Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

Que se llama soledad


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Por distintas razones, en las últimas semanas he pensado mucho en la soledad propia y ajena: algunas conversaciones con gente de diversa edad y muy distinta situación vital, algunas situaciones que la vida trae y tienes que gestionar con la mayor honestidad posible, etc. Y también la misma experiencia de Jesús en la Pasión: ¡cuánta soledad!



Claro: no hablamos del aislamiento elegido, ni del descanso que a todos nos procura estar solos algún rato (que se lo pregunten a padres y madres de niños pequeños). Hablamos del dolor que experimentamos al sentir que tenemos que vivir algo sin compañía alguna. Las causas pueden ser de lo más variado: alguien te arrincona, no eres bien recibido o aceptado, tú mismo espantas a quien se acerca, has fracasado en tus relaciones…

Pero en esta ocasión me refiero a la soledad inevitable, a la experiencia de tener que tomar una decisión o llevarlo a cabo sabiendo que eso supondrá estar solo. Aún sabiendo que hay personas que te quieren y a las que quieres, que te apoyan y sufren y gozan contigo. Esa soledad que es el precio a pagar por ser honestamente tú mismo en algunos momentos. Por eso el dolor que causa no es menor que la serenidad de haber elegido libremente tu camino y tu destino.

En la Pasión, Jesús tuvo que sentirse inevitablemente solo. Aunque los discípulos no le hubieran abandonado, aunque sus amigos no le hubieran negado. Tenía que vivirlo solo. Solo en soledad tenía que elegir seguir hasta el final… o no. Seguramente nadie le habría reprochado un lamento, una súplica, un reproche cariñoso… incluso buscar una vía intermedia que le permitiera seguir predicando y curando y abrazando y expulsando demonios. Pero no. Supo apurar el cáliz hasta el final.

‘Curet primo Deum’

Esa soledad que solo puedes vivir porque lo haces desde una instancia más íntima a ti que tú misma. Para algunos será la propia conciencia, para otros una dimensión trascendente o un ideal; para otros, Dios mismo con nombre y rostro, el Abbá de Jesús. Pero en todos los casos es un vínculo al que libremente te sientes unido y comprometido. Por amor, por humanidad, por convicción, pero siempre libre. Casi siempre fuera de la lógica humana, de lo razonable, de lo exigible. Difícil de explicar a otros y a veces a ti mismo. Pero sabes que así ‘debe’ ser. Así es. Así quieres que sea porque si no, serías un poco menos tú mismo. En expresión de San Ignacio, como me recordó un buen amigo SJ: ‘Curet primo Deum’.

Parece un trabalenguas, pero si lo has vivido alguna vez, sabes que no. Esa soledad que te vertebra por dentro y que, antes o después, acabará yéndose. Como decía Gustavo Adolfo Becker, “la soledad es muy hermosa… cuando se tiene alguien a quien decírselo”. Mientras tanto, solo queda gustarla, llorarla, vivirla. Sin mayor dramatismo.

Para los que rondan mi quinta, al menos por esta zona geográfica, seguramente no podemos hablar de soledad sin recordar uno de los grandes temas de Joaquín Sabina:

“Algunas veces vuelo y otras veces / me arrastro demasiado al ras del suelo / Algunas veces vivo, y otras veces / la vida se me va con lo que escribo / Y algunas veces suelo recostar / mi cabeza en el hombro de la luna y le hablo de esa amante inoportuna / que se llama soledad”.

Inoportuna siempre, sí. Pero en esas ocasiones en que se convierte en confirmación de tu propia vida y en promesa de que todo saldrá bien, siempre también amante.