Esa tarde el aire era abrasador. Suele ocurrir en Afganistán en agosto. Pero Nisham nunca había experimentado un calor así. Sentía que le hervían las entrañas y el incendio se extendía a los pulmones, quemándole el pecho y la garganta. Sus fosas nasales y su boca se dilataban, jadeando desesperadamente en busca de aire. “No me salía la voz. Solo un gemido”, dice, mientras sus dedos retuercen la tela de su manga. No era culpa del calor.
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Cinco años después, Nisham aún siente la sensación de ponerse el burka por primera vez. Tenía 17 años en 2021, menos que la República afgana en aquel entonces, que agonizaba ante el avance de los talibanes. Entre los fragmentos rotos del espejismo occidental de exportar democracia, se encuentran los restos de los sueños de quienes se aferraron a esa promesa, solo para verla arrebatada. “Era el 15 de agosto cuando vino mi madre y me dijo: ‘Vienen, tienes que ponértelo. Es la única manera de protegerte’. Mientras, me entregaba el fardo de tela azul que había estado guardado en el armario durante veinte años”.
Era el burka, una cárcel de tela que envuelve el cuerpo desde la cabeza hasta los tobillos. Rostro incluido. Hasta los ojos están cubiertos por una gruesa red. Quizás por eso la prenda se asocia inmediatamente con la negación de la vista. Otros, en teoría, lo justifican por la necesidad de “proteger” los rasgos femeninos de miradas indiscretas, en resumen, para evitar tentar a los hombres. Quienes lo usan son las únicas que sufren. Esa rejilla de tela afecta a la salud visual e impide observar la realidad.
Cerrar la boca
Más que limitar la vista, este vestido carcelario cierra la boca. Corta el aliento, lo ahoga. Es casi imposible decir algo completo con una especie de capucha que aprieta la frente, se pega a la nariz y aprisiona los labios. Aún más difícil ser escuchada. La voz es percibida con menos claridad por los demás, perdiendo intensidad y claridad. El burka afecta profundamente la posibilidad de comunicación.
A diferencia del primer Emirato –entre 1996 y 2001–, el actual código de vestimenta talibán no impone el burka, usado casi exclusivamente en el sur del país, un bastión ultraconservador y pastún. Lo que sí es obligatorio es el ‘hijab’, una especie de abrigo amplio que deja la cara libre pero que, con el añadido de la imprescindible mascarilla, amordaza la boca.
Al igual que los comandantes del régimen teocrático totalitario de Gilead que cosen los labios de las sirvientas en el futuro distópico narrado en la serie de televisión ‘The Handsmaid’s Tale’, los antiguos estudiantes coránicos hacen desaparecer a las mujeres del tejido social y civil silenciándolas. La mordaza –física– llegó antes del edicto de agosto de 2024 que les prohíbe charlar y cantar en público. Y del código penal de febrero pasado que convierte a las esposas, madres, hermanas e hijas en “propiedad” del pariente varón más cercano.
El velo semi integral con mascarilla fue casi inmediato a la vez que se cerraron los lugares donde se forman las voces de las personas: las escuelas. La prohibición de la educación femenina a partir de los 12 años que se da en Afganistán es única en el mundo musulmán y le valió al Emirato una ‘fatwa’ de la Universidad de al-Azhar, punto de referencia del islam sunita.
“Me puse delante del espejo. No era mi reflejo, sino un bulto de tela. ¿Cómo había terminado así, enterrada viva en un sarcófago de tela? Me palpitaban las sienes apretadas por la cuerda que sujetaba el burka a mi cabeza. No podía pensar con claridad. Intenté gritar, pero el grito quedó atrapado. No podía existir allí dentro. Era cuestión de supervivencia. Me lo arranqué y lo tiré al suelo. Nunca me lo volví a poner a pesar de la insistencia de mis padres”. Nisham vive a dos horas en coche al norte de Kabul, en un pueblo enclavado en las oscuras montañas de Afganistán.
Un laberinto de caminos sin pavimentar bordeados de casas de ladrillo con altos muros. Antes del regreso de los talibanes el 15 de agosto de 2021, la joven, hazara como la mayoría de los residentes, iba al mercado –el epicentro de la vida social–, generalmente vestida con pantalones, una blusa de colores vivos y un pañuelo sobre su largo cabello castaño. Ahora ya no puede hacerlo. El difícil acuerdo alcanzado con su familia, que está preocupada por su seguridad, consiste en un ‘hiyab’ de color neutro, con un velo fino que le cubre la boca.
Las autoridades se lo han permitido, aunque no siempre. Expulsada del instituto en el último año, aceptó casarse con un compañero de clase para no ser una carga para sus padres, que se vieron aún más empobrecidos por la interrupción de la ayuda internacional tras el colapso de la República, una ayuda de la que dependían dos tercios del presupuesto social. “Un buen chico”, así describe a su marido, que la apoya en sus esfuerzos por continuar sus estudios.
Resistencia silenciosa
Obviamente, no puede hacerlo formalmente. Algunas asociaciones pagan la matrícula –cara para los estándares locales– de jóvenes necesitadas que asisten a centros educativos privados que ofrecen formación, pero no otorgan diplomas. Los talibanes –mucho más divididos internamente de lo que aparentan desde fuera– toleran su existencia para mantener buenas relaciones con los propietarios, generalmente vinculados a la pequeña élite local.
Un juego de suma positiva en el que todos ganan: los empresarios recaudan las tasas de inscripción y los talibanes obtienen favores. Todos a costa de las mujeres. Las palabras de las mujeres afganas de hoy son un grito de resistencia silenciosa. Ellas siguen produciendo relatos y poemas que distribuyen anónimamente para evitar represalias.
“Los márgenes son muy estrechos. Cada centímetro de piel expuesta, cada centímetro de camino recorrido, cada centímetro de labios abiertos es una lucha. Luchamos cada día. Por eso me parece injusto el retrato que hacen de nosotras como víctimas indefensas. Somos luchadoras”, subraya Nisham, que no ha renunciado a la idea de graduarse algún día en Ciencias políticas. Mientras tanto, da clases de inglés en secreto a chicas adolescentes en un pueblo al que llega a pie, caminando durante más de una hora al amanecer.
“Una mañana me desperté…”, empieza a cantar en un italiano chapurreado. “Descubrí ‘Bella Ciao’ gracias a la serie española ‘La Casa de Papel’. Sí, no nos pueden quitar internet. Es una canción de resistencia, ¿verdad? Es perfecta para nosotras. No en voz muy alta, pero seguimos cantando”.
*Reportaje original publicado en el número de junio de 2026 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva
