Hace algunos días leí un comentario en las redes en el que se decía que hay que partir de la realidad de lo que es y no del deber ser.
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Y me permito responder desde una lógica contraria, porque es flaco el favor que se hace a la realidad al no partir del deber ser.
Asumo que esa persona no tiene hijos, porque ya me gustaría verla educar a sus niños desde lo que es y no desde el deber ser, alimentando caprichos y berrinches, en vez de formarlos en el deber ser.
El problema de fondo es la renuncia a la ética y la moral, a lo correcto, por lo conveniente y eficaz, sacrificando el deber ser. Y no, no es un tema menor: claudicar en el deber ser es aceptar que, irremediablemente, el mal en el mundo llegó para quedarse y que mejor no hagamos nada para cambiarlo.
El papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanitas, hace un comentario en el contexto de la guerra que vale la pena citar:
«Lo que es verdaderamente irresponsable es la Realpolitik, esta forma de “realismo” político, que siembra en las conciencias y en la cultura la resignación» (MH, 205).
El realismo no compite con la ética
Creo que la cita no necesita mayor explicación: ante los profetas de la resignación, los apóstoles del statu quo, los seguidores de lo conveniente y sus minúsculos beneficios, la única palabra que les cabe es: irresponsables.
Irresponsables porque nadie tiene el derecho de decirle a la víctima que siga siendo víctima, mientras el verdugo barniza sus crímenes y se acomoda para seguir ganando dinero.
Irresponsable porque, si usted renunció a la ética, no puede pretender que los demás claudiquen en sus legítimos ideales.
Irresponsable porque la justicia a las víctimas no es una utopía, sino el camino para la paz y la reconciliación, que no se impone ni se tutela: se cultiva y se construye.
La bandera del deber ser
Por eso, sí, el deber ser sí es importante, muy importante, porque enarbola la bandera de la resistencia, de la entereza, de la dignidad y de la gallardía en luchar por los ideales de bien.
El deber ser en la familia, para que sea escuela de convivencia, de respeto, de civismo, de confianza y de servicio a los demás.
El deber ser en la escuela, para que sea espacio para el crecimiento del pensamiento, la prevalencia de la razón, el estudio de la ética y la configuración de la moral de cara al bien.
El deber ser en la política, para que los políticos velen por el bien común y no por sus mezquinos intereses de partido, más allá de la ideología, aunque, a decir verdad, todos resultan férreos capitalistas en defender, a costa de lo que sea, el dinero robado y sus prebendas de poder.
El deber ser en la sociedad, porque la convivencia no es una ruleta de suerte en la historia, sino el empeño por reconocer en las diferencias que otro mundo, otro país, otra sociedad es posible.
Al menos desde acá seguiremos apostando al deber ser.
Por Rixio G Portillo R. Profesor e investigador de la Universidad de Monterrey
