En la tarde de este 8 de junio, León XIV se ha convertido en el tercer papa en abrazar a todos los madrileños ante su patrona. Ha recogido el testigo de Juan Pablo II y Benedicto XVI, los otros dos sucesores de Pedro que pisaron la catedral de la Almudena.
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De hecho, Karol Wojtyla, el 15 de junio de 1993, fue quien consagró y dedicó el templo, que se convirtió así en la ‘cabeza eclesial’ de Madrid. Y, el 20 de agosto de 2011, Joseph Ratzinger, aprovechando su estancia en la capital por la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), visitó la catedral y celebró una eucaristía con 5.000 seminaristas.
Ofrenda floral y encuentro de oración íntimo
Hoy ha sido el turno de Robert Prevost, quien ha hecho una ofrenda floral y ha mantenido un encuentro de oración íntimo ante la imagen de la Virgen en el camarín.
El Papa, además de algunos cientos de fieles, ha estado acompañado por el arzobispo de Madrid, el cardenal José Cobo, y por los prelados de las Iglesias de Alcalá de Henares y Getafe, así como los propios auxiliares y eméritos madrileños. También han estado presentes los seminaristas de las comunidades madrileñas y numerosos representantes de la vida religiosa contemplativa.
A nivel civil, han acudido la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso; el alcalde de la capital, José Luis Martínez Almeida; la ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Elma Saiz; el delegado del Gobierno en Madrid, Francisco Martín Aguirre; o la reina emérita, doña Sofía.
Tras el saludo de Cobo, el Papa ha ofrecido un breve discurso. En él, ha celebrado que “son numerosas las generaciones de madrileños que, a lo largo de los siglos, han venerado esta imagen de santa María que lleva a su Hijo divino en brazos y nos lo presenta”.
Una tradición que se remonta al siglo VIII
Ahí, se ha adentrado en “la tradición”, que se remonta al siglo VIII, cuando, en plena invasión islámica de la península, se vivieron “tiempos difíciles para la comunidad cristiana”.
Entonces, “para proteger la talla de la Virgen, la escondieron en un recinto de la muralla de la Ciudadela, donde permaneció oculta durante mucho tiempo, hasta que, tras el derrumbe milagroso de una parte de los muros, fue hallada intacta”.
Esta “milenaria devoción mariana, tan sentida por todos vosotros”, es para Prevost “un signo de las raíces cristianas que os caracterizan y os dan vida, pero también de la gran esperanza que continúa animándoos para seguir adelante”.
El reencuentro de la Madre con su pueblo
De ese modo, “fue gracias a una muralla demolida que se produjo el reencuentro de la Madre con su pueblo. Y este hecho es providencial, porque señala el camino que Jesús, a través de su Madre Santísima, nos invita a recorrer”.
Haciendo una metáfora cargada de simbolismo, el Pontífice agustino ha enfatizado que, “en un primer momento, una muralla que cae provoca ruido, caos, desorden; pero también abre espacios, restaura posibilidades e impulsa restablecimientos”.
Hasta el punto de que, “en nuestras sociedades actuales siguen existiendo aún muchas murallas que no protegen, sino que dividen, alejan y aíslan. Y, a veces, al pensar en que derribarlas supone tener que enfrentar lo que no nos gusta, preferimos la comodidad de solo apuntalarlas y, más frecuentemente, de ignorarlas”.
Edificar algo nuevo, hermoso y duradero
Sin embargo, “Nuestra Señora de la Almudena, con su presencia y la seguridad de su protección, nos dice otra cosa: para edificar algo nuevo, hermoso y duradero, hay que estar dispuestos a destruir los muros, porque, para reemprender la ruta, son necesarios espacios que nos permitan vislumbrar el horizonte”.
“Persuadidos de que el Señor camina con su Pueblo santo, escucha sus temores y acoge con solicitud todos sus esfuerzos de bien”, León XIV ha llamado a los presentes a “no desfallecer en vuestro testimonio de fe, para contemplar el designio de amor del Padre”.
Esta senda se compone “de caridad, para uniros como una única familia de hermanos y hermanas; y de esperanza, para sosteneros en vuestra acción en el mundo”. Todo para ser “constructores de vínculos que restauren el lenguaje universal de la comunión, el amor fraterno y la concordia”.
Encuentro entre culturas y de personas venidas de muchos lugares
El propio saludo de Cobo había ido en esa línea, con el purpurado reclamando que “la Virgen de la Almudena habla de esta tierra, de su historia y de su tradición. Habla del encuentro entre culturas y de personas venidas de muchos lugares. Habla de cómo la fe ha sido, tantas veces, espacio de búsqueda, de sanación, de consuelo y de esperanza. De cómo esta ciudad, que ha conocido el miedo, ha sentido también la protección serena de la Madre”.
Siendo la patrona “refugio de la fe, custodia de la esperanza y aliento de nuestro impulso misionero”, desde hace muchos siglos “acompaña maternalmente el camino de esta Iglesia”. Hasta el punto de que “no entendemos Madrid sin la Almudena. Sin la Madre que aparece cuando caen los muros que creíamos firmes”.
Y es que “Ella permaneció oculta en la muralla que protegía la ciudad en tiempos de guerra y persecución, y apareció precisamente cuando era buscada: cuando el muro se derrumbó junto al lugar donde hoy se levanta esta catedral”.
Distancias, miedos, soledades, indiferencias
Así, “también hoy existen murallas que no se ven: distancias, miedos, soledades, indiferencias. Y muchos siguen anhelando, aun sin saberlo, la luz que la fe puede ofrecer”.
Finalmente, para Cobo, “mirar a la Virgen de la Almudena nos invita a ser buscadores y constructores de encuentro; a descubrir que María aparece cuando las murallas caen, cuando la paz se abre camino y cuando el encuentro vence a la violencia. Ella sigue alentando a esta Iglesia a construir comunidades capaces de derribar barreras y abrir caminos de fraternidad”.
