Paul Klee escribió en 1920 que “el arte no reproduce lo visible, sino que hace visible lo que no siempre lo es”. Y a esa cita recurre el pintor Giovanni Guida (Acerra, Nápoles, 1992): “Esta célebre intuición adquiere hoy una urgencia nueva y radical. Si tuviera que presentarme no lo haría a través de un listado de mis obras o técnicas, sino desde una definición de camino, casi como una intención teológica y poética”, afirma.
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“Creo que hoy en el arte hace falta un diácono, un servidor silencioso que sepa interrogar el misterio a través de la materia –sostiene–. Intento ser esa presencia: un buscador que no se conforma con las apariencias y excava en lo profundo para devolver al hombre su herida de luz”.
Guida, heredero del surrealismo, reconocido por recurrir desde muy joven al ‘grattage’, técnica desarrollada por Max Ernst, responde a ‘Vida Nueva’ desde Roma: “No llegué al surrealismo por una elección académica, sino por una necesidad de desbordamiento y trascendencia. Para mí, la superficie del lienzo siempre ha sido un límite, una barrera que ocultaba un secreto. El ‘grattage’ fue la respuesta a esta urgencia: no es un mero automatismo técnico, sino un acto de liberación”, promulga.
Y añade: “Es la arqueología de un instante en el que la carne del cuadro se raspa para dejar aflorar una memoria más antigua, una luz originaria que la superposición de los colores corría el riesgo de asfixiar. Más que inventar una forma, sentí el deber de desvelarla, dejando que la imprevisibilidad del trazo guiara mi mano hacia el más allá”.
El ‘grattage’ se ha convertido así en el eje de una abstracción que, como declara, “no cancela la figura, sino que la atraviesa, la raspa y la despoja para liberar su esencia espiritual”. Dios habita así en la obra de Giovanni Guida. “Esta espiritualidad se encarna en la pintura no como un tema por ilustrar, sino como una encarnación misma. Para mí, el caballete es un altar y el estudio, una ermita. No pinto lo sagrado, sino que dejo que el hacer pictórico se convierta en un acto litúrgico”, manifiesta.
Del ‘kairós’ a la ‘kénosis’ cromática
“El proceso comienza con la aplicación de densas capas de color: es la creación del mundo, la materia opaca. Luego interviene el tiempo, la espera del momento exacto en que el color no está ni demasiado líquido ni completamente seco: es el kairós, el tiempo oportuno –relata–. Ahí es donde ocurre la apertura de la superficie a través del raspado del punzón. Es un proceso de despojo, una kénosis cromática: quito materia para abrir espacio a la trascendencia. La espiritualidad impregna la obra no porque le añada algo, sino porque resto lo superfluo, hasta que el lienzo deja de ser un objeto y se convierte en un umbral”.
También bíblico, por ejemplo, en el uso del azul, púrpura y escarlata del Tabernáculo del desierto. “Sí, pero operando un vuelco teológico”, admite. “En el Tabernáculo del Éxodo, esos colores eran el velo que custodiaba y ocultaba lo inefable. En mi lienzo, en cambio, ese velo no sirve para esconder, sino para ser rasgado.
Mi ‘grattage’ es una iconoclasia generadora: incido el azul cósmico, el púrpura regio y el escarlata del sacrificio no para profanarlos, sino para cumplir la promesa del Evangelio, donde el velo del templo se rasga y el Lugar Santísimo se ofrece, finalmente desnudo, a través de las heridas de la materia”.
