Ianire Angulo Ordorika
Profesora de la Facultad de Teología de la Universidad Loyola

Santa paciencia


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Me encantaría tocar la guitarra, pero tengo que confesar que nunca conseguí aprender a hacerlo. Lo intenté durante un tiempo, pero en el momento en el que el fa mayor entró en mi vida y tuve que intentar contorsiones imposibles sin conseguir que emitiera un sonido algo parecido al que correspondía, opté por dejarlo. Fue en ese tiempo cuando descubrí que, gracias a Dios, tengo más paciencia con las personas que con las cosas, de las que me harto enseguida.

Quiero pensar que esto de tener más paciencia con la gente que con los cacharros es lo más corriente. Con todo, lo más frecuente es que tengamos más aguante con los demás que con nosotros mismos. Cuando no reaccionamos como queremos, caemos una y otra vez en los mismos errores, nos asalta el sufrimiento o crecemos a un ritmo más lento del que hubiéramos deseado, nos inquietamos con facilidad y acabamos saturados de ese yo del que resulta muy difícil escaparnos. Quiero pensar que el protagonista del libro de Job tiene algo que enseñarnos sobre este tema.  

Job

En el imaginario popular hemos convertido a Job en modelo de paciencia. Esta percepción tiene que ver con el modo estoico en que soporta, con resignación y confianza ciega en el Señor, una sarta de desdichas que le acontecen sin comerlo ni beberlo. Pero lo curioso es que esta imagen solo corresponde a la forma como se describe al personaje bíblico en los dos primeros capítulos del libro que lleva su nombre. En los cuarenta restantes, Job patalea, denuncia, grita, se queja y protesta a Dios de una manera que roza la blasfemia.

Me da por pensar que quizá la paciencia no es tanto mantenerse impasibles, estoicos y serenos ante lo que nos acontece, sino aguantar ese tirón que nos desgarra por dentro cuando dejamos que la dificultad y el dolor toquen a nuestra puerta. A lo mejor la paciencia tiene que ver más con permanecer en la dificultad, aunque sea rebelándose y pataleando, que con no sentir ni padecer ante lo que nos sucede. Quizá por tener esta peculiar paciencia, Job acaba confesando que ha visto al Dios que antes solo conocía de oídas (cf. Job 42,5).