Tribuna

Cuando la Casa común arde

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Escribo estas líneas desde un lugar que no es mi casa. Es el quinto día de evacuación. El humo sigue entrando por las ventanas del lugar donde me han acogido; las cenizas y el olor a quemado abarcan kilómetros, y cada mañana me despierto con la misma pregunta: ‘¿cómo estará hoy el Montí?’ ¿Cuánto habrá avanzado el fuego hacia la Sierra de Espadán? ¿Qué habrá sido de los senderos, los barrancos, los pinares que tantas veces recorrimos? ¿Qué habrá sido de Artesa, de Onda, de nuestras calles, de nuestras fiestas recién preparadas para honrar a Santa Ana el 26 de julio? Corro al ordenador para revisar los últimos datos de los satélites aliados VIIRS y MODIS. Nunca imaginé escribir un artículo sobre incendios mientras vivía uno. Y, sin embargo, aquí estoy: con la maleta improvisada, la parroquia cerrada, las celebraciones suspendidas y el corazón dividido entre la preocupación por la gente y la impotencia de ver arder lo que amamos.



Lo que está ocurriendo en Castellón —y en tantas otras provincias de España este verano— no es un episodio aislado. Es parte de una realidad mayor, más profunda y más inquietante. Una realidad que ya describíamos en nuestro blog de Ecología Integral de la Conferencia Episcopal Española, cuando hablábamos del “nuevo verano ibérico”: un verano más largo, más caluroso y más seco. Un verano que se ha convertido en una estación extendida, que empieza antes y termina después, y que somete a nuestros bosques a un estrés que no conocían hace apenas unas décadas. Hoy esa reflexión adquiere un rostro concreto: el de un incendio descontrolado en la Vall de Uixó que ha devorado miles de hectáreas y ha obligado a evacuar a miles de personas. El de un país entero que, semana tras semana, ve cómo las llamas avanzan en Galicia, Cataluña, Aragón, Castilla y León, Andalucía, Valencia. El de un mapa que parece cada día más rojo, más frágil, más vulnerable.

El fuego deja de ser una noticia

Hay un momento en que el incendio deja de ser un titular y se convierte en una experiencia. Ese momento llega cuando la Guardia Civil toca tu puerta y te pide que salgas. Cuando ves a tus vecinos recoger lo que pueden. Cuando el cielo se vuelve naranja. Cuando el olor a quemado se instala en la ropa, en el coche, en la piel. En esos instantes uno comprende que la “casa común” no es una metáfora bonita. Es literal. Es nuestra tierra, nuestros montes, nuestras fuentes, nuestros animales, nuestra ermita (la histórica Santa Bárbara del siglo XVI en el ‘Montí’), nuestras fiestas, nuestra historia … Y cuando arde, arde también algo dentro de nosotros.

Pero esta vivencia personal, tan humana y tan concreta, es también una ventana para mirar más lejos. Porque lo que está pasando aquí es parte de un fenómeno que afecta a toda España y, en realidad, a todo el Mediterráneo.

Un verano que ya no es el de antes

Soy climatólogo y en el artículo que escribimos hace unas semanas sobre el nuevo verano ibérico, señalábamos tres rasgos que ya son evidentes:

  • Veranos más largos: el calor intenso empieza antes de junio y se prolonga hasta bien entrado septiembre.
  • Veranos más calurosos: las olas de calor son más frecuentes, más duraderas y más extremas.
  • Veranos más secos: la falta de lluvias acumulada durante meses convierte nuestros bosques en un polvorín.

Esto no es una opinión ni una intuición. Es un hecho medido, estudiado y confirmado por la ciencia climática. El Mediterráneo es uno de los ‘hotspots’ del calentamiento global: una región que se calienta más rápido que la media del planeta. ¿Qué significa esto? Que nuestros ecosistemas están sometidos a un estrés térmico e hídrico que no conocían. Que los pinares, encinares y matorrales acumulan combustible seco durante meses. Que la humedad del suelo disminuye. Que la vegetación se vuelve más inflamable.

En otras palabras: el clima está creando las condiciones perfectas para incendios más grandes, más rápidos y más difíciles de controlar.

Fuego

Incendio en Sotillo de La Adrada (Ávila). Foto: EFE

Políticas más valientes

Pero sería injusto —y científicamente incompleto— atribuir toda la responsabilidad al clima. El fuego siempre es la combinación de varios factores. Y uno de ellos es la falta de políticas adecuadas, sostenidas y valientes para gestionar nuestros bosques y nuestro territorio.

En el artículo del blog lo decíamos con claridad:

  • España necesita planes de prevención que no dependan solo de la temporada de incendios.
  • Necesita gestión forestal activa, no solo reactiva.
  • Necesita inversión en limpieza, en mosaicos agrícolas, en cortafuegos, en vigilancia, en educación ambiental.
  • Necesita coordinación entre administraciones, continuidad en las políticas y una visión de largo plazo.

No basta con apagar incendios. Hay que evitar que se produzcan. Y eso exige recursos, planificación y voluntad política. La realidad es que, durante años, hemos vivido con una mezcla de abandono, desidia y falta de visión. Y hoy pagamos las consecuencias.

Columna de humo provocada por el incendio en Madrid. Foto: Efe

Columna de humo provocada por el incendio en Madrid. Foto: EFE

Cuando la creación grita

La tradición cristiana siempre ha visto en la creación un lugar de revelación. San Francisco hablaba del “hermano fuego”, del “hermano sol”, de la “hermana agua”. La Palabra de Dios nos recuerda que la tierra es un don, un regalo, una responsabilidad. Cuando la creación arde, no solo arde un ecosistema. Arde un sacramento. Arde un vínculo. Arde un espacio que nos habla de Dios. Y en ese ardor hay un grito. Un grito que nos interpela. Un grito que nos pide conversión. Un grito que nos recuerda que no podemos seguir viviendo como si la Tierra fuera un recurso infinito, como si el clima fuera un decorado, como si la naturaleza fuera un objeto a nuestra disposición.

La ecología integral —esa visión que une lo ambiental, lo social, lo económico y lo espiritual— nos enseña que el cuidado de la creación es inseparable del cuidado de del ser humano. Que los incendios no son solo un problema ecológico: son un problema humano, social, moral.

Somos todos parte de la solución

No podemos esperar que todo lo resuelvan los gobiernos. Tampoco podemos caer en la tentación de pensar que nada depende de nosotros. La ecología integral nos invita a una responsabilidad compartida:

  • Como ciudadanos, exigiendo políticas valientes y coherentes.
  • Como comunidades cristianas, promoviendo una espiritualidad del cuidado.
  • Como parroquias, educando, sensibilizando, acompañando.
  • Como familias, adoptando estilos de vida más sobrios y más conscientes.
  • Como sociedad, reconociendo que el clima no es un asunto ideológico, sino una realidad que afecta a todos.

Con esperanza, incluso en medio del fuego

A pesar de la devastación, hay signos de esperanza. La solidaridad de los vecinos. La entrega de los bomberos y la destreza valiente de nuestros pilotos de hidroaviones. La coordinación de los servicios de emergencia. La oración compartida. La creciente conciencia de que debemos actuar. La esperanza cristiana no es ingenua. No es evasión. Es compromiso. Es confianza activa. Es la certeza de que Dios nos llama a ser custodios de la creación y constructores de un futuro más justo y más sostenible.

Incendio 1

El fuego ha calcinado la Sierra Oeste de Madrid. Foto: Jesús G. Feria/ Vida Nueva

En estos días, mientras veía arder el ‘Montí’, me venía a la memoria una frase del papa Francisco —el anterior Papa— que hoy adquiere una fuerza casi profética: “Dios perdona siempre, el hombre a veces y la naturaleza nunca”.

No fue una amenaza. Es una advertencia. Es una llamada a la responsabilidad. Es un recordatorio de que la creación tiene sus leyes, sus ritmos, sus límites. Y cuando los ignoramos, cuando los forzamos, cuando los rompemos, la naturaleza responde. No con venganza, sino con consecuencias. Consecuencias que hoy vemos en forma de incendios, sequías, olas de calor, inundaciones, pérdida de biodiversidad.

Es cierto: la naturaleza no perdona porque no puede hacerlo. Porque no es un sujeto moral. Porque simplemente reacciona. Y esa reacción nos invita a una conversión profunda: personal, comunitaria, política y espiritual.