Galdós, el anticlerical que amaba el Evangelio


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Galdós ha pasado a la posteridad como un “comecuras”, pero lo cierto es que su antipatía hacia la Iglesia de su tiempo no implicaba ninguna forma de hostilidad hacia el Evangelio. Por el contrario, siempre suscribió las enseñanzas del Sermón de la Montaña. Preocupado por la pobreza y el desamparo de las clases populares, abogó por reformas sociales que garantizaran una vida digna a los más vulnerables. En su literatura, siempre despuntan la compasión y la solidaridad. De ideas liberales, Galdós nunca se dejó seducir por los planteamientos revolucionarios. En ‘Ángel Guerra’, una de sus novelas más ambiciosas, muestra que la violencia, incluso cuando se utiliza para un fin supuestamente legítimo, provoca una espiral de deshumanización. Hacia el final de su existencia, profundamente desengañado por la España de la Restauración, se acercó al socialismo, pensando que solo esa ideología –con no pocos elementos cristianos, como la fraternidad, el amor a los pobres y lucha por la igualdad–, podría acabar con el caciquismo y la corrupción de los partidos políticos que se alternaban en el poder mediante elecciones amañadas. Galdós era un hijo de las Cortes de Cádiz, un ilustrado que soñaba con la modernización de España, un anticlerical que anhelaba una sociedad basada en los valores del Evangelio, un hombre sensible que volcaba su ternura en los niños, los ancianos y los animales. Para muchos, el mayor clásico de las letras españolas después de Cervantes.



Galdós expuso las razones de su anticlericalismo en ‘Doña Perfecta’. Ambientada en la imaginaria Orbajosa, el clero y el cacique local –en este caso, una mujer–, se alían para combatir a Pepe Rey, un joven ingeniero que no oculta su fe en el progreso y su desdén hacia cualquier forma de superstición. Cuando el ingeniero, que es sobrino de doña Perfecta, se topa con una Virgen llena sedas y oros en la iglesia manifiesta abiertamente su desagrado. ¿Dónde está la sencillez evangélica? ¿Acaso María de Nazaret no era la humilde esposa de un carpintero? ¿Por qué ese alarde de lujo y mal gusto? Cabe preguntarse si esos reproches, que reflejan una severa crítica de la tradición clerical, han perdido validez o conservan su vigencia. El papa Francisco se ha distanciado de los gestos de su predecesor, aficionado al fasto, al menos en los actos oficiales y litúrgicos. Su austeridad y cercanía han constituido un verdadero acierto. Pienso que Francisco habría agradado a Galdós, pues está muy lejos de esos curas intrigantes que apoyaban las revueltas carlistas y que hacían todo lo posible para boicotear los cambios sociales. Don Inocencio, el párroco de Orbajosa, invoca la santa doctrina, pero lo cierto es que no le mueve la piedad evangélica, sino la ambición de poder y la antipatía hacia la modernidad. En nuestros días, hay sacerdotes así, algunos muy jóvenes. Son los que dan más importancia a los latines que al Evangelio, a la liturgia que a la fraternidad, al dogma que al encuentro. Algunos se preguntan de dónde han salido esos curas aficionados a las capas y las condenas inmisericordes, tan distintos de los que circulaban por la España de los setenta, oponiéndose con valentía a la dictadura y prestando sus parroquias a los movimientos vecinales que pedían libertad y democracia. ¿Quizás de Vetusta, la ciudad que inventó el genio de Clarín para mostrar las miserias de la España negra y profunda? Me temo que no. Algo hay de eso, pero yo creo que esos jóvenes sacerdotes integristas son el fruto de la contrarreforma impulsada por Juan Pablo II y Benedicto XVI. Alegando como pretexto la infiltración del marxismo, ambos pontífices se propusieron liquidar el espíritu del Concilio Vaticano II y el éxito les sonrió.

benito perez galdos

Genial comunicador, Wojtyla abogó por los derechos humanos, pero –como señala Hans Küng– los negó en la Iglesia: reprimió la libertad de investigación y expresión de los teólogos; cerró el paso a las mujeres a los ministerios eclesiásticos superiores; luchó contra la Teología de la Liberación y las iglesias populares que defendían los derechos de los más pobres; protegió y promovió a Marcial Maciel, bígamo, pederasta, corrupto y fundador de los Legionarios de Cristo, mientras hostigaba a figuras ejemplares como Pere Casaldàliga y Óscar Romero, poniendo en peligro sus vidas, pues ambos se habían atraído el odio de las oligarquías; rechazó el uso del preservativo en tiempos del SIDA; animó a incrementar los nacimientos en países tercermundistas al borde del colapso (en Kenia lanzó la consigna: “Creced y multiplicaos”). La herencia de Wojtyla y Ratzinger no puede ser más negativa. Ambos “son –en palabras de Küng– responsables de la catastrófica erosión de la confianza en la Iglesia católica y, sobre todo en las democracias avanzadas de Occidente, del abandono de la Iglesia católica por cientos de miles de fieles y del exilio interior de millones”. Gracias a ellos, “del ánimo entusiasta de la época del Concilio Vaticano II (1962-1965) no queda nada”. Este giro explica que ya no haya grandes teólogos católicos, como Karl Rahner o Johann Baptist Metz, pues Wojtyla impulsó la obediencia y la sumisión, combatiendo el espíritu crítico y la libertad de pensamiento. Lejos de buscar la colegialidad en el nombramiento de los obispos, conforme al espíritu del Evangelio, el papa polaco utilizó como criterio de elección la fidelidad incondicional a su persona, imponiendo “un juramento de obediencia comparable –según Küng– al juramento que los generales alemanes prestaban al Führer”. Wojtyla promovió un modelo de sacerdote tradicional y refractario a la modernidad, cerrando los ojos ante los escándalos de pedofilia que solo empezaron a salir a la luz después de su pontificado.

El tándem Wojtyla-Ratzinger devolvió el protagonismo a los sacerdotes como el don Inocencio de ‘Doña Perfecta’, cuya escasez de miras e intolerancia están conduciendo a la Iglesia a una marginalidad irrelevante y a convertirse en el reducto de las ideas más reaccionarias. Esa clase de presbíteros fueron los que aborreció Galdós, no sin plantearse cómo sería un sacerdote realmente fiel al Evangelio. Su novela ‘Nazarín’ especula sobre las consecuencias de seguir con radicalidad las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Nazario Zaharín es un sacerdote manchego que vive en la más estricta pobreza. Sus superiores lo contemplan con desconfianza, preguntándose si es un hereje o un chiflado. Una serie de acontecimientos desgraciados lo arrojan a los caminos en compañía de dos mujeres que le consideran un santo. Acusado injustamente de robo e incendio, acaba en un calabozo, donde es maltratado y escarnecido por otros presos. Enfermo y desalentado, la justicia no sabe qué hacer con él. No cree en su culpabilidad, pero le considera un demente o un insensato. La patrona de la miserable pensión donde vivía Nazarín antes de convertirse en un proscrito, comenta con una mezcla de tristeza y burla que los santos solo sirven –como los locos– para hacer reír a los niños. Y no se equivoca. Para muchos de sus contemporáneos, Jesús fue un loco y un bufón. Sus propios familiares participaban de esa opinión. ‘Godspell’, el musical escrito en 1970 por Stephen Schwartz y John-Michael Tebelak, jugaba con esa confusión, asimilando la figura de Jesús a la de un payaso. Esa interpretación, que escandalizó a tantos fundamentalistas, revela una comprensión del Evangelio mayor que la de muchos teólogos y obispos. Galdós piensa que es imposible ser un cristiano sincero sin compartir el destino de Nazarín, pues la crueldad del mundo no tolera esa clase de conductas. Galdós nos enseña que la puerta estrecha de la que habla Jesús no es un implacable criterio de selección para acceder al paraíso, sino la vía reservada a los que eligen amar a sus semejantes hasta olvidarse de sí mismos. El reino de Dios exige una vocación profética, estar dispuesto a enfrentarse a las injusticias de este mundo, tal como hizo Óscar Romero, santo por aclamación popular mucho antes de que Francisco reconociera su condición de cristiano ejemplar.

Misericordia, el quinto evangelio

Quizás el personaje más conmovedor de Galdós es Benina, la criada de ‘Misericordia’, que mendiga por Madrid para alimentar a doña Paca, una señora arruinada pero altiva y obstinada. Lo hace a escondidas para no herir su orgullo pequeño burgués. Cuando Juliana, nuera de doña Paca, descubre que Nina ha pedido limosna, la echa a la calle, sabiendo que no tiene adonde ir. La familia acaba de recibir un dinero inesperado que ha puesto fin a sus problemas económicos, pero no aprovechará la ocasión para agradecer a la criada sus desvelos. Avergonzada de su pasada indigencia, expulsa del hogar al principal testigo de sus penurias. Atormentada por los sentimientos de culpa, Juliana sufre pesadillas. En sus sueños, sus hijos enferman gravemente, acercándose a la muerte. Asustada, busca a Benina, que ahora vive en una chabola cuidando a Almudena, un ciego con úlceras en la piel. La criada la escucha y, sin un ápice de rencor, le pide que no llore, asegurándole que sus hijos no caerán enfermos. Entre sollozos, Juliana dice que Benina es una santa. La criada contesta: “Yo no soy santa. No llores más. Ahora vete a tu casa, y no vuelvas a pecar”. Nina es “otro Cristo”. Perdona los pecados y, como el nazareno, no impone a cambio ninguna penitencia. No recrimina; hace pedagogía. No sé si le pasó por la cabeza, pero Galdós parece hablarnos de la posibilidad del sacerdocio femenino. ¿Por qué las mujeres han de ser excluidas de ese ministerio cuando Jesús se rodeó de mujeres y escogió a María de Magdala para anunciar su resurrección?

El anticlericalismo de Galdós, comprensible en una época donde la Iglesia se había aliado con los enemigos del progreso y la ilustración, nos proporciona valiosas lecciones para nuestro tiempo. El problema no es el Evangelio, que sigue suscitando la admiración incluso entre los escépticos, sino los sacerdotes como don Inocencio, que no cesan de lanzar anatemas, olvidando que el cristianismo es una Buena Noticia y no una bandera contra la modernidad y el cambio. Un buen pastor no es un flagelo de los pecados ajenos, sino una mano que conforta y, si es necesario, se alza contra los lobos. Pienso en la labor que realizan sacerdotes como Jorge Dompablo, Javier Baeza y Agustín Rodríguez, tres “nazarines” que han elegido ponerse al servicio de los pobres, casi siempre inmigrantes abocados a vivir en condiciones inhumanas. Su ejemplo nos recuerda las palabras Hans Urs von Balthasar, según el cual “lo cristiano no consiste en prácticas externas y en ir a la iglesia, sino en una respuesta más rigurosa y consecuente que la de otros a las exigencias de humanidad y solidaridad general”. El lavatorio de pies no fue teatro, sino una forma radical de entrega.

Con la historia de Benina, Galdós nos dejó una elocuente parábola de lo que significa ser cristiano. El “comecuras” comprendió mejor las enseñanzas de Cristo que muchos devotos de misa diaria. Yo he llegado a pensar que ‘Misericordia’ debería ser una especie de quinto evangelio, pues en sus páginas se atisba ese mañana donde el amor derrotará definitivamente al odio y la desesperanza.