El pasado 15 de mayo, el papa León XIV firmaba su primera encíclica: ‘Magnifica humanitas’, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Al comienzo del texto aparecen dos imágenes bíblicas como guías para “vivir con responsabilidad en la era de la IA” (n. 7): la construcción de la torre de Babel (Gn 11,1-9) y la reconstrucción de las murallas de Jerusalén (cf. Neh 2-6).
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El contraste entre estas dos imágenes radica en el papel que se concede a Dios en los planes humanos: mientras en Babel los seres humanos pretenden prescindir de Dios y constituirse ellos en la referencia, en el relato de la Jerusalén posexílica se “muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes. Es una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras. La antigua Jerusalén recupera así un lenguaje común, no el de la uniformidad, sino el de la comunión: la armonía que nace cuando cada uno asume su parte y todo el pueblo reconoce que su fuerza viene del Señor” (n. 8).
Homogeneidad
Ahora bien, propiamente, y como ya hemos mencionado en alguna ocasión, la auténtica contraposición de la torre de Babel no es la reconstrucción de las murallas de Jerusalén, sino el episodio de Pentecostés, que sería su auténtica referencia. En efecto, la confusión de una sola lengua dando lugar a muchas (“Puesto que son un solo pueblo con una sola lengua y esto no es más que el comienzo de su actividad, ahora nada de lo que decidan hacer les resultará imposible. Bajemos, pues, y confundamos allí su lengua, de modo que ninguno entienda la lengua del prójimo” [Gn 11,6-7]) parece que encuentra su verdadero correlato en Pentecostés, donde unos galileos hablan en lenguas distintas, de modo que los oyentes pueden comprender unánimemente su discurso: “¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?” (Hch 2,7-8). Así, la diversidad, fuente de confusión en Babel, se torna ahora homogeneidad ‒no uniformidad‒ en Pentecostés.
Es claro que tanto Dios como los seres humanos ‒hermanos‒ deben ser siempre referencia inexcusable para el creyente. Y esto ya hablemos de la inteligencia artificial o de cualquier otra circunstancia.

