El incendio que afecta estos días a varias localidades de Ávila, Toledo y Madrid, con 77.000 hectáreas calcinadas y más de 90.000 vecinos confinados o evacuados, es ya el peor en la historia de España.
- Síguenos en Google y añádenos como fuente preferida
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Uno de los municipios afectados es Navalagamella, en la sierra de Madrid y que cuenta con 3.000 vecinos. Desde el viernes por la tarde, nadie permanece en sus casas, estando muchos reubicados en un polideportivo de Alcobendas.
“Sentíamos miedo de quedarnos encerrados”
Entre ellos está Alfonso Rodríguez, el párroco local. Como le detalla a Vida Nueva el pastor de Nuestra Señora de la Estrella, “desde el jueves, cuando iban evacuando todos los pueblos de alrededor, como Colmenar del Arroyo o Fresnedillas, ya nos temíamos lo peor. Sentíamos miedo de quedarnos encerrados, por lo que íbamos movilizando a los más ancianos e impedidos”.
A todos les llamaban a que “estuvieran pendientes por si había que irse en cualquier momento. A los que contaban con familia fuera, sí les pedimos que se fueran ya. Y es que, si el fuego llegaba al pueblo, una vez que los que nos rodean estaban cerrados, no tendríamos escapatoria”.
Finalmente, “a las seis llegó una primera alerta que nos confinaba y, solo una hora después, otra en la que se nos evacuaba. Cuando vinieron los autobuses a por nosotros, afortunadamente, habíamos avanzado mucho y ya no estaban todos aquellos que habían podido salir antes”.
Buscó proteger las dos imágenes locales
Además de ir casa por casa atento a los vecinos, Rodríguez tampoco se olvidó de “nuestras dos imágenes locales, la de san Miguel Arcángel y la del Santísimo Cristo de la Sangre, que están en sus respectivas ermitas. Fui a por ellas y las llevé dentro de la parroquia, en el pueblo”.
Luego, la suerte estaba echada… Y ocurrió algo que el sacerdote destaca con fuerza: “El viernes nos dijeron que el pueblo iba a arder por completo… No podemos hablar de milagro, pues otros pueblos vecinos no han tenido esa suerte, pero es un hecho que, en nuestro caso, el fuego se detuvo justo en la ermita de San Miguel Arcángel y ha quedado intacto, sin ningún daño”.
En estos tres días en Alcobendas, “solo podemos agradecer la inmensa acogida que nos han acogido, desde las autoridades locales a los voluntarios, pasando por la Policía o Protección Civil”. “Nos han cuidado tan bien que, cuando volvamos a casa, lo haremos rodando”, añade entre risas mientras aplaude la comida con la que les han obsequiado.
Sus casas, sus sueños, sus proyectos
Con todo, el alud de dolor que acompaña es muy grande: “Han sido horas de muchísima preocupación, pues en nuestro pueblo está la vida entera de la gente: sus casas, sus sueños, sus proyectos… De ahí que me haya alegrado hacer lo único que podía: estar con los míos, como uno más”.
De ahí su recuerdo del papa Francisco: “Él nos llamaba a oler a oveja… Y yo añado que ‘a humo’. Lo que pasa por acompañar a todos, incluidos los musulmanes, los evangélicos o los no creyentes que hay entre nuestros vecinos”.
Desde la pastoral de la entrega desnuda y sencilla, desde el simple “estar presente”, el cura agradece “el apoyo que me han ofrecido otros sacerdotes. Por no hablar del cariño que nos han demostrado el cardenal de Madrid, José Cobo; el obispo auxiliar, Vicente Martín; el vicario de Pastoral, José Luis Segovia; y el responsable de la Vicaría VII, Jesús González Alemany. Han venido a vernos al polideportivo y nos han demostrado un cariño enorme”.
Consuelo y presencia paternal
De ahí su mayor certeza de estos días: “La fe aporta un consuelo y un sostenimiento enormes… Como sacerdote, es maravilloso poder encarnar esa presencia paternal entre los míos. José Luis Segovia me dijo: ‘Me alegra mucho que estés aquí’. Y me salió del alma decirle: ‘No podía estar en otro sitio’. Son mis hermanos…”.
Experimenta algo parecido Luis Fernando Murillo, párroco de la Santísima Trinidad, en Villalba, también en la sierra madrileña. En conversación con esta revista, nos comparte cómo “estamos acogiendo estos días a los vecinos de Valmaqueda, que han sido evacuados”.
En su caso, “tras coordinarnos con la alcaldesa, hemos abierto las puertas de Santa Rita, un centro para personas sin hogar que dirige Cáritas Madrid y que se desarrolla en un local de la parroquia y acompañan como voluntarios varios fieles nuestros.
La mayoría son de Colombia y Paraguay
La mayoría de los que acogen “son hispanos llegados de Colombia y Paraguay… De hecho, algunos solo llevan dos meses en España y ha sido muy duro encontrarse con una situación así…”.
Tanto con ellos como los que están en hoteles y “a los que visito para conocer su situación”, Murillo, que además de sacerdote es psicoterapeuta, recalca que “lo esencial es esa simple presencia personal; se trata de escuchar, ofrecer esperanza y, cuando lo piden, oración”.
Por eso, esta tarde va a celebrar con todos ellos una misa: “Deben sentir que la Iglesia es una gran familia y que está con ellos. Eso pasa por rezar juntos y por tener un contacto real y directo, dándoles mi teléfono para que sepan que estamos cerca de ellos en todo lo que puedan necesitar”.
Todo ello “lo recoge la primera lectura de hoy, que nos habla de un pueblo en el exilio, sin nada. Tampoco cuentan con templos o sacerdotes…, pero sí tienen a Dios. Él está en su corazón y les consuela”. Como sacerdote, encarnar esa entrega “es único”.
