Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

Glorioso y malherido, desde la encarnación


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Los caprichos de la luna y el calendario hacen que este año celebremos la fiesta de la Encarnación en vísperas de la Pasión, en “Semana de Dolores”, dicho tradicionalmente. Y no deja de ser un contraste bello y misterioso. Como la vida misma.



Imagino hoy a María sabiendo que gesta en su vientre al Hijo de Dios haciéndose hijo suyo, carne de su carne, que es la nuestra. Y lo contemplo con una música de fondo que me agranda la mirada:

¿Quién es este que viene / recién atardecido,
cubierto con su sangre / como varón que pisa los racimos?
¿Quién es este que vuelve / glorioso y malherido,
y, a precio de su muerte / compra la paz y libra a los cautivos.
Se durmió con los muertos /y reina entre los vivos;
no le venció la fosa / porque el Señor sostuvo a su Elegido.
Anunciad a los pueblos / qué habéis visto y oído;
aclamad al que viene / como la paz, bajo un clamor de olivos.

A cada estrofa, este himno litúrgico va respondiendo: Este es Cristo, el Señor convocado a la muerte, glorificado en la resurrección. Este hombre libre y bueno que, angustiado, no abre la boca y como cordero es llevado al matadero (Is 53,7), es el Señor. Este es el mismo niño que hoy celebramos plasmándose en el vientre de María. Es el mismo. Glorioso y malherido. Dios y ser humano.

Bioética

Y se me antoja bello y estremecedor sentir que este año se nos recuerda vivamente que el que entra en la Pasión con la “determinada determinación” de seguir hasta el final con la fidelidad de quienes aman mucho, está hecho de nuestra misma pasta. Es más que nosotros, ¡claro que sí!, pero nuestro mismo barro humano habita sus entrañas. Porque Dios así lo quiso. Y eso no tiene vuelta atrás.

‘Limitarnos’ a acoger

Recién atardecido viene Cristo el Señor y nos invita, cada día, a unirnos a su causa, a su vida gloriosa pero también malherida. Como cualquiera de nosotros, por otro lado. Y nos extiende su mano y su paz si queremos unirnos. Solo nos suplica que recordemos que quien quiera ir con Él, “ha de trabajar conmigo, para que siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria” (EE, 95). Y que este trabajo tiene más de dejarse hacer por Él y fiarse que de llevar a cabo grandes negocios y proyectos. Y dice también que si no lo entendemos se lo preguntemos a su Madre. Y que si creemos que es poca cosa eso de desprendernos y hacer espacio dentro y ‘limitarnos’ a acoger, que preguntemos a María. Y a tantos hombres y mujeres que a lo largo de los siglos el ‘Fruto bendito de su vientre’ les cambió la vida y cambiaron el mundo:

El vientre de tu madre cambió las normas. El Creador del universo entró como rico y salió como pobre. Entró en ella el Altísimo y salió humilde. Entró en ella el Esplendor y saliendo se vistió de color despreciable. Entró el Héroe y se vistió del temor en el seno materno. Entró el Saciador de todo y aprendió a tener hambre. Entró el Abrevador de todo y aprendió a tener sed. Desnudo y despojado salió de ella, el que todo lo viste” (San Efrén de Nísibis, Himno XI, 7-8).