Tras una evacuación a la carrera, Pedro Rodríguez reconoce “lo terrible que ha sido sentir que tenía a toda mi gente dispersa, cada uno en un sitio”
Incendio en Sotillo de La Adrada (Ávila). Foto: EFE
Tras varios días de horror, el peor incendio en la historia de España, que afecta a varias localidades de Ávila, Toledo y Madrid, con 77.000 hectáreas calcinadas y más de 90.000 vecinos confinados o evacuados, está llegando a su fin y la mayoría de los habitantes están regresando a casa.
Uno de los municipios afectados es Fresnedillas de la Oliva, en la sierra de Madrid y que cuenta con casi 2.000 vecinos. Allí nos atiende el párroco, Pedro Rodríguez, que pastorea San Bartolomé Apóstol. Y lo hace destacando que, “cuando hace unas semanas fue el incendio en Los Gallardos, Almería, donde murieron 13 personas, en mis homilías ya repetía mucho esto: ‘Esto puede pasar aquí en cualquier momento’”.
Tristemente, la ‘profecía’ se cumplió… Así, “nos ha pasado lo peor que nos podía ocurrir, pues los valles de la zona son preciosos, especialmente el que nos separa de Colmenar del Arroyo y Zarzalejo, donde el fuego ha ocasionado un desastre inmenso, dejando un paisaje lunar”.
Recordando esas palabras a sus fieles, insiste en que “les animaba a estar siempre preparados con el hatillo, como nos pedía Jesús. A veces nos ocurre que tenemos que salir de un momento a otro y no tenemos preparadas las sandalias ni el manto…”.
Y eso “fue lo que nos pasó, que nos fuimos tan precipitadamente que no pudimos organizar la salida y muchos acabaron en la otra punta de Madrid, como Las Rozas o Alcobendas”.
Con todo, Rodríguez se queda con algo que le llena el alma: “Me he sentido pastor, como nunca. Me he dado cuenta de lo unido que estoy espiritualmente a mis ovejas, que al fin y al cabo son las de Jesús, siendo yo solo el elegido para guiarlas dentro de mis muchas limitaciones, pues físicamente también estoy hecho polvo”.
Así, el sacerdote reconoce “lo terrible que ha sido sentir que tenía a toda mi gente dispersa, cada uno en un sitio. No lo había experimentado nunca y, para un sacerdote, es muy duro. Sentía como huérfanos a mis hermanos pequeños, mientras que yo me veía como el mayor que quiere acceder a ellos y no sabe cómo hacerlo”.
También le ha dolido en las entrañas, “como cura de pueblo que soy, no poder celebrar la eucaristía en mi comarca de la Oliva. Ahora que he vuelto a hacerlo, la he experimentado como nunca”.
Su último mensaje es una clara reivindicación: “Este pueblo necesita una protección que hasta ahora no han tenido muy en cuenta quienes nos gobiernan. La zona rural está cada vez más abandonada. Y eso que la nuestra es una localidad dormitorio, estando muy cerca de Madrid y viviendo aquí muchos que trabajan en la capital por serle más asequible la vivienda”.