José Luis Pinilla
Horizontes abiertos y presidente de CONFER-ALCALA. Grupos Loyola

Trump desprecia al Papa… y se delata: el poder que no soporta la verdad


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Desde esta humilde valla donde se observa el temblor de la historia. Desde ese lugar donde se perciben con nitidez los gestos del poder que separa y quiere dominar y, sobre todo, sus grietas y las heridas en quienes intentan cruzarla. Desde aquí, donde hoy contemplamos no solo un enfrentamiento, sino una revelación os dejo estas palabras apresuradas.



En estos días en que la palabra se ha vuelto arma arrojadiza y el poder confunde el ruido con la verdad, la figura de Donald J. Trump vuelve a irrumpir con estridencia, esta vez contra la serena voz del papa León XIV. Y, sin embargo, más que un ataque, lo que se escucha en el fondo es otra cosa: cuando el poder político se ensaña contra una voz moral, no la derrota: la revela.

Trump no discute; Trump reacciona. No argumenta; descalifica. No entra en el misterio de una palabra que no controla, sino que intenta reducirla al lenguaje que le es familiar: el de la fuerza, la frontera, la seguridad, la irracionalidad. Pero el papa León XIV –heredero de una tradición y una experiencia vital colectiva que no necesita gritar para ser escuchada– habla en otro registro, en una lengua antigua y siempre nueva, tejida de compasión, de justicia, de memoria de los últimos.

Y ese idioma no se somete, aunque sea desde el mismo inglés de la tierra de origen de ambos.

Confrontación

Hay, en esta confrontación, algo profundamente simbólico. De un lado, el poder que necesita afirmarse constantemente, que mide su autoridad en decibelios y en enemigos; del otro, la autoridad que nace de la coherencia, del silencio fecundo, de la fidelidad a una verdad que no se negocia. Trump parece exigir al Papa que traduzca su mensaje a términos que él pueda domesticar. Pero León no traduce: testimonia.

Y ahí nace el conflicto.

El ataque, entonces, no es signo de fortaleza, sino de impotencia. Porque lo que no se puede asimilar, se intenta desacreditar. Lo que no se puede dominar, se caricaturiza. Y, sin embargo, en ese mismo gesto, el poder reconoce su límite. Si la palabra del Papa fuera irrelevante, no provocaría reacción alguna. El silencio del desprecio sería suficiente. Pero no: se le nombra, se le combate, se le expone. Como si al hacerlo se pudiera conjurar su influjo.

Y no se puede.

Circula, además, una imagen inquietante y reveladora: una representación del presidente norteamericano disfrazado de Jesucristo, con gesto impostado, extendiendo las manos sobre heridos a los que “sana” en una escena casi teatral. No es una blasfemia en el sentido religioso tradicional; es algo más hondo y más triste: la apropiación del símbolo para vaciarlo. Un Cristo sin cruz, sin dolor, sin entrega. Un Cristo convertido en espectáculo banal, en propaganda interesada, en gesto… ¡vacío!

Donald Trump encarnando a la figura de Jesucristo y sanando a un enfermo postrado en una cama.

Pero el verdadero Cristo –el que no necesita disfraces– no sana desde el poder, sino desde la herida compartida.

Esa imagen, que pretende exaltar, termina delatando. Porque muestra la tentación constante del poder: ocupar el lugar de lo sagrado sin pasar por el sacrificio, asumir la forma sin abrazar el contenido, imitar el gesto sin vivir la verdad. Y frente a ello, la Iglesia –cuando es fiel a su raíz– se convierte en un espacio incómodo, porque recuerda que no todo es negociable, que no todo se compra, ni siquiera con dólares, que no todo se somete.

Libertad desarmada

León XIV no responde al ataque. Y en ese silencio hay una fuerza que desconcierta. No porque sea debilidad, sino porque es libertad. Libertad no tanto para presumir de ser el guardián fiero en el “paraíso” de las libertades –con una estatua en Nueva York que hoy parece llorar–, sino libertad de no entrar en el juego, de no rebajarse al intercambio de golpes, de no convertir la verdad en un eslogan. Es una libertad desarmada, sí, pero precisamente por eso “desarmante”. Palabra pronunciada con la suavidad de un susurro, pero con la radicalidad de un trueno.

Y tal vez sea eso lo que más inquieta.

En un mundo acostumbrado a medir el poder por su capacidad de imponer, la existencia de una voz que no necesita imponerse resulta perturbadora. Porque introduce otro criterio: el de la conciencia, el de la dignidad, el de una justicia que no depende de mayorías ni de encuestas. Una voz que no busca vencer, sino despertar.

Trump, en su arremetida, no solo ataca a un Papa. Se enfrenta –quizá sin saberlo– a la experiencia vital de muchos que han sobrevivido a imperios, a guerras, a ideologías. Y que no se defiende con las mismas armas, porque no pertenece al mismo orden.

Por eso no hay simetría posible.

No es un duelo

Lo que está en juego no es un duelo entre dos figuras, sino la tensión permanente entre dos modos de entender el mundo: uno que se afirma en el dominio, y otro que se sostiene en el servicio; uno que necesita enemigos, y otro que busca hermanos; uno que se disfraza de salvador, y otro que, sin disfraces, se deja herir para salvar.

Al final, la pregunta no es quién grita más fuerte, sino quién dice una palabra que permanece.

Y esa palabra –aunque incomode, aunque irrite, aunque no se deje domesticar, sigue teniendo un peso que el poder no puede ignorar… ni silenciar.