Rixio Portillo
Profesor e investigador de la Universidad de Monterrey

El abrazo que se hizo sacramento


La palabra abrazo deriva del término “brazo”, extremidad superior más cerca del corazón, por lo que conlleva la acción de rodear con los brazos. Su origen griego significa cercano – corto; de allí que se comprenda que el abrazo es para quien se tiene cerca.



Los terribles acontecimientos de Venezuela han traído un sinfín de historias, y algunas de ellas han inspirado este comentario. Dos titulares de estos días fueron: Encuentran los cuerpos de una anciana abrazada a su nieta de tres años; y otro dice que, hallan el cuerpo de una abuela abrazando a sus cuatro nietos.

Estoy seguro, y quiero afirmarlo por la fe que profesamos, que hoy estas abuelas están abrazando por la eternidad a sus nietos, y que el amor puro de los abuelos, vivos o muertos, realmente es para siempre.

Un gesto de todos los días

Abrazar es una acción tan cotidiana, tan común, tan de todos los días, que pasa desapercibida, que se le resta importancia, como si no sostuviera la vida y al mundo.

En el Evangelio hay varias referencias al abrazo. El gesto del padre de la parábola del hijo pródigo, al salir corriendo a abrazar a su hijo menor, es muestra de este encuentro de vida, de perdón, de amor, de reconciliación, de libertad interior y de magnanimidad, reflejo de lo que Dios hace con nosotros.

En la liturgia, el gesto del abrazo está asociado a la paz. Antiguamente era el ósculo, el beso; pero, tras el Concilio Vaticano II, se ha establecido el abrazo como el signo de la paz. Por eso, en esa lógica-ilógica de no ver la misa como una experiencia de vida comunitaria, la paz sobra, cuando es al contrario.

Otro aspecto importante es que la palabra abrazo no tiene antónimo, al menos en mi poco conocimiento del lenguaje. Por ejemplo, la palabra rechazo es lo contrario de aceptación y, en el caso de soltar, lo opuesto sería agarrarse. En cambio, abrazar no tiene un contrario directo, porque no abrazar es deshumano y reflejo de esa cerrazón del corazón.

Terremoto Vzla

Me disculpo por regresar a Venezuela, pero precisamente que abrazar no tenga antónimo significa que quien no puede abrazar es porque decidió que su corazón albergue un mal mayor.

Previo a la tragedia, en 2018, para no pecar por falta de temporalidad, uno de los líderes, que hoy tienen el poder en el país, declaró: “La revolución bolivariana es nuestra venganza personal”, y creo que, en un momento de tanta oscuridad, no podemos permitir que sea la venganza la que se imponga. No es posible que sigamos inertes e indiferentes ante la miseria humana de quien solo tiene un proyecto de venganza frente a Venezuela; no es moralmente correcto.

El abrazo, como caricia de Dios

Por eso, el abrazo de esas dos abuelas con sus nietos es el abrazo de los miles de fallecidos que se aferraron al otro, al cercano, para protegerlo; y, aunque no sobrevivieron, esos abrazos son un sacramento de la presencia de Dios en ese momento oscuro.

Digo sacramento porque, si estos son la acción de Dios en la vida de las personas, ese último abrazo es una caricia que abrió las puertas a la eternidad de Dios, que solo ama y sabe amar. Ese abrazo fue la extrema unción, en el momento extremo.

De allí que sea necesario resaltar el abrazo de esas abuelas, de las que no sabemos nombres ni historias, pero que con ese último gesto dieron una lección para todos, para unos y para otros, para los que apuestan y están aferrados a la vida, aferrados al futuro, aferrados a dar la vida por los demás.

En ese abrazo de vida, en ese abrazo de protección, en ese abrazo de seguridad, en ese abrazo de entrega, está la Venezuela herida que se levantará abrazada.

Por eso, si hoy lloramos abrazados, mañana nos encontraremos abrazados en la Venezuela libre y reconstruida.


Por Rixio G. Portillo R.. Profesor e investigador, Universidad de Monterrey.

Foto: Vatican Media