclesiásticos. En cambio, cuando en 1967 hizo su última visita a Roma para participar en el Congreso Internacional de los Laicos –había estado antes en 1963 para apoyar el Concilio–, tuvo la alegría de ser una de los dos estadounidenses (el otro era un astronauta) invitados a recibir la comunión de manos de Pablo VI. Durante estos viajes visitó a dos grandes hombres: Giorgio La Pira en Florencia, quien le contó sus viajes a la Rusia comunista y luego, continuando en el mismo viaje, acompañada por William Congdon, conoció a don Luigi Giussani, Fundador de Comunión y Liberación, y fue invitada a participar en un encuentro para universitarios en Milán.

En su 75 cumpleaños, la revista de los jesuitas América le dedicó un número especial, pues encontraba en ella a la persona que mejor ejemplifica “la aspiración y la acción de la comunidad católica americana durante los últimos cuarenta años”. La Universidad de Notre Dame le otorgó la Medalla Laetare, para agradecerle el “consuelo a los afligidos que ella había traído”.

Causa abierta

Entre los que vinieron a visitarla cuando ya no podía viajar fue la Madre Teresa de Calcuta, quien colgó, en el vestido de Dorothy, la cruz que llevaban sólo las religiosas profesas de las misioneras de la Caridad. En su cumpleaños, Madre Teresa le escribió la siguiente felicitación: “Mucho amor, mucho sacrificio, todo para Él. Tú has sido un hermoso sarmiento de la vid, que es Jesús, y has permitido a su Padre, el dueño de la viña, que te podara de manera frecuente y radical. Tú lo has aceptado todo con gran amor”.

Murió de un ataque al corazón, acompañada por su hija Tamar, y fue enterrada en el Cementerio de Resurrección de Staten Island, a pocas cuadras de donde estaba su casa junto al mar, donde comenzó a interesarse por el catolicismo. En su tumba leemos sólo una frase muy breve, pero muy significativa: “Deo gratias”. En la actualidad su causa de canonización está siendo estudiada en Roma.