Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

Vocación: entre lo sólido y lo rígido


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Hace tiempo que no me entretengo con la RAE y los significados de las palabras. Esta semana, con los ecos de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, la palabra que me ronda es “vocación”, otro de los conceptos tan manidos que hemos domesticado y vaciado de sentido:

  1. f. Inspiración con que Dios llama a algún estado…
  2. f. Inclinación a un estado, una profesión o una carrera.


Me llama la atención porque a veces la RAE, sin intención teológica alguna, pareciera acertar: inspiración e inclinación. Dos verbos que indican, entre otras cosas, una cierta libre pasividad en quien es vocacionado. En el primer caso es Dios el que inspira; no obliga, no determina, no escribe la respuesta correcta que la persona tiene que acertar como si fuera la vida teologal un concurso televisivo de preguntas y respuestas escritas. En el segundo, cuando te inclinas a algo o hacia algo, siempre hay un cierto dejarte inclinar, atraer, mover. Inclinarte a algo no es una determinada determinación ni siquiera una argumentación sesuda. Es más bien “un no sé qué” que te mueve, un “darse cuenta”, un “tender hacia lo que te atrae”. Y así, al “inclinado” sólo le queda confirmar tal dirección o corregirla, hacerla propia o desecharla.

Es curioso que esto de la vocación (del latín ‘vocare’, llamar) tenga tanto que ver con establecer una relación, en este caso entre el que llama y el llamado, lo que provoca una inclinación y “el inclinado” mismo. ¡Qué fuerza debe tener la voz o la sugerencia de quien consigue entrar en relación con nosotros hasta el punto de hacernos desear vivir así!, ¡qué asombrosa libertad la de quien quiere formar parte de tu vida, decidas lo que decidas, vayas donde vayas o de-clines su invitación! Y qué poco parece tener este mutuo delicado baile de voluntades libres con algunas máximas teológicas o con claves espirituales sobre la vocación y su discernimiento.

Para que el ‘vocare’ funcione tiene que haber otro que pueda ‘audire’ (oír) y por eso quiera ‘ob-audire’ (obedecer). La vocación sería un grito en el desierto sin la libertad de quien sabe escuchar y lo hace con tal confianza que, sin fuerza que lo violente, escoge responder.

Si nos creyéramos de verdad que esto de la vocación no es más que el horizonte de vida que nace de nuestra relación con Dios, desarrollaríamos una especial sensibilidad para cuidarlo por encima de todo. Sabríamos que nada vital puede ser estático y menos aún algo sabido de una vez para todas. Porque no hay vocación cerrada y empaquetada, en cadena: ni una vocación laical, ni de vida en pareja, ni sacerdotal, ni consagrada. ¿Cómo haremos para dejar de visualizar la vocación como algo estable y rígido para vivirla como la relación teologal que nos vertebra a cada uno allá donde estemos?

Y es que, puede que no haya nada más opuesto a la solidez que la rigidez, como me hizo caer en la cuenta Bea Galán (@beagalane). Las culturas con experiencia en construir edificios en terrenos sísmicos lo saben bien. Siguen el principio de los sauces: por mucho que el temporal los golpee, sólo los doblan, no los quiebran. Así, que, al parecer, lo ideal es integrar materiales puros con gran capacidad para expandirse y contraerse, con bases que absorben la vibración, como si de una tela de araña se tratase. Y claro, construir así es muy caro.

Dos ejemplos

  • El Aeropuerto Sabiha Gökçen en Turquía. En lugar de tener rígidos cimientos, el edificio flota sobre 300 aisladores, como si fueran las ruedas de unos patines gigantes. Y así, cuando llega el terremoto, la estructura rueda lentamente sin quebrarse ni dañar a otros. Desde fuera podría parecernos que toda la estructura va a derribarse pero desde abajo, por dentro, simplemente está respondiendo al movimiento.
  • El bloque de pisos llamado Taipei 101 en Taiwán contiene una especie de péndulo gigante en su interior que cuando sopla un tifón la bola de acero se columpia junto a todo el edificio, neutralizando cualquier daño. Desde fuera, podríamos percibirlo como una horrible estabilidad, pero no es así: el equilibrio va por dentro y eso a veces implica moverse, no sólo quedarse quieto.

Y se me antoja que la vocación personal tiene mucho de esto y lo hemos desatendido, empeñados en un único modo de ser estables, fieles. Sin duda, también debe influir el enorme coste que tiene hacerlo de otro modo, como en arquitectura sísmica. Someterse a un ‘péndulo interior’ que no te permite mantenerte quieta como en Taiwán o aceptar ser llevado con la inseguridad de unos patines como en Turquía, es muy costoso. Es seguir a Jesús que no tiene donde reclinar la cabeza. Es elegir la vida del Espíritu y su diversidad.

Este año que el Papa nos invita a soñar a ejemplo de San José, comparto este sueño: una Iglesia de hombres y mujeres felices, compañeros de camino en medio del mundo, viviendo de distintos modos y formas su vocación, su seguimiento de Jesús. Unos más institucionalizados, otros menos; unos más visibles, otros menos. Pero todos más felices, que en clave cristiana es tanto como decir más centrados, más humanos, más santos.