Mateo González Alonso, SDB
Redactor de Vida Nueva Digital y de la revista Vida Nueva

¿Cuál ha sido la auténtica vigilia de León XIV: la de los focos de la Castellana o la del silencio de Carabanchel?


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El sábado por la tarde ya es víspera del domingo de Corpus Christi. Las oraciones de la misa ya insinúan el sentido profundo y significativo de la Presencia real de Jesús en la eucaristía –e incluso en la vida–. En esa primera tarde en España como Papa, León XIV podría decirse, para tener una idea más completa de los que significa esta solemnidad, que ha celebrado dos vigilias del Corpus. Dos actos complementarios que quizá no hay que olvidar que se entienden mejor el uno con el otro.



La adoración

Esta tarde, que los titulares dirán que histórica, hemos testigos de dos actos muy distintos. Por un lado, a las 20:30 horas, las televisiones, nuestro directo y los medios han centrado su atención en la multitudinaria Vigilia de oración con los jóvenes en la Plaza de Lima. Una cruz desnuda y el Bernabeu han sido en telón de fondo de este acto que se ha dividido entre lo testimonial y lo litúrgico.

Mientras algunos teníamos en la memoria la tremenda tormenta y el vendaval de Cuatro Vientos y a Benedicto XVI pertrechado de paraguas… para las nuevas generaciones se ha quedado como un evento rebosante de entusiasmo, de cánticos, de banderas y de esa energía contagiosa que la juventud siempre aporta. Han pasado 15 años entre ambas noches. Es la “vigilia oficial”, la de los titulares.

Una vigilia un poco dicotómica para satisfacer los escrúpulos litúrgicos de algunos que ha separado –y espero que no disociado– la parte de los testimonios y las intervenciones del Papa; de la adoración eucarística, con cambio de vestuario del pontífice incluido. ¿No se podría haber integrado mejor en una celebración más unitaria con la Presencia del Santísimo fluyendo en mitad de la vida? Y más teniendo en cuenta la dispersión de los participantes en el trazado de las avenidas madrileñas del entorno del Bernabéu, por no decir los que encontraron sus sectores llenos o cerrados en cuanto llegaron.

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León XIV durante la Vigilia de Oración con jóvenes en la madrileña Plaza de Lima. Foto: EFE

La otra vigilia

Pero, me parece, esta no ha sido la única ‘vigilia’ del Corpus que ha celebrado León XIV en Madrid este sábado. Puede que, vista con perspectiva, la que mejor prepara el espíritu para la fiesta de este domingo haya ocurrido unas horas antes, lejos de las multitudes, en el Centro de Información y Acogida para personas sin hogar de Cáritas. Allí, el pontífice, en la periferia, ha visitado a los trabajadores y a los destinatarios ayudados por el proyecto social “Cedia 24 horas”.

Vayamos a la esencia misma de lo que celebramos. El Corpus Christi es la exaltación de la eucaristía, el sacramento del amor entregado hasta el extremo. La tradición eclesial nos recuerda una verdad incómoda e ineludible: el día del Corpus es, indisociablemente, el Día de Cáritas, el Día de la Caridad. Con razón el Papa dejó en el centro social un icono de Cristo como “rostro del amor”.

No es una coincidencia de calendario; es una profunda declaración teológica. Lo mismo que el Jueves Santo se proclama el evangelio del lavatorio de los pies; no se puede adorar al cuerpo de Cristo expuesto en las custodias de nuestras catedrales o conciertos de Hakuna, si al mismo tiempo se aparta la mirada del cuerpo de Cristo que sufre frío o calor extremo, exclusión y abandono en nuestras calles como ha descubierto León XIV, que se sabe la lección.

La eucaristía y la caridad son las dos caras de la misma moneda. En el proyecto “Cedia 24 horas”, el Papa misionero se ha encontrado cara a cara con la intemperie humana y con esos héroes anónimos que, día y noche, intentan cobijarla. Son las caras de la abogada cubana Niurka con sus hijos Ares y Atenea, del senegalés Khadri o de Alicia, Alba y los voluntarios del Proyecto Esperanza de las Adoratrices.

Esa es la vigilia que nos prepara al Corpus. Mientras que en la Plaza de Lima se rezado intensamente con palabras, canciones y silencios compartidos… en un escenario efímero, en los pasillos del centro de acogida de Cáritas se reza a diario con las manos manchadas del barro de la realidad, devolviendo la dignidad a quienes la sociedad hace invisibles.

Ciertamente el encuentro con los jóvenes del Papa era imprescindible. La fecha justificaba mejor que en otras ocasiones del pasado una adoración eucarística, aunque para la mayoría ha sido a través de las pantallas. La fe necesita ser celebrada en comunidad y necesita de la esperanza y el testimonio de las nuevas generaciones. Pero si queremos entender el mensaje central que nos deja Jesús en la Última Cena y que llega hasta estas vísperas del Corpus, debemos mirar más allá del evento de masas.

La adoración más pura y la auténtica vigilia eucarística se conjugan con el verbo “compartir”, con vivir la caridad en el sentido más pleno que propone Jesús. Este sábado, pasadas las seis de la tarde, rodeado de personas sin hogar y de trabajadores especializados y voluntarios incansables, el Papa ha tenido una auténtica preparación del corazón para vivir esta solemnidad lejos de Roma: la mejor manera de celebrar el Corpus, es vivir la caridad hoy, cada día.

El papa León XIV en ek centro CEDIA 24 Horas, de Cáritas Madrid. Foto: EFE