Los judíos celebraron el pasado jueves 23 de julio la fiesta llamada ‘Tishá b’Ab’, el 9 del mes de Ab, probablemente la fecha más triste del calendario judío, ya que en ella se recuerdan las destrucciones del Primer Templo, a manos de Nabucodonosor, en el 587 a. C., y del Segundo, por obra del general romano y futuro emperador Tito, en el año 70 d. C.
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La tradición judía ha unido a esta fecha otros acontecimientos aciagos. Así, según la Misná: “El 9 del mes de Ab fue decretado a nuestros padres que no entrasen en la tierra de Israel, fue devastado el Templo por primera y segunda vez, fue conquistada Bet Tor y arada la ciudad. Entrado el mes de Ab, se restringen los regocijos” (‘Taanit’ 4,6).
La referencia a no entrar en la tierra se encuentra en Nm 14,28-30: “¡Por mi vida!, oráculo del Señor, que os haré lo que me habéis dicho a la cara: en este desierto caerán vuestros cadáveres, los de todos los que fuisteis censados, de veinte años para arriba, los que habéis murmurado contra mí. No entraréis en la tierra en la que juré estableceros”. Y la mención de Bet Tor (o Betar) es una alusión a la rebelión de Bar Kojba contra Roma ‒la llamada Segunda Guerra Judía‒, entre los años 132-135 d. C., en la que la ciudad de Bet Tor fue el último foco de la revuelta que aplastaron los romanos.
Modernamente se han ligado a este día otros acontecimientos funestos para el judaísmo. Entre otros se citan los siguientes: el para Urbano II declaró las cruzadas en 1095, en 1242 se quemó masivamente el Talmud ‒obra clave del judaísmo rabínico‒ en París, la expulsión de los judíos de Inglaterra en 1290 por parte de Eduardo I, la expulsión de los judíos de España en 1492, la aprobación de la llamada “Solución final” ‒el exterminio de los judíos de Europa‒ en 1941 y la inauguración del campo de exterminio de Treklinka en 1942.
No olvidar la historia
¿Por qué dedicar una fiesta a fracasos como estos? Quizá, precisamente, para no olvidar la historia, porque en la historia ‒ya sea nacional o personal‒ los fracasos ocupan un espacio, y un espacio en ocasiones no pequeño. Sin ir más lejos, en el cristianismo, una de sus dos fiestas verdaderamente cardinales ‒junto con la de la encarnación, representada en el nacimiento de Jesús‒ es la Pascua, en la que celebramos la pasión y muerte de Cristo. Es verdad que, en este caso, la fiesta no acaba ahí, sino en la resurrección, pero eso no quita para que el fracaso ‒y fracaso absoluto‒ deje de estar presente.

