De repente, el humo se abalanzó sobre la plaza. La visión era de color sepia, como en las películas antiguas. Nos despedimos de nuestro pueblo en silencio, con una tristeza infinita.
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Nuestros muertos y nuestros santos estaban en la cabeza y en los corazones. Dejábamos nuestras raíces sin saber qué nos encontraríamos a la vuelta. Era imposible contener las lágrimas, porque no conocíamos este dolor tan fuerte. Pedimos a la Virgen de Navahonda y a nuestro patrón, san Vicente mártir, que nos ayudase a sobrellevar esta situación.
El fuego comenzó el jueves en San Martín de Valdeiglesias, al incendiarse un vehículo. Los municipios colindantes estábamos en alerta por si teníamos que ayudar, y así fue; en la madrugada recibimos tres autobuses con personas evacuadas desde Pelayos de la Presa.
Los ancianos que llegaron procedentes de residencias fueron ubicados directamente en “la nuestra”: Residencia Sanitas La Almenara. Después de situarlos, este centro resolvió con eficacia la provisión personalizada de medicamentos para el resto de los desplazados.
Otra gente que había salido de sus casas con lo puesto y con sus mascotas se fueron instalando en el edificio polifuncional del municipio, que ya estaba preparado para acogerles gracias a las aportaciones de ropas, mantas, sillas, colchones, comida, agua, fruta… que los vecinos habían ido donando desde que se dio el aviso.
Parejas mayores que no querían separarse
Había parejas mayores que no querían separarse; era urgente localizar la insulina de Mari y el oxígeno para Nicolás; dos hermanitas solteras estaban desorientadas; la preocupación de Marisol era que el autobús no había parado en Navas del Rey, donde ella debía bajarse; Carlos se negaba a cambiarse el pañal; los caniches de Flor necesitaban pienso especial…
Cristina y Raúl, una joven pareja enamoradísima con unas limitaciones físicas muy acentuadas, habían venido a pasar unos días de vacaciones a Pelayos cuando les sorprendió el incendio. Se cuidan el uno al otro con delicada ternura, dan las gracias con extremada educación y todo les parece bien.
A pesar de sus dificultades, lo ponen todo muy fácil. Al día siguiente vino el padre de ella a recogerles y les trasladó a su domicilio en Paracuellos del Jarama.
Nadie a quien avisar…
No todos tuvieron la misma suerte. A unos, sus hijos no podían recogerles porque estaban trabajando y otros, sabiendo que estaban bien, sus familiares se quedaban tranquilos. Algunos no tenían a quien avisar…
Mientras atendíamos a nuestros “invitados”, recibimos la orden de que Colmenar del Arroyo tenía que ser evacuado. A través de un bando municipal, se alertó a los vecinos para que abandonaran sus hogares. Podían acudir a casa de familiares de fuera o acercarse hasta la plaza desde donde los autobuses nos llevarían hasta el polideportivo La Marazuela, en Las Rozas.
Alrededor de unos 60 colmenareños se instalaron en este centro municipal donde estamos siendo tratados como en un hotel de lujo. Sanitarios, voluntarios, sacerdotes, médicos, psicólogos, políticos… al servicio de una población asustada que absorbe esta hospitalidad y cariño desmedido con un profundo agradecimiento.
Esfuerzo del equipo de Gobierno local
Nuestro equipo de Gobierno local se turna para acompañar a sus gentes durante el día y, por la noche, duerme junto a ellas. Lo importante es que nadie se sienta abandonado. Nos damos los buenos días con una sonrisa al reconocernos, conversamos, nos reímos al sacar nuestro material de la mochila de intendencia de Cruz Roja.
Irene y África dormitan en el coche mientras que la familia robledana De la Fuente se fotografía orgullosa con el seleccionador nacional con el que comparten apellido, pues Luis de la Fuente se hizo presente al ser vecino de Las Rozas.
A Elena le dan miedo los perros, pero ya se ha acostumbrado a dormir mientras un can blanco se pasea por el salón de actos donde está instalada su cama de campaña. ¡Quién se lo iba a decir! Pilar, por su parte, se queda friendo croquetas para los bomberos de Zaragoza.
Cansancio y nerviosismo
Nadie pensó que iba a ser protagonista de las noticias que veían en la televisión. Aquello que parecía que iba a ser breve se está alargando. Los rostros están cansados y se palpa mucho nerviosismo.
Demasiado tiempo sin hacer nada y los mensajes ‘fake’ no ayudan, pues son tan incendiarios como el propio fuego. Los habitantes que están fuera no entienden estas decisiones oficiales, aunque sea por seguridad, porque solo quieren volver ya.
La Casa común, que nos decía el papa Francisco, está en peligro, pero no somos conscientes de ello hasta que no lo vemos en primera línea. Debemos aprender a cuidar. Cuando pasen los malos humos, tendremos una nueva oportunidad para sembrar, germinar y que todo vuelva a brotar.
*Sonsoles Hernández, maquetadora de Vida Nueva y natural de Colmenar del Arroyo
