Rosa Ruiz, misionera claretiana
Misionera Claretiana

El jardín del Bosco… en bañador


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Si habéis podido pasar algún día de verano en alguna concurrida playa, decidme si no es una escena digna de ‘El Jardín de las Delicias’ de El Bosco.

No lo digo por un carácter moralizante, como en el conocido cuadro sino por esa extraña visión de multitud de personas juntas y a la vez tan “cada una a lo suyo”. Ese paisaje tan humano, tan complejo y tan simple a la vez. Una amiga de costa suele decir que la playa nos iguala a todos: en bañador, en bikini o en topless no hay notarios ni albañiles, ni heteros ni homos, ni ricos ni pobres, ni laicos ni obispos. Y es verdad. En todo caso, hay algunos con un buen tono de piel y precisas curvas o ceñidos músculos, al alcance de muy pocos. Y por otro lado estamos el resto, los del montón, con nuestros michelines y complejos, nuestras marcas del bañador y nuestras ganas de una cerveza fresquita a la sombra de una sombrilla.

Todos bastante igualados con un bañador al sol

Suena demasiado simplón, cierto. Pero así somos. Y ahí, pegados a escasos centímetros (o metros en el mejor de los casos, por obra y gracia del Covid), unos hablan, otros juegan a las cartas, otros duermen, otros se achicharran al sol, otros leen, otros ponen música como si estuvieran en su casa y no hubiera nadie más, otros miran, otros comen… Algunos rezan, sin duda. Todos viven, intentan compensar lo que han dejado en casa o lo que les espera al regresar al trabajo. Todos en medio de relaciones buenas, malas, regulares. Con sus miedos, sus temores, sus alegrías, sus sueños.

Los humanos somos así de simplones, también. Todos bastante igualados con un bañador al sol. Tan poquito nos hace sentir bien. Y tan poquito nos revuelve de nuevo y nos devuelve al cansancio y a la cuesta arriba. A veces, solo a veces.

Y aquí sí me parece que estamos muy cerca de la obra de El Bosco: somos humanos, somos grandes, somos diminutos, somos efímeros, somos fieles, somos corruptos, somos superficiales, somos profundos, somos lo mejor y lo peor. Como una playa de verano llena de buena gente. Que, más o menos, todos lo somos. Bien eligió El Bosco la frase que corona su obra: “Él mismo lo dijo y todo fue hecho; Él mismo lo ordenó y todo fue creado” (Sal 33,9; Sal 148,5).