El papa León XIV a su llegada a la misa en la Sagrada Familia. Foto: EFE
Ha sido sin duda uno de los momentos más esperados. El que más autoridades y curiosidad ha despertado. Después de que en 2010 el papa Benedicto XVI bendijera la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona, León XIV ha acudido a bendecir la torre de Jesucristo –la más alta del templo y de todos los templos del mundo con sus 172,5 metros– en el mismo día que se cumple el centenario de la muerte de Antoni Gaudí. Un día en el que, si no hubiera sucedido la pandemia de 2020 estaba prevista su inauguración total.
El Papa fue recibido en la fachada del nacimiento, la única que el arquitecto catalán vio completada en vida, por el presidente del Parlament de Cataluña, Josep Rull y del congreso, Francina Armengol; el presidente de la Generalitat de Cataluña, Salvador Illa; el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez –que ha acudido por primera vez a una eucaristía desde que ostenta este cargo–; y los Reyes de España, Don Felipe VI y Doña Letizia, junto al alcalde de Barcelona, Jaume Collboni. Antes de la llegada del pontífice, todos fueron recibidos por Esteve Camps, presidente de la Junta Constructora del templo, la entidad que se encarga de la financiación y la construcción de esta iglesia desde el siglo XIX y que ha elegido a Jordi Faulí como actual arquitecto director y que saludó a todos en el interior.
León XIV llegó con el cardenal Juan José Omella desde el Arzobispo de Barcelona tras realizar en papamóvil el trayecto más concurrido de la etapa catalana de la gira papal en España. A pie de vehículo fue recibido por los reyes antes de dirigirse al espacio en el que estuvo el antiguo taller de Gaudí, que vivió sus últimos años en las obras del templo y que tenía en el espacio que ha visitado el Papa el estudio, el taller de maquetas y el almacén de esculturas –reconstruido tras las destrozos de la Guerra Civil–. Precisamente ahí, una niña invidente, Valentina, le ha explicado al Papa y a los reyes una maqueta de la torre de Jesucristo con todo el simbolismo gaudiniano de la cruz como “paraguas protector de la ciudad de Barcelona”, incluyendo algunas anécdotas incluyendo su uso futuro como mirador.
Una vez visitado este espacio, el pontífice ha entrado en el templo por la cripta. Pasado este momento ha estado acompañado además de por el cardenal Omella por el rector de la parroquia, Josep Maria Turull en el claustro de los Dolores y ha saludado en la capilla de San José, que iba a ser el nombre inicial del templo, al patronato de la junta constructora.
Tras los saludos, en la cripta se ha podido detener en oración ante el Santísimo, como hace ritualmente cualquier obispo que entra en un templo, y ante la tumba de Gaudí bajo la Virgen del Carmen donde el pontífice colocó una vela, que fue trasladado ya a este espacio que es también sede parroquial dos días después de su muerte. Este espacio fue el primero del templo en construirse, iniciándose en 1882 bajo la breve dirección de Francisco de Paula del Villar. Gaudí pronto introduciría su estilo
Tras esta introducción, León XIV se trasladó a la sacristía y las autoridades a sus puestos, con los reyes en el presbiterio. En esta celebración participan 8.000 asistentes, todos ellos con invitación y mayoritariamente procedentes de las parroquias de Barcelona. Para esta eucaristía se ha elegido el formulario de la misa “votiva de la acción de gracias”. Una celebración imponente por lo extraordinario y por la arquitectura interior del templo y sus columnas arborescentes que se ramifican a distintas alturas para sujetar las bóvedas creando el irrepetible bosque en piedra y colores que potencian las vidrieras que en las misas de la tarde crea un tono cálido gracias a la luz que entra por la fachada de la Pasión.
Para la misa se eligió un repertorio que combina gregoriano, música popular catalana, la escuela montserratina y otras obras de la música sacra europea. La misa ha contado con el organista titular Juan de la Rubia y 500 cantores situados en las tribunas de diversos coros de Cataluña –como el Cor Madrigal, Cor de Cambra de la Diputació de Girona o la Schola Cantorum de Montserrat, entre muchos otros– junto a 100 niños de coros infantiles situados tras el altar.
El Papa, con una casulla dorada y blanca inspirada en la cruz que corona el templo, ha entrado por la puerta principal, algo poco frecuente, que tiene inscrita el Padrenuestro en 50 idiomas con pomos que reproducen las iniciales de Gaudí, en la fachada inacabada dedicada a la Gloria. Al final de la celebración, el cardenal Omella agradeció al Papa su visita ya que “su presencia, sus gestos y sus palabras son ciertamente una buena semilla que queda sembrada en nuestros corazones”. En tiempos “recios”, invitó a todos a “sembradores de esperanza” y manifestó su empeño de “ser Iglesia abierta y acogedora, Iglesia misionera, Iglesia hospital de Campaña”.
En su homilía, el Papa destacó estar viviendo una “tarde de fiesta para toda la ciudad de Barcelona y el pueblo español” en una basílica que “nos acoge en esta hermosa ciudad, abriendo sus puertas como si fueran sus brazos para invitar a cada uno a este altar, a escuchar la Palabra de Dios”. León XIV destacó que el templo no es una edificación meramente estructural, sino que constituye a los fieles “en una familia amada por el Señor, alimentada por su propia vida en la eucaristía”, siendo así “signo también de unidad y de concordia”, permitiendo a los creyentes alzar la mirada para encontrarse con Dios Padre, cuyo rostro resplandece en Jesucristo.
Al bendecir “la torre más alta, la de Jesucristo” destacó que una iglesia es un edificio compuesto por múltiples piedras y, además, un proyecto constante; si bien “mucho más que un monumento, la Basílica de la Sagrada Familia sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino”.
“No somos nosotros quienes damos un lugar a Dios… Es Dios en cambio quien nos da un lugar, y el lugar que nos regala es su propio corazón”, añadió. Para el Papa la fe implica una altísima responsabilidad moral y social, por eso dijo tajantemente que “no podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente incluso antes de que nazca. No podemos creer en Jesús y abandonar a quien sufre, a quien llora, a quien huye de la miseria”.
Refiriéndose a la nueva torre, recordó que “la Cruz de Cristo… es la Cruz de los últimos que se vuelven los primeros, de los pecadores que se vuelven santos, de los muertos que resucitarán”. Al mirar la torre de Jesucristo, la cruz se transforma en un “estandarte de caridad, porque Dios nos ama así, transformando un instrumento de muerte en signo de esperanza”, una cruz que resplandece de día con el sol y de noche ilumina la ciudad “como un faro abierto al Mediterráneo”, para ser el “signo luminoso de su amor” donde el arte destaca como una de las obras de la fe.
Sobre el legado artístico y espiritual del templo, el Papa definió a Gaudí como un “arquitecto ardiente de fe” que concibió los espacios para narrar los misterios del Señor, proponiendo una “peregrinación espiritual” a través de la “elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz” que es la basílica. Finalmente invitó a “levantar el rostro de quienes yacen en el polvo” y a demostrar que la Sagrada Familia es la iglesia más alta del mundo, no por orgullo o clasificaciones mundanas, sino para “guiar los pasos del pueblo de Dios que peregrina en España, con la cruz que ilumina el camino, como una lámpara encendida en la espera del regreso del Esposo”.