¿Es la ternura una moda pasajera del papa Francisco?


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El libro

Gracias a Vida Nueva conocimos un primer avance del libro de Eva Fernández, corresponsal de la cadena COPE en Italia y en el Vaticano y que fue presentado en Madrid el pasado mes de junio. El título es elocuente: ‘El Papa de la ternura’ (Planeta, 2019). Como ella misma afirma parece completar la trilogía de los periodistas españoles más presentes en medios generalistas y que hacen un seguimiento más intenso del pontífice, ya que Javier Martínez-Brocal de la agencia Rome Reports había escrito ‘El Papa de la misericordia’ con ocasión del jubileo y el corresponsal del ABC –dedicado en exclusiva a la información de la Santa Sede– Juan Vicente Boo había ordenado unas cuantas ideas en ‘El Papa de la Alegría’ a raíz de algunos textos claves como ‘Evangelii Gaudium’.

El Papa de la Ternura. Eva Fernández

Ahora, Eva Fernández en su primer libro pasa de los documentos o la agenda del pontífice que “fueron a buscar al fin del mundo” a sus gestos –o mejor, a sus caricias–, porque la revolución de la ternura de Francisco no es un mero postureo pontificio –como cuando se comparan las fotos del semblante serie del arzobispo Bergoglio con las potentísimas imágenes de sonrisas y bendiciones que se repiten en cada audiencia y encuentro–. En ‘El Papa de la ternura’ no encontramos solo a Francisco, están también contagiándose de ese mensaje quien han experimentado en primera persona la forma de ser y de creer del padre Jorge.

Por eso la ternura tiene el nombre propio de la autora, de un enfermo acariciado y besado en sus verrugas, de una niña que apenas puede hablar en Filipinas, de un compañero periodista que acaba de perder a su madre a muchos kilómetros de distancia, de una mujer que ha sobrevivido a la explotación a través de la prostitución, de muchos refugiados de todos los puntos cardinales que han desaparecido en las brújulas de quienes han convertido la globalización en pura autocomplacencia estéril, en los niños, en los ancianos, en los encarcelados, en las embarazadas, en unos novios a punto de casarse, en una monja cuya comunidad es una caravana en medio de un parque de atracciones a las afueras de Roma, en un pequeño huérfano, en una niña autista, en…

La autora

Escribe Eva Fernández que uno de los primeros, y acaso de los mejores, consejos que le dieron al hacerse cargo de las corresponsalía es que se fijara en los gestos de Francisco. sin una mirada como la suya no se podría haber escrito este libro. He aquí su impronta –que no es ni la carta de apoyo del Papa o su llamada telefónica, ni el prólogo de Greg Burke o el epílogo de Óscar Camps de Open Arms, siempre de actualidad–. Es la mirada de Eva Fernández, algo importante en quien se dedica a contar la vida como es un corresponsal.

Y es que Eva Fernández cada semana comparte su mirada sobre el mundo, desde antes de ser corresponsal, cuando ha estado en la trastienda de los programas más importantes de la Cadena COPE como ‘La Linterna’, ‘La Tarde’, ‘Fin de semana’ y últimamente en ‘Herrera en COPE’. Lo hacía, y lo sigue haciendo, en el semanario ‘Alfa y Omega’. Ahí ya quedaba demostrada una sensibilidad que ahora ha quedado más que evidente como seguidora del papa Francisco y su revolución de la ternura.

Ella cumple las palabras de Francisco cuando sumándose a las charlas TED decía que “el futuro tiene un nombre, y ese nombre es esperanza”, asegura Bergoglio, si se produce la auténtica “revolución de la ternura”. “La ternura es usar los ojos para ver al otro, usar los oídos para escuchar a los demás, al oír los gritos de los niños, los pobres, de los que temen el futuro; también escuchar el grito silencioso de nuestra casa común, la tierra contaminada y enferma”, decía en abril de 2017.

El Papa del tacto

Los libros que hay sobre el papa Francisco son muchos, los hay de recetas argentinas e italianas, recopilación de las homilías de la mañana, de los textos a diferentes colectivos, de entrevistas o antologías variopintas. Este libro es un libro donde los discursos con las principales ideas del pensamiento de Bergoglio dejan espacio a los gestos, al eco de quienes reciben el mensaje y cómo lo reciben. A fin de cuentas esa es la eficacia de la comunicación.

Gracias a Eva Fernández pude conocer y saludar al papa Francisco, algo que he podido repetir algunas veces más comprobando la ternura del propio pontífice y atención ante la persona que tiene delante –por mucho que antes de estrecharme la mano haya tenido que saludar a 50 floristas holandeses o presidido las grandes celebraciones de la Semana Santa o la Navidad–. Mi primer encuentro me llevó inmediatamente casi, en el mismo autobús en el que trataba de llegar a casa más o menos a tiempo para la comida de Navidad vi gracias al móvil un artículo que casi contaba lo que había sentido.

Aquel 25 de diciembre descubrí que la “sensación comunicativa”, si es que esto existe, que me dejó el encuentro era compartida. Ese mismo día, se estrenaba como columnista en un medio digital –elnacional.cat– la periodista Miriam Diez, de la Facultad de comunicación Blanquerna de Barcelona. El título de su primera intervención no podía ser más directo: “Tocar al papa Francisco”. Justo lo que me acababa de pasar.

Y es que más que las palabras, de aquel encuentro personal, lo que más sentía en los momentos inmediatamente posteriores era que me sentía acogido por el Papa que no solo me estrechó su mano sino que durante la sencilla conversación acompañó sus palabras manteniendo y sosteniendo el vínculo creado entre nuestras manos entrelazadas.

Ahora entendía mejor a todos aquellos que alargan su mano en la plaza o en los encuentros con Francisco. Lo describe muy bien Miriam Diez cuando dice que el Papa “hace contorsionismo. Cuando hay un viaje, o en la misma plaza de San Pedro en el Vaticano, la gente anhela tenerlo próximo. Él se da cuenta de que eso no puede ser, de que hay gente que tiene una columna delante, y que no lo verá aunque pase a su lado. Es entonces cuando su cuerpo se inclina y se mueve de manera flexible a fin de que todo el mundo lo pueda intuir cuando pasea con el papamóvil. A Ratzinger o a Pío XII, así de entrada no los abrazarías: te pondrías a hablar, o a escuchar, pero Bergoglio es un papa del tacto”.

Y es que los evangelios nos presentan muchas escenas en las que Jesús se acerca a la gente y toca a las personas. Las manos de Jesús se detienen frecuentemente sobre quienes son considerados impuros, intocables, por la sociedad de su tiempo. Es el caso de los enfermos, los leprosos… y también aquellos que sufren algún tipo de exclusión. De esta forma se deja ungir por las mujeres o hace caricias a los niños… más allá de las estrictas prohibiciones rituales judías.

Con sus manos Jesús escribe en el suelo, se mancha amasando un barro con su propia saliva, señala a un publicano a la vez que le invita a seguirle como discípulo de pleno derecho… Son gestos de integración, de reconocimiento de la dignidad del otro, de invitación a una relación más profunda. Esta es la ternura, es la fuerza del tacto, que Jesús expresó de forma tan elocuente con todos sus gestos, se ha olvidado un poco a lo largo de la historia de la Iglesia y de la Teología, aunque las experiencias sensoriales de la mística han supuesto cierta reivindicación. Francisco lo ha recuperado. Tanto es así que una teóloga argentina, María Josefina Llach, ha hecho una investigación sobre el “Elogio del tacto y del contacto” en el lenguaje del papa Francisco. Para la autora esta fuerza que concede al lenguaje sensorial el papa es muy propia de la encarnación de Jesús tal como se contempla en los ‘Ejercicios Espirituales’ de san Ignacio de Loyola, a la vez que expresa muy bien la teología del encuentro –uno de los mensajes centrales de Francisco, unido al de la misericordia–.

San Ignacio escribía en el siglo XVI: “Contemplar… las almas como cuerpos incandescentes… escuchar llantos, alaridos, blasfemias… ; oler humo, azufre quemado, residuos corrompidos y cosas en putrefacción…; saborear cosas amargas, como lágrimas, tristeza y el gusano roedor de la conciencia; palpar con el tacto las llamas que tocan y abrasan las almas” (EE 65-69).  Pero el tacto es también, entre otras cosas, abrazar: “… En cada hermano y hermana en dificultad abrazamos la carne de Cristo que sufre… Abrazar, abrazar. Todos hemos de aprender a abrazar a los necesitados, como san Francisco… El Señor está cerca de ustedes y los toma de la mano”, recordaba el papa en una visita a un hospital brasileño el 24 de julio de 2013.

Y lo dice y lo hace. Aunque al hacerlo, concluye su artículo Miriam Diez, “parece entrar en contradicción con las palabras que dijo Jesucristo cuando se apareció a la Magdalena: ‘Noli me tangere’ (se ha traducido con ‘no me toques’). Pero los exégetas bíblicos nos han hecho saber que el ‘Noli me tangere’ (ejemplarizado en cuadros de una belleza chocante por Giotto, entre otros), en realidad significa ‘no me entretengas’. El Papa eso, a sus 80 años reciente hechos, también lo tiene claro. Tocarlo, sí. Hacerle perder tiempo, no. Que tiene que acompañar una Iglesia demasiado rígida, y hay mucho trabajo para dejar a colaboradores que la descontracturen”.

Un buen momento el verano, para descubrir, gracias a libros como el de Eva Fernández, que la ternura es algo muy serio, muy comprometido e incluso arriesgado. Nunca tan necesario.