Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

El solsticio de verano sin bautizar (o la sana autonomía de lo humano)


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Este año, de nuevo, la noche de San Juan pasó a medio gas, con las debidas restricciones (y algunos excesos), sin grandes hogueras, verbenas, ni grandes fiestas. Aun así, sigue ligada esta noche mágica al solsticio de verano. Cuenta una leyenda que nuestros antepasados creían que el Sol estaba tan enamorado de la Tierra, que cada año, justo el 21 de junio, se negaba a abandonarla. Por eso van acortándose los días tan despacio, suavemente decayendo, alejándose con la lentitud de dos amigos o dos enamorados.



Otra tradición dice que para hacer más llevadero al sol el mal trago de ver cómo su esplendor en los cielos se iba empequeñeciendo por momentos, los humanos encendían hogueras. Como si quisiéramos (y pudiéramos) prolongar su luz y su calor, animarle, ¡ayudar al Sol a soportar su inevitable declive anual!

Los pueblos celtas, durante el solsticio de verano, encendían grandes hogueras para buscar la bendición de sus tierras y asegurarse de que dieran fruto suficiente para alimentarlos a lo largo del año. Con el fuego pedían a los dioses felicidad para las parejas de enamorados y la fertilidad de sus mujeres (recordemos que en épocas antiguas ni se permitían pensar que la esterilidad proviniera del varón…, ¡qué se va a hacer!). Por eso era un inmejorable momento para espantar a los malos espíritus, romper con lo malo y estéril del año y apostar por el amor y la vida. Hay ritos para todos los gustos: lavarse la cara, saltar las hogueras, bañarse en el mar de noche… todo en busca de que se cumplan los deseos.

Magia y religión

Cuando la tradición cristiana unió el nacimiento de Juan Bautista a esta fiesta, hizo suya –como tantas otras veces– una tradición profana, resignificándola “en el nombre de Jesús”. No es de extrañar que la frontera entre religión y magia se vuelva a veces tan estrecha. Quizá nos ayudara recuperar una espiritualidad que no tiene por qué confundirse con el sincretismo, pero que sabe hacerse uno con lo que el mundo vive y celebra. Sin necesidad de “bautizarlo” todo, recibiéndolo como creado por Dios, “pues, por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias (…) Porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios” (‘Gaudium et Spes’, 36).

playa

Me gustaría, entonces, que, como creyentes, celebráramos el nacimiento de Juan Bautista y descubriéramos todo lo que Dios quiere decirnos hoy a través de él. Pero también me gustaría que, como creyentes, disfrutáramos del solsticio de verano y de invierno, del sol y del frío, de las hogueras y de los bailes, de la música, del encuentro y del amor. Con la sensibilidad y la alegría de quien goza con lo que recibe como un regalo de nuestro Padre Dios. Y tanto reconoce en lo cotidiano al mismo Dios, que cuanto más lo disfruta, más lo respeta y cuida. ¡Ay, esa sana autonomía de lo humano!