Restauración de libros antiguos por las monjas benedictinas de Viboldone. Foto: Adriano Carafòli
El 11 de junio de 2009, ‘Il Corriere della Sera’ anunciaba que “en la bóveda de la Biblioteca Ambrosiana de Milán, las monjas benedictinas de Viboldone habían finalizado la restauración del Códice Atlántico de Leonardo”. En turnos de tres, durante cuatro o cinco meses, las monjas trabajaron en la restauración del invaluable manuscrito de Leonardo, combatiendo el moho y las manchas negras.
Desde el claustro hasta la Biblioteca Ambrosiana, mantuvieron la misma rutina diaria: oración, trabajo y lectura. Se sentían a gusto, tanto en el monasterio como en la biblioteca, porque para esta comunidad, los libros han sido “hogar”, alimento y fortaleza desde sus inicios. Es una pasión por la palabra escrita, restaurada, leída, venerada, explorada, defendida y devorada.
“Nacimos en Roma hace 90 años. El primer grupo de monjas trabajó para el Instituto de Arqueología Cristiana. Se encargaban de la tipografía, imprimiendo los escritos de los estudiosos de las catacumbas”, cuenta la Madre Ignazia Angelini, quien fue abadesa durante más de dos décadas hasta 2019. Durante la Segunda Guerra Mundial, las monjas abandonaron la capital y se trasladaron a Viboldone, a las afueras de Milán.
Las jóvenes monjas peregrinas no tenían recursos y el cardenal Alfredo Ildefonso Schuster, arzobispo de la ciudad, pidió a un benefactor que les donara una máquina de linotipia. “Durante el día, componían con tipos de plomo, imprimían y, por la noche, se desmontaban porque no tenían suficientes tipos. Por la mañana, volvían a imprimir”, recuerda la Madre Ignazia.
Los volúmenes compuestos por las primeras hermanas revelan un amor por el arte de la tipografía y un orgullo por una profesión que les permitió ser independientes de un sustento garantizado por mecenas o benefactores. Nacidas como benedictinas, pero sin poseer (ni desear) las prerrogativas del Código anterior al Concilio, las monjas de Viboldone no anhelaban la obligación de una dote.
“La Madre Superiora, Margherita Marchi, una mujer de Bolonia que reunió a las primeras hermanas, de origen laico, se había convertido al cristianismo a los dieciocho años. Nos pidió que recuperáramos los valores evangélicos de la vida monástica femenina en su autenticidad original. Durante muchos años, no fuimos reconocidas como monjas benedictinas porque no teníamos clausura ni propiedad del terreno donde nos asentamos. Hasta que el Cardenal Montini, más tarde Papa Pablo VI, llegó a Milán. Como arzobispo, nos ayudó a adquirir la pequeña propiedad que garantizaba la estabilidad del lugar y, como pontífice, nos aprobó erigiendo el monasterio como abadía”, cuenta Ignazia.
Las hermanas querían profundizar en el conocimiento de los Salmos y explorar los comentarios patrísticos, leer textos en su idioma original y estudiar la Biblia y la teología, temas entonces reservados a clérigos y hombres. “Existía un deseo de formación que ahora es normal, pero que no era nada común en aquellos tiempos”.
Los primeros trabajos de imprenta de las monjas fueron para la Universidad Católica, la Curia de Milán y, posteriormente, para la Facultad de Teología. “Nos manteníamos con lo que imprimíamos y desarrollamos relaciones que iban más allá de lo puramente comercial con los distintos profesores”. Con los ingresos iniciales, invirtieron en la compra de libros y crearon una biblioteca básica que actualmente cuenta con más de treinta mil volúmenes.
Hoy, la linotipia está en el taller donde la restauración de volúmenes y pergaminos antiguos es centro de la excelencia. Agujas, carretes de hilo, cuerda, punzones, ruedas, cuero y pergamino, pinturas y pinceles muy finos, tinas de agua y largas mesas rectangulares donde se colocan los papeles que se van a “tratar”. Esos pacientes son hojas ennegrecidas por el fuego, pergaminos arrugados o páginas corroídas por el tiempo. Con guantes y mascarillas, las cinco monjas que trabajan hoy en el taller, junto con varios becarios y ayudantes, llevan a cabo la labor de restauración con la precisión de cirujanos expertos.
El deseo de “curar” manuscritos dañados surgió en la década de 1970, a raíz del trabajo en la Ambrosiana. Algunas se matricularon en el Instituto de Patología del Libro de Roma para establecer un pequeño taller que con el tiempo se especializó tanto que recibió encargos tan prestigiosos como el del Códice Atlántico de Leonardo.
Las monjas actualizaron sus conocimientos y aprovecharon sus estudios previos y así, la hermana María Franca, con la colaboración de la hermana María Alba, bióloga, inventó un método innovador para restaurar pergaminos quemados, que fue patentado con el apoyo científico de la Universidad Politécnica de Milán. “La piel de cabra es un material vivo y, para revitalizarla, utilizamos la química”.
El invento surgió por necesidad: “Se había producido un incendio en la Biblioteca Nacional de Turín y valiosos códices hebreos se habían convertido en pedazos quemados. Los revitalizamos, los planchamos y, con habilidad e increíble paciencia, conseguimos que la escritura volviera a adherirse. Pero hablamos de esta posibilidad con libros antiguos porque los de hoy en día, desde luego, no se podrán restaurar”.
El taller no está abierto al público ya que los clientes que confían a las monjas valiosas piezas están sujetos a un acuerdo de confidencialidad. Un video muestra el trabajo actual y explica cómo pasaron del plomo a la composición tipográfica y la impresión asistida por computadora. “Con este trabajo, el amor por las Escrituras se vuelve muy físico. Debemos probar las tintas, los papeles. Tocas la palabra, la ves, la hueles”, dice la Madre Ignazia. Una práctica que “está relacionada con la forma en que leemos las Escrituras, porque la atención al detalle expresa un estilo, una experiencia subyacente”. De la restauración “se madura un arte de la lectura que ha desaparecido en la cultura actual, donde todo es virtual y la pantalla es una imagen sin cuerpo”.
Pocos saben que el lema benedictino, además de ‘ora et labora’, también incluye ‘lege’. El día de las monjas incluye tres horas de lectura personal, “fundamental para la formación de la conciencia. La lectura es ese encuentro personal con la Palabra que no es solo información o estudio intelectual, es un descubrimiento de quién soy. Génesis 32 habla de la lucha de Jacob, quien finalmente recibió su nombre: ‘te llamarás Israel, porque luchaste con Dios y venciste’.
Para nosotras, la lectura es una preparación para que la Palabra, que es Jesús, se haga carne y, es el nacimiento del lector, generado por la Palabra. Gregorio Magno dice que ‘divinum eloquium cum legente crescit’, “la Palabra de Dios crece con quienes la leen”. Para la Palabra, entregarse a la escritura es una forma de humillación, porque permanece, por así decirlo, hibernando hasta que se convierte en vida de quien la lee. Es un riesgo, una forma de ‘kenosis’. La verdadera Palabra nace de una relación, de un tú. Y siempre es una Palabra dialógica. Dios habla y se entrega en la palabra de las escrituras”.
Entre los antiguos volúmenes y la Biblia, el monasterio alberga revistas y periódicos. “Porque leer la Palabra nos enseña que Dios habla en todas partes y siempre. Reconocer las huellas de la voz de Dios es un arte que se aprende por la fe en las Sagradas Escrituras. Si uno ha aprendido a discernir, cuando se encuentra con noticias falsas o una palabra ofensiva, puede reconocerla”.
El silencio en las habitaciones del monasterio nos recuerda que, para que la Palabra resuene, “uno debe acallar las voces en su interior. Solo al cruzar el umbral creado por el silencio se puede empezar a escuchar a Dios. No hay escucha que sea una superposición de ruidos”.
Y en el silencio, resuena la antigua oración de los Salmos. Para las monjas, es “una inmersión bautismal en un río que te precede, que reúne todos los momentos cruciales de la historia humana. Es la humanidad de generaciones y generaciones que, al pasar, ha sufrido tantos fracasos, tantas sedimentaciones, tantos nuevos comienzos como la experiencia del éxodo, la deportación, el vacío, la ausencia. Esto se aprende en las Escrituras”. Y es de esa inmersión de donde nace la profunda empatía que hay en las palabras que dirigen a sus huéspedes.
Son palabras de mujeres. ¿Tienen acaso una especificidad propia? “Sí, la palabra de una mujer es diferente a la de un hombre. Si Jesús dio el primer mensaje de la Resurrección a las mujeres, no fue porque fueran excepcionales, sino porque tenían la capacidad de sufrir, tenían esa intuición que las llevó a ir allí, aunque todo aparentemente hubiera terminado”, subraya la Madre Ignazia. “Creo que este sexto sentido constituye la sabiduría misma de las mujeres y, por lo tanto, la especificidad de su discurso tan necesario hoy en día en una cultura dominada por la inteligencia artificial”.
*Reportaje original publicado en el número de junio de 2026 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva