A veces me pregunto si nos hemos acostumbrado demasiado rápido a vivir en un mundo que cambia sin pedir permiso. Abrimos el teléfono y aparecen noticias elegidas para nosotros. Una plataforma nos recomienda qué escuchar, qué mirar y hasta qué comprar. Conversamos con inteligencias artificiales que responden con rapidez sorprendente. Los niños aprenden rodeados de pantallas, las relaciones humanas, el trabajo, la educación y hasta nuestras emociones comienzan a pasar por filtros digitales que hace apenas unos años parecían ciencia ficción.
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No todo esto es malo, sería injusto decirlo porque la tecnología ha acercado personas, democratizado conocimientos y abierto posibilidades inmensas para la medicina, la comunicación y la creatividad humana, pero tampoco podemos ignorar cierta inquietud silenciosa que atraviesa nuestro tiempo. Quizá la pregunta de fondo no es cuánto ha avanzado la tecnología sino si seguimos sabiendo qué significa ser humanos.
En medio de este cambio acelerado, el papa León XIV ha decidido escribir, y quizá vale la pena detenernos un momento en una pregunta que no solemos hacernos: ¿por qué nos escribe el Papa?
A veces pensamos que las cartas encíclicas son textos reservados para especialistas, sacerdotes o personas dedicadas al estudio. Sin embargo, históricamente no han nacido para llenar bibliotecas, sino para acompañar momentos decisivos de la humanidad. Los Papas escriben cuando perciben que algo importante está en juego; cuando la Iglesia siente la necesidad de iluminar preguntas nuevas con la sabiduría del Evangelio.
Así ocurrió cuando León XIII escribió ‘Rerum novarum’ frente a la revolución industrial y la situación obrera. Así sucedió con el Concilio Vaticano II al dialogar con el mundo moderno. Así también ocurrió con los llamados del papa Francisco sobre el cuidado de la casa común y la fraternidad humana. Ahora León XIV nos propone una nueva conversación.
Su encíclica lleva un nombre hermoso y provocador: ‘Magnifica humanitas’ (‘La magnífica humanidad’), y está dedicada a la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Desde sus primeras páginas, el Papa deja claro que no escribe movido por miedo a la tecnología ni por nostalgia de otros tiempos. Lo que le preocupa es algo mucho más profundo: que la humanidad no pierda su rostro precisamente en el momento en que posee más poder sobre sí misma.
Por eso la pregunta de la encíclica no es simplemente si la inteligencia artificial es buena o mala. La pregunta es mucho más exigente: ¿qué humanidad queremos construir?
León XIV recurre a dos imágenes bíblicas poderosas. La primera es Babel: aquella torre levantada desde la autosuficiencia y el deseo de dominio, donde la uniformidad terminó rompiendo la comunicación humana. La segunda es Jerusalén reconstruida por Nehemías: una ciudad rehecha por muchas manos, con Dios en el centro y con responsabilidad compartida.
La pregunta es tan antigua como actual: ¿Queremos tecnologías que levanten nuevas Babeles, donde unos pocos concentren poder y las personas se vuelvan números o consumidores? ¿O queremos reconstruir Jerusalén, es decir, comunidades donde la innovación esté al servicio de la dignidad humana y del bien común?
Confieso que esta intuición del Papa me parece profundamente luminosa, porque ‘Magnifica humanitas’ no demoniza el progreso ni bendice ingenuamente cualquier novedad. Más bien nos invita a hacer algo que a veces olvidamos: discernir, pensar y preguntarnos hacia dónde vamos antes de dejarnos arrastrar por la velocidad del cambio.
Y quizá ahí está una de las razones más hermosas por las que el Papa nos escribe: no para darnos miedo, ni para sustituir a científicos o gobiernos, sino para recordarnos que ninguna máquina podrá reemplazar jamás la profundidad del corazón humano, la libertad, el amor, la conciencia y esa misteriosa dignidad que Dios ha sembrado en cada persona.
Tal vez esta encíclica no fue escrita sólo para expertos. Quizá fue escrita también para nuestras conversaciones familiares, para nuestras parroquias, para educadores, jóvenes, abuelos, comunicadores y creyentes comunes que intentamos comprender este tiempo sin dejar de ser humanos.
Por eso, durante las próximas semanas, quisiera acercarme a ‘Magnifica humanitas’ no como quien estudia un documento lejano, sino como quien se deja acompañar por una conversación urgente sobre el presente y el futuro de nuestra humanidad.
Lo que vi esta semana
Al papa León XIV presentando su encíclica con esperanza.
La palabra que me sostiene
“La justicia y la paz se besarán”. (Salmo 85,11)
En voz baja
Señor, en medio de tantos cambios, no permitas que perdamos la capacidad de escuchar, de cuidar y de amar. Danos inteligencia para usar bien nuestras herramientas y sabiduría para no olvidar que lo más valioso nunca será una máquina, sino el corazón humano habitado por Ti. Amén.
