España

León XIV pide “amar” a los más vulnerables y el Congreso de los Diputados le aplaude durante 6 minutos

| 08/06/2026 - 12:43

  • El Papa cita a Cervantes o Unamuno y aplaude nuestro “modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común”
  • Ha echado abajo la prioridad nacional de un Vox que ha sido el menos entusiasta en su reconocimiento a Prevost
  • “La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización”
  • Con delicadeza, ha rechazado los excesos cometidos en la época colonial: “La sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura”
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Con su visita a España, León XIV ha seguido la estela de Juan Pablo II y Benedicto XVI, los dos únicos papas que hasta ahora habían visitado nuestro país. Pero, en la mañana de este 8 de junio, ha sido pionero al convertirse en el primer sucesor de Pedro en hablar ante nuestros representantes en el Congreso de los Diputados.



Ha sido a las diez y media cuando Robert Prevost ha llegado a la Carrera de San Jerónimo, en pleno centro de Madrid, y ha accedido a la sede de la soberanía nacional en una sesión conjunta con el Senado.

Todos, excepto Podemos y BNG

Allí ha podido saludar a los representantes de todos los partidos políticos, excepto a los de Podemos y el BNG, que previamente habían anunciado que no estarían en protesta por la presencia del Pontífice.

En un discurso a la altura del momento histórico, el Pontífice estadounidense se ha presentado como “obispo de Roma y pastor de la Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al sucesor del apóstol Pedro como principio y fundamento de unidad de los obispos y de los fieles (cf. ‘Lumen gentium’, 23) coloca a la Santa Sede, de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados”.

Desde la “cercanía hacia España” y siempre desde el espíritu de la “mutua cooperación”, León XIV ha traído “una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana”.

Desde este punto de partida, y citando varios pasajes de su primera encíclica, ‘Magnifica humanitas’ (HM), “la Iglesia ‘camina con la humanidad’, comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar ‘por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy’”.

Servir al bien común

Por eso, “cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar. Reconoce, como reitera en HM, “la autonomía de las realidades terrenas” y “la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”, con el único afán “de servir al bien común y de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia”.

En esta primera parte, tras asentar el pilar de la separación Iglesia-Estado y defender que ese principio es compatible con una colaboración estrecha entre ambas comunidades, Prevost ha destacado que, “en este hemiciclo, se da forma jurídica a la convivencia social”.

Así, “aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: ¿qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes?”.

Ante esta cuestión, “España posee una memoria particularmente rica. Su identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente”.

Elogio de su su literatura inmortal

Para Prevost, “en sus catedrales y universidades, en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo, permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común”.

Desde ese aplauso a nuestra “literatura inmortal”, el Pontífice ha demostrado ser un conocedor de las letras hispanas, citando a Cervantes en ‘Don Quijote de la Mancha’: “La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”.

Luego ha enfatizado “la hondura espiritual de santa Teresa de Ávila”, hasta llegar a Miguel de Unamuno, quien, desde su “inquietud metafísica”, en ‘Del sentimiento trágico de la vida’, sostuvo que “el hombre no se resigna a morir del todo”.

De este modo, “España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir”.

Dignidad que precede a toda utilidad

De hecho, desemboca en “alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa”.

Por eso, “al hablar hoy de la persona humana, esta memoria conduce naturalmente a Salamanca y al pensamiento que allí maduró. La presencia simbólica en esta sala de los reyes Isabel y Fernando remite a aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal”.

Poco después, “Salamanca habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral y jurídica que ese escenario reclamaba. En aquella sede universitaria, hace 500 años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente”.

Esos maestros salmantinos “introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. Hay que reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana”.

Vínculos jurídicos y morales entre los pueblos

Tras ese delicado rechazo de los excesos cometidos en la época colonial, el Papa configurado en Perú ha recalcado que “aquel interrogante abrió un horizonte intelectual y moral que desbordó su propio momento histórico. La intuición del ‘totus orbis’, de una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular, permitía afirmar la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos”.

En ese paradigma, “la reflexión de la Escuela de Salamanca (y, de manera particular, fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas) contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes”.

Un “anhelo”, por cierto, que “sigue hablando también hoy”, siendo necesario “que la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional como a nivel internacional”.

Para León XIV, “esta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Aquella contribución, nacida a orillas del Tormes, trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional, que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza”.

Cómo hacer que lo posible sea justo

Aterrizando en nuestro presente, el Papa se ha mostrado convencido de que “ese legado vive también en estas Cortes cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar”.

Puesto que “la pregunta salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública”, hoy, “los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social”.

Aquí ha vuelto a MH y ha apreciado que “la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza; por eso, ante las transformaciones de nuestro tiempo, nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común”.

“Discernimiento” este, que “comienza por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana”. Ahí, citando a Benedicto XVI, ha valorado que “tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento”.

Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir

Es más, “pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre. Cuando esta convicción permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares”.

Fiel a su estilo, Prevost ha querido “pronunciar hoy una palabra serena y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social. Esta convivencia puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el papa Francisco”.

Un momento en el que ha hecho un enérgico llamamiento a la dignidad de la vida. Y es que, si “deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?”.

De hecho, “la defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia”.

Servir y proteger a cada persona

“Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona”, ha sido el rayo de León XIV en las Cortes.

Por eso, “la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”.

Encarnado en el corazón de la Doctrina Social de la Iglesia y como pergeña en su encíclica, Prevost ha reiterado que “el bien común es, en cierto modo, ‘la forma social de la dignidad humana’”.

Entroncado en ‘Gaudium et spes’, el Santo Padre ha añadido que “no consiste en la mera suma de intereses particulares, sino en ‘el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección’”.

El riesgo de fragmentarse en intereses parciales

Porque, “cuando el bien común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos”.

Sobre la familia, el Papa entiende que estamos ante “la realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad”.

Así, “allí donde la familia es sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela de humanidad, en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer”.

Respecto a las instituciones educativas, estas “ocupan un lugar decisivo en esta tarea. En ellas, las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona”.

Pensar con espíritu crítico

Por eso, “muchos padres deseosos de que sus hijos aprendan a relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes esperanzas, como valiosas aliadas en su educación”.

En este ámbito, citando otra vez MH, “esta colaboración ha de respetar siempre el ‘derecho primario e inalienable’ de los padres a ‘elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas’”.

En este punto, ha llegado al fenómeno que más ha removido (en silencio) a los parlamentarios de Vox. Ha sido al referirse a los flujos migratorios, cuando ha sostenido que “la afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro”.

En consecuencia, “también el trágico drama migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional. Numerosos hombres, mujeres y niños se ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas, a partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos”.

No se puede discriminar a nadie, por ningún motivo

Consciente de que “esta realidad rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica”, Prevost cree que “constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica. Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos”.

Es más, “la situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos”.

De ahí “nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, entre ellas las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática”.

Con la fuerza que habría empleado Francisco, su sucesor no ha pasado por alto que, “en los últimos años, las rutas cada vez más peligrosas han evidenciado el altísimo coste de esta realidad, tantas veces escondida o ignorada”.

Contra las mafias migrantes

Una consecuencia es que “muchas personas siguen siendo presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación. Es necesario fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y multilateral”.

Como argumentaba Bergoglio, León XVI también está convencido de que “ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud. Por ello, es indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran”.

Cuando la respuesta institucional “se hace cercana, justa y coordinada, las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana”.

Cambiando de tema, Prevost deplora que “el mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral”.

Una vida social capaz de sostener la amistad cívica

Mientras hoy caen bombas y metralla en tanos países, esta urgencia global exige “una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia”.

Puede parecer una utopía, pero es un hecho que “la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional”.

Toda guerra constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera”, ha zanjado Prevost.

De ahí su rechazo ante la realidad de que “vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional. La verdadera seguridad, en cambio, nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra”.

Inteligencia artificial sin tutela humana en la guerra

Un paradigma, por cierto, en el que también entran en juego “el desarrollo de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial”, que, “en el ámbito militar, exige una vigilancia ética rigurosa para que las decisiones sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la persona humana”.

Desde la defensa de la justicia social y el bien común, “la comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la confianza y la esperanza”.

Como ya ha hecho en otros discursos en territorio español, León XIV ha apelado a la Unión Europea, cuyo lema, ‘In varietate concordia’, refleja que “la unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas, sensibilidades y tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo”.

Desde ese defensa de la “cultura de la reciprocidad”, se eleva la certeza de que “la pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos”.

Contra el rencor, la indiferencia y el odio

Dicho esto en una Cámara que muchas veces incurre en la gresca y la invalidación del otro, el efecto ha sido evidente. Y más cuando “la paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación”.

Por eso, “se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para desarmar el lenguaje. La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación”.

Solo al final de su discurso, el Papa se ha adentrado en el plano más espiritual. Y lo ha hecho para insistir en la salvaguarda de “la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas”.

Y es que “la libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe”.

Reconocer el bien y adherirse a él responsablemente

Además, “la libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente”.

Por eso, “toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida (DM, 1)”.

Firma del libro de visitas por León XIV en el Congreso de los Diputados. Foto: Vida Nueva

Desde esta perspectiva, “la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública”.

Concretamente, al advertir contra la vulneración del secreto de confesión que en algunos países se implemente para hacer frente a la lacra de los abusos, el Papa ha argumentado que “el sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia especial para la Iglesia católica. Se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna”.

Un espacio sagrado de libertad interior

Así, “tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas internacionales”.

Ahí, señalando que, en el propio hemiciclo, “la luz natural entra por el lucernario que corona la sala”, esa simbología sirve para intuir que “esa luz que viene de lo alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera”.

“Sin confundir el orden político con el religioso”, la abundante simbología religiosa presente en la Cámara “invita a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana”.

En esa “escuela interior”, los pueblos “aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía”.

Lo que de verdad legitima las leyes

De ese modo, “una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse”.

Ahí, haciendo mención al lema de la jornada, el Pontífice ha pedido “alzar la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen menos fuerza para hacerse oír”.

Porque “la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral”.

Ante tal reto en un presente convulso, “España puede ofrecer mucho en este camino. Cuenta con una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa”.

Que esta noble nación jamás pierda la memoria

Prevost ha anhelado “que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza del servicio”.

“Que Dios conceda paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las familias y serenidad a las conciencias. Y que, sobre el Reino de España, marcado por la huella apostólica de Santiago y por la presencia maternal de la Virgen del Pilar, desciendan días de prosperidad, justicia y paz duradera”, ha remachado León XIV.

Más allá del discurso, la mañana ha dejado anécdotas como el hecho de que, en cuanto ha llegado el Papa a las puertas del Congreso, como había dos pantallas que lo emitían todo, los parlamentarios se han levantado mientras, fuera, sonaban los himnos vaticano y español. Al terminar ambos, ha llegado el primer gran aplauso de la jornada.

Luego, ha sido curioso observar las caras de expectación, sonrisas nerviosas incluidas (como la de Mónica García, ministra de Sanidad con Sumar) al ver cómo el Pontífice se acercaba.

¿Con quién se detenía más el Papa?

También han llamado la atención los fuertes murmullos entre la bancada conservadora al saludar León XIV a Gabriel Rufián (ERC)y a Mertxe Aiuzpurua (Bildu)… Mientras todos estaban viéndolo por la cámara, se entretenían comentar con quién se detenía el Papa más tiempo en su saludo. Pese a ser ya todos veteranos, esa imagen evocaba a la que todos hemos vivido en el patio de colegio…

Entre los muchos invitados (Mariano Rajoy, José María Aznar, Carmen Calvo, Isabel Celáa, José Luis Martínez-Almedia, Salvador Illa, Isabel Tocino, Antonio Garamendi, Unai Sordo…), en clave eclesial, destacaban algunos como el padre Ángel el presidente de Cáritas Española, Manuel Bretón. También estaban varios obispos, que, ahora mismo, van directos a verse, ya en intimidad, con el Papa, que les visita en la sede de la Conferencia Episcopal.

Un último apunte: cuando el Papa ha defendido la dignidad humana de los migrantes, pese a que muchas miradas se han centrado en Santiago Abascal, el líder de Vox ha encajado el ‘golpe’ como si fuera las dos estatuas de los reyes Isabel y Fernando que se erigen sobre la tribuna donde ha hablado un Prevost que ha sido despedido con un prolongado aplauso.

Hasta el punto de haber llegado hasta los seis minutos, de estallar varios gritos de ¡viva el Papa! e interrumpirse únicamente cuando el Santo Padre ha abandonado el recinto. Ha sido un clamor (entre la inmensa mayoría, aunque ha habido un diputado de Vox que no ha aplaudido y el propio Abascal lo hacía con gesto serio) que ha superado incluso la ovación que había recibido el entrar.

Así que se puede concluir que esta cita histórica, la primera presencia de un Papa en el Congreso de los Diputados, también ha podido abrir la mente y el corazón de muchos… Si es así, seguro que Prevost ya da por bueno su viaje a España.

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