Tribuna

Cuando el fuego se apaga comienza nuestra tarea

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Las imágenes de los incendios que han asolado distintos lugares de España, entre ellos parte del territorio de la Diócesis de Getafe, han ocupado durante días portadas, informativos y conversaciones. El fuego, con su fuerza devastadora, ha dejado tras de sí paisajes calcinados, hogares dañados, pérdidas materiales, miedo e incertidumbre.



Pero también ha revelado algo que conviene contemplar con detenimiento: en medio de la tragedia, el corazón humano sigue siendo capaz de dar lo mejor de sí.

La obra que el Creador confió a la humanidad

La Creación no es simplemente el escenario donde transcurre nuestra vida. Para el creyente es mucho más: es un don recibido, una manifestación de la belleza y del amor de Dios. Cada bosque, cada árbol, cada río y cada especie forman parte de esa obra que el Creador confió a la humanidad para que la cultivara y la cuidara, nunca para que la explotara sin medida ni permaneciera indiferente ante su deterioro.

El respeto por la naturaleza no nace únicamente de una sensibilidad ecológica; brota de una mirada creyente que descubre en ella la huella de Dios y reconoce que somos administradores, no propietarios absolutos, de la Casa común.

Los incendios nos recuerdan con crudeza la fragilidad de ese equilibrio. Sin caer en simplificaciones, estas tragedias nos interpelan sobre el modo en que habitamos el mundo y sobre la responsabilidad compartida que tenemos de protegerlo.

Cuidar la Creación es cuidar la vida

Cuidar la Creación es cuidar la vida, el futuro de las nuevas generaciones y la dignidad de quienes dependen directamente de ella para salir adelante.

Pero, junto a las cicatrices que deja el fuego, emerge otra realidad que merece ser destacada. Cuando el sufrimiento llama a la puerta, las diferencias ideológicas, las tensiones sociales y la polarización que tantas veces parecen ocuparlo todo quedan, al menos por un momento, en un segundo plano.

Entonces aparecen los voluntarios, los vecinos que abren sus casas, quienes ofrecen alimentos, ropa o alojamiento, los servicios de emergencia que arriesgan su vida, las administraciones, las parroquias, las asociaciones y tantas personas anónimas que descubren que el dolor del otro también les pertenece.

El ser humano está hecho para la comunión

Quizá esta sea una de las lecciones más esperanzadoras de esta semana: el ser humano está hecho para la comunión. Frente a la cultura del enfrentamiento permanente, la solidaridad revela nuestra verdad más profunda. Allí donde el fuego amenaza con destruirlo todo, la caridad vuelve a demostrar que es capaz de reconstruir mucho más de lo que las llamas consumen.

Fuego

Sin embargo, sería un error quedarnos únicamente con la emoción del momento. Vivimos en una sociedad marcada por la inmediatez, donde el ruido mediático se desplaza rápidamente hacia la siguiente noticia. Hoy las cámaras enfocan los incendios; mañana lo harán sobre otro acontecimiento. Pero, para quienes lo han perdido todo, la tragedia no termina cuando desaparecen los titulares.

Cuando los focos se apagan comienza, probablemente, la etapa más difícil. Es la hora de regresar a casa, de enfrentarse a terrenos arrasados, de reconstruir viviendas, negocios, explotaciones agrícolas o ganaderas.

Empezar de nuevo, incluso desde cero

Es el tiempo de asumir pérdidas irreparables y, en muchos casos, de empezar de nuevo, incluso desde cero. Esa realidad exige una solidaridad perseverante, capaz de permanecer cuando la emoción inicial ya se ha disipado.

Precisamente ahí, la fe ofrece una luz insustituible. La fe enseña que Dios no abandona nunca a su pueblo y que también en medio de la prueba continúa sosteniendo la vida a través de la cercanía de tantos hermanos. Levantar la mirada hacia Él no significa evadirse de la realidad, sino encontrar la fuerza necesaria para transformarla con esperanza y con amor.

Las comunidades cristianas están llamadas a ser signo de esa esperanza. No solo mediante la ayuda material, tan necesaria, sino también acompañando, escuchando, rezando y permaneciendo cerca de quienes afrontan largos procesos de recuperación.

Un rostro humano en medio de la tragedia

Por ello, este momento es también ocasión para expresar un profundo agradecimiento a todos, personas e instituciones, que han mostrado un rostro humano en medio de la tragedia.

Las cenizas nos hablan de pérdida, pero también pueden convertirse en un punto de partida, en una llamada a la esperanza. Porque la esperanza cristiana nunca nace de negar la realidad, sino de creer que el amor de Dios es siempre capaz de hacer brotar vida allí donde parecía que solo quedaban cenizas.


*Ginés García Beltrán, obispo de Getafe