A Amparo Urzainqui no se le borra la sonrisa del rostro. Y no solo porque vaya a ser una de las 1.800 personas que reciban a León XIV en el puerto de Arguineguín, a pie de cayuco, para transformar el ‘muelle de la vergüenza’ que ha sido testigo del hacinamiento y muerte de miles de migrantes en el ‘muelle de la esperanza’ que regala a la Iglesia a cuantos amarran allí su futuro.
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Esta dominica de la Enseñanza vive feliz desde que hace seis meses desembarcó en la isla de Gran Canaria después de jubilarse de las aulas. De la vida entregada en un colegio de Pamplona a una vida nueva que está regalando a quienes sueñan con una oportunidad de para salir adelante.
De la mano de Cáritas
“Ya en Navarra sacaba huecos para dar algunas clases de español a extranjeros. Aquello me sirvió de prácticas para volcarme ahora aquí”, explica sobre una de las múltiples tareas que realiza de la mano de Cáritas en la parroquia de San Rafael, perteneciente a la localidad de Santa Lucía de Tirajana.
“En el tiempo que llevo aquí lo que más me ha impactado es lo que sufren los migrantes. Hablamos mucho de los chicos que vienen en patera desde África, pero hay muchos inmigrantes latinos que han venido en avión y están en situaciones muy complicadas”. Por eso, califica la regularización extraordinaria que está en marcha como “un gran éxito, porque les abre un mundo de posibilidades, de esperanza, de garantías y de seguridad”.
“Conseguir los papeles implica que no les van a engañar, que no van a trabajar en B, que no van a estar mal pagados, que van a tener la cobertura de la Seguridad Social, que no van a tener miedo a darles trabajo”, añade esta consagrada. Desde ahí, pone en valor el acompañamiento que está realizando Cáritas para supervisar cada uno de los pasos para materializar esta regularización.
Comunidad intercongregacional
Amparo forma parte de una comunidad intercongregacional con otras tres religiosas que conviven en Telde y que son dominicas de la Sagrada Familia y dominicas de Santo Domingo. Desde su vocación como religiosa, asegura que “vivo cada encuentro con cada una de estas personas como un encuentro de ese Dios que nos quiere y que no nos deja solos”.
“Para mí, encontrarme con ellos es encontrarme con el rostro de Dios”, subraya. Y eso lo afronta con especial intensidad cada vez que atraviesa los muros de la cárcel: “Ahí es donde tocas las heridas de los últimos de los últimos. Te duele el alma cuando ves a chicos que pilotaban las pateras. Son unas víctimas más de las mafias y, sin embargo, ellos tienen que pagar en prisión”.
A pesar de la dureza de los testimonios que escucha, intenta no dejarse llevar por la pena: “Busco intentar sacar su alegría de donde aparentemente no la hay y le pido a Dios que me conceda precisamente las palabras más adecuadas para ser bálsamo y consuelo para ellos”.
Apuesta por los últimos
Con estas coordenadas vive la llegada del Papa como “una llamada de atención para decirnos a todos: ‘Estoy con vosotros, estoy con esta apuesta por los últimos’. Como cristianos tenemos que estar con ellos, acompañando a los más débiles, vengan de donde vengan y crean en lo que crean”. “Es lo que haría Jesús”, determina Amparo.
Por eso, cada vez que en la radio o en la televisión escucha alguien identificar al migrante con la delincuencia o se desliza el mantra de la llamada prioridad nacional, esta religiosa no puede evitar alzar la voz: “¿Es que entre los españoles no hay ladrones y criminales? Para Dios, cada persona merece la pena”.

