Ávila arde. El grave fuego que se inició en Burgohondo se ha convertido, con cerca de 50.000 hectáreas calcinadas, en el mayor incendio registrado nunca en España. Decenas de carreteras cortadas, municipios confinados y decenas de miles de evacuados dibujan la magnitud de una tragedia que todavía no ha terminado de escribirse.



Pero detrás de los datos hay pueblos, hay familias, hay una tierra que arde, y una gente que, en medio del miedo, no ha dejado de mirar por el vecino. Y ahí, junto a toda esa gente, han estado los párrocos. Pocas voces retratan mejor lo que ha significado este incendio para la Ávila rural que la de quienes no se han movido del lado de sus fieles.

Marcelo Barvarino es el párroco de Burgohondo y Villanueva de Ávila, las dos primeras localidades evacuadas, pues el fuego se originó el pasado 22 de julio muy cerca de allí. Cuenta que, en los primeros días, mucha gente no era consciente de la gravedad de lo que se avecinaba.

“Subía cada cierto tiempo a la torre de la iglesia porque era el mejor mirador para seguir la evolución de las llamas. Y cada vez las veía más cerca”, cuenta a ‘Vida Nueva’. La tarde del segundo día, subió de nuevo y ya vio el fuego encima del pueblo. Poco después llegó el aviso de la Guardia Civil: había que evacuar.

El sacerdote destaca lo bien organizado que estuvo todo hasta llegar a Ávila capital, primero al polideportivo Carlos Sastre. “Me quedé con ellos hasta comprobar que todos habían llegado bien y que el recuento estaba completo, que iban a estar bien atendidos”. Más tarde, cuando trasladaron a los vecinos de Burgohondo y Villanueva de Ávila a la Escuela de Policía, ya no pudo entrar con ellos: por seguridad, no se permitía la entrada ni la salida.

Ganado en una zona afectada por el incendio de Burgohondo, en las proximidades de La Adrada (Ávila). Foto: EFE

El contacto quedó entonces en manos de los grupos de WhatsApp parroquiales. El domingo pidió celebrar misa allí, pero no fue posible. Lo hizo entonces en la cercana parroquia de San Pedro Bautista y les envió un mensaje para hacerles presentes en la oración, pidiendo que aquella tragedia terminara cuanto antes.

Ahora que han podido regresar al pueblo, hay algo que Barvarino subraya con especial gratitud: que, pese a la violencia del fuego, no haya habido que lamentar ningún daño personal. Lo llama, sin rodeos, un milagro. Ahora toca reconstruir. Ha convocado al consejo parroquial para valorar las necesidades de las familias. Lo más duro, dice, empieza ahora.

Un pueblo volcado

Juan José Rodríguez es uno de los sacerdotes más jóvenes de la diócesis, el último ordenado, y vicario parroquial de la unidad de Sotillo de la Adrada, otra de las zonas más golpeadas. Su tono grave al teléfono refleja la tensión de una semana de angustia.  Recuerda ver las llamas cada vez más cerca, y una noche en la que fue el propio humo el que le despertó. Había ido a celebrar misa en la residencia de las Hijas de la Caridad y percibió un ambiente extraño: mucho silencio, una calma tensa.

Al salir de allí, volviendo de Casillas, le llegó al móvil el mensaje de alerta. Hizo una mochila a toda prisa, y llevó a varias familias hacia la parroquia. No tenían claro dónde ir: “Habiendo niños, queríamos evitar un polideportivo”. Rodríguez llamó a un sacerdote amigo de Villarejo del Valle, y allí se trasladaron: siguen alojados en las antiguas casas parroquiales. El pueblo, dice, se ha volcado con ellos con ropa y comida.

Vista de un coche y una casa quemados por el incendio en Navaluenga (Ávila). Foto: EFE

Por su parte, José Carlos Labrador es párroco de Casavieja y Piedralaves, los dos municipios más castigados: en ambos, el fuego ha afectado a cerca del 90% del término municipal. Llevaba días viendo cómo el incendio se acercaba cada vez más al Valle del Tiétar. Mientras tanto, él y otros tantos voluntarios del pueblo estaban en la plaza de Piedralaves, preparando bocadillos para los bomberos, cuando llegó el aviso de evacuar.

Con la vida consagrada

Su primer pensamiento fue para las monjas del convento de las Misioneras de María Mediadora en Piedralaves. “Son una comunidad de religiosas mayores, muchas de ellas dependientes, sin posibilidad de valerse por sí mismas, y sabía que tenía que ayudarlas a salir. Llamé al párroco de Arenas de San Pedro para buscarles acogida y conseguimos trasladarlas al santuario de San Pedro de Alcántara. Pero después quise volver al pueblo para ayudar al resto de vecinos. Y ya no pude entrar. No pude. El fuego lo hacía imposible”, cuenta con la angustia y la pena en su voz.

Estos días ha mantenido el contacto con quienes están evacuados, tanto en Arenas de San Pedro como en El Raso, visitándolos cada día con una palabra de acompañamiento ante el dolor. Y allí, en medio de la incertidumbre y la tristeza, un rayo de esperanza: la de los cientos de voluntarios que cuidan de ellos como si fueran familia. “Eso les reconforta”, asegura.

El regreso

Como sus compañeros sacerdotes, Labrador cree que lo más duro será el regreso: “Ver la tierra calcinada, comprobar sobre el terreno lo que hasta ahora solo llegaba en forma de malas noticias”. En su voz se nota el dolor. El de quien sabe que debe sostener a su gente como sacerdote, pero que sufre, como cualquiera, viendo sufrir a los suyos.

Ahora empieza lo más difícil: volver, mirar la tierra quemada y empezar a reconstruir. La Diócesis de Ávila, a través de sus párrocos, de Cáritas y de cada comunidad parroquial, seguirá acompañando a los pueblos afectados en este camino, que apenas comienza.

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