León XIV en Arguineguín. Foto: EFE
Tras su paso por Madrid y Barcelona, León XIV ha llegado este jueves 11 de junio a Las Palmas de Gran Canaria. Después de coger su vuelo en El Prat a las 8:30, a las 10:50 ya arribaba en la base aérea de Gran Canaria-Gando.
A las 11:53, ha tenido lugar su primer acto del día: un encuentro con las realidades de acogida a los migrantes en el puerto de Arguineguín, gran epicentro de quienes tratan de llegar a Europa por la ruta canaria, muchas en travesías en los que se juegan la vida en cayucos.
Tras la bienvenida del obispo local, José Mazuelos, y de leerse el pasaje del Evangelio de Mateo 25, 31-46, donde Jesús anuncia que en el Juicio Final se separará a los justos de los injustos, diferentes personas han ofrecido su testimonio.
Desde una evidente emoción por lo escuchado, estando sin duda ante una realidad humana que ya nos juzga en nuestro presente como sociedad, ha hablado el Papa.
En su discurso, Robert Prevost ha indicado que el pasaje leído del Evangelio es “una de las páginas más exigentes” del mismo. Hasta el punto de que hace “una advertencia que ningún creyente puede tomar a la ligera”.
Como ha observado el Pontífice agustino, “hoy, junto al mar, la Palabra se vuelve concreta: aquí llegan tantas vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad. Aquí el Evangelio nos arranca del lugar cómodo del espectador y nos sitúa ante el hermano que llega”.
En ese sentido, “nos pregunta si hemos sabido reconocer a Cristo en quienes desembarcan marcados por el miedo, el hambre y la violencia, después del desierto, de la noche y del mar”.
Un marcado simbolismo que ha identificado con su propia misión: “Como pueden ver, llevo en mi mano el anillo del Pescador. Su nombre mismo nos conduce al lago de Galilea, donde Cristo llamó a Pedro y le dijo: ‘Desde ahora serás pescador de hombres’ (Lc 5,10). La Iglesia ha leído ese versículo como imagen de su misión”.
“Pero aquí y en lugares como El Hierro, ese mandato adquiere una fuerza literal y dolorosa”, ha remachado. Y es que “esta isla, pequeña en extensión, pero grande en humanidad, ha visto llegar a miles de personas arrancadas de su tierra y confiadas a la fragilidad de un cayuco. Aquí hay personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas”.
Por eso, “el sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles. La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana. Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche”.
Siguiendo con ese tono poético, León XIV ha destacado que, “en el lenguaje bíblico, el mar puede ser imagen de amenaza, oscuridad y caos”. Así, “también hoy existen monstruos que acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido”.
Con todo, ha concluido en clave de esperanza, pues “la fe no se queda paralizada ante el poder del mar. Creemos en un Dios que somete el caos, pone límite al mal y abre un camino cuando parece imponerse la muerte”.
Así “lo experimentó el pueblo de Israel, al atravesar el Mar Rojo para salir de la esclavitud y caminar hacia la libertad. Y así lo contemplamos en Cristo, que camina sobre las aguas y, ante la tormenta, pronuncia una palabra soberana: ‘¡Calla, enmudece!’”.
Dos mil años después, “esa voz sigue resonando contra las fuerzas que devoran, esclavizan y descartan a tantos hermanos nuestros. Ahí donde Cristo manda callar al mar, la Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas”.
A continuación, se ha dirigido por su nombre a quienes han contado cómo ayudan a quienes tanto lo necesitan: “Gracias, Tito, por tu testimonio; y también a ti, María, por recordarnos lo que Cáritas, las parroquias y tantas personas hacen a diario. Sus palabras nos muestran dónde comienza la conversión de la mirada: cuando el migrante deja de ser ‘uno más’, deja de ser una categoría y una cifra”.
Solo entonces, “comprendemos que esa niña podría ser nuestra hija, esos rostros parte de nuestra familia; y entonces, la conciencia se queda sin excusas. La misericordia comienza con gestos pequeños: a veces con unas cuantas galletas y un poco de leche; otras, con cinco panes y dos peces”.
Dese la evidencia de que “no se trata de resolverlo todo”, sí que no hay excusas para “ponerlo todo en manos de Dios y estar presentes allí donde el ser humano sufre, donde los recursos no bastan y no hay un idioma común, pero donde aún pueden hablar los gestos”.
Con emoción, ha abierto el alma al levantar al abajado con la ayuda de quienes no miran a otro lado, sino que alzan la mirada: “Gracias de corazón a cuantos se suman a los rescates, a la acogida y al acompañamiento, dando testimonio de que la misericordia concreta puede salvar y cambiar vidas”.
Después, se ha dirigido concretamente a los que han compartido su experiencia personal en el mar y en una tierra donde encontraron luces y sombras: “Querida Blessing, aunque hoy no estás aquí [por razones de seguridad], tu voz sí. Gracias por compartirnos tu historia. Tu nombre significa bendición, y nos recuerda que cada vida humana es una bendición de Dios”.
Por ello, “nadie puede comprarla, venderla, usarla o descartarla, porque en cada persona resplandece la imagen y semejanza del Creador. Nos has dicho que te fuiste de tu país no porque quisieras, sino porque no había otra opción. En tus palabras escuchamos el drama de tantas personas obligadas a partir porque la pobreza, la guerra, la amenaza o la explotación les cerraron todos los caminos”.
Con gesto conmovido, el Papa ha expresado que “quisiera que este mensaje llegue hasta ti y a tantas mujeres víctimas de la trata y la explotación: si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable”.
Aún más, “si quisieron encerrarte en un pasado de dolor, Dios sigue pronunciando sobre ti una promesa de futuro. Si te trataron como una cosa, la Iglesia quiere decirte hoy: eres hija y hermana, eres bendición. Tu vida no es de quienes te dañaron; tu cuerpo no es de quienes se aprovecharon de ti; tus días no pertenecen a quienes quisieron encadenarlos al miedo. Tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que no pueden arrancarte. Y nosotros queremos caminar contigo hasta que esa verdad vuelva a sentirse más fuerte que el dolor”.
En un abrazo colectivo, ha proseguido así: “Queridos migrantes, antes de decirles cualquier otra palabra, quiero inclinarme ante su dignidad. No son números ni expedientes. Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar”.
“Pero también quiero decirles que su vida debe ser protegida. No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo, de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son ‘cantos de sirenas’, son industrias de muerte”, ha añadido.
Aquí, Prevost ha sido más que contundente: “Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales”.
En general, “para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante”.
Ahí, “también la Iglesia debe dejarse interpelar. La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios. Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego ‘pasar de largo’ ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso”.
Desde esta isla canaria, “quisiera que la voz de quienes han hablado hoy alcanzara a quienes tienen en sus manos responsabilidades decisivas (autoridades civiles, parlamentos, gobiernos y organizaciones internacionales), y también a las comunidades cristianas, a las demás tradiciones religiosas y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad”.
Porque “no basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido. Cada barca que llega no trae solo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?”.
Un aldabonazo al que ha seguido esta reivindicación: “La dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra”.
Y es que, “si bien existe un derecho a buscar refugio cuando la vida es amenazada, también existe el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños”.
En definitiva, “no podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera.
Un impresionante discurso, en el que León XIV ha seguido la senda vibrante de Francisco al tronar con todas sus fuerzas contra quienes violan la dignidad de los migrantes, que ha concluido con esta cita de san Juan de la Cruz en ‘Avisos y sentencias’: “Que el Dios que ‘en el ocaso de la vida nos juzgará sobre el amor’, nos conceda reconocerlo hoy en los pobres y en los extranjeros, y nos libre de mirar el dolor ajeno como si no nos perteneciera”.
Todo para que “la historia no tenga que acusarnos de haber convertido el dolor de los que sufren en paisaje habitual de nuestras costas. Porque hoy, aquí, junto al mar, cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad. Tarde o temprano, se sabrá si supimos custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros”.
Y un trueno inmenso cayó sobre el puerto de Arguineguín… Recogió su espíritu una ofrenda floral que el Papa depositó en el mar. En memoria de los que su abismo arrebató.