Recientemente el Vaticano ha anunciado la próxima beatificación del obispo Fulton Sheen, que los fieles de Estados Unidos, y muchos de tantos otros países, estaban esperando con vivo interés, pues su camino hacia los altares –con la aprobación del milagro incluida– había concluido hace unos años, pero curiosamente la beatificación no acababa de llegar. Al buen obispo le acompañaron las controversias durante una parte de su vida y no le faltaron tras la muerte. Ahora, por fin, veremos a Sheen en los altares, de lo que yo personalmente me alegro pues lo considero una figura fascinante del siglo XX.
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De rica personalidad y particularmente dotado para la comunicación, especialmente la que llamamos de masas, basta ver cómo todavía hoy, a años de su muerte, muchas de las grabaciones de sus programas televisivos tienen amplio seguimiento en las plataformas y en las redes sociales. El obispo Fulton Sheen fue célebre y dejó una huella significativa en la Iglesia norteamericana y también en la sociedad de su país en general: con sus 73 libros publicados, su programa televisivo que alcanzó la cifra considerable de más de 30 millones de telespectadores y el premio Emmy que ganó por tan ingente audiencia, sin duda podemos considerarlo uno de los sacerdotes más mediáticos del siglo XX.
Nacido el 8 de mayo de 1895 en El Paso, Illinois, en el seno de una familia sinceramente religiosa, su nombre de pila era Peter John. Ni su padre, Peter, ni su madre, Delia, tenían estudios, pero en cambio sí mucha capacidad para el trabajo e ingenio. Desde la más tierna edad, Sheen mostró un notable interés por la religión e inclinación al estudio, pero también una notable facilidad para la comunicación.
Afirmaba haber querido vehementemente desde niño ser sacerdote:
“No consigo recordar un solo momento de mi vida en el cual no haya querido ser sacerdote. En los primeros años de mi adolescencia, mi padre me mandaba a una de sus granjas. Recuerdo arar el campo en primavera –veía saltar el grano tierno ante mis ojos– y, mientras removía la tierra fértil, rezaba el rosario pidiendo vocación. Nunca hablé de ella a los demás, ni siquiera a mis padres, aun cuando muchas personas les decían que probablemente me haría sacerdote. Ser monaguillo de muchacho en la catedral alimentó el fuego de mi vocación, así como la inspiración de los sacerdotes que cada semana nos visitaban. Nunca descuidamos el rosario, que rezábamos todas las tardes en familia antes de acostarnos”.
Después de graduarse en la escuela superior, Sheen ingresó en el seminario diocesano de San Viator en Bourbonnais, Illinois, donde continuó su formación académica y espiritual, y profundizando sus conocimientos filosóficos y teológicos. Fue por esta época cuando se desarrolló todavía más en él un especial interés por la comunicación y el arte de la oratoria, habilidades que le servirían más tarde para su ministerio. Tras acabar los estudios en el seminario, fue ordenado de presbítero el 20 de septiembre de 1919, a la edad de 24 años. El encuentro con la celebración eucarística dejó en él una huella tal que lo llevó a hacer de ella el centro de su jornada y a permanecer fiel a ella hasta el fin de su vida.
Comenzó su ministerio en la diócesis de Peoria, donde enseñó como profesor en el seminario local y en la parroquia de Santo Tomás de Aquino. En 1923 fue enviado a la Universidad de Lovaina en Bélgica, con el propósito de obtener el doctorado en filosofía, ampliando sus conocimientos y preparándose para su futuro trabajo como educador y comunicador. En 19830 volvió a los Estados Unidos con el título de doctor bajo el brazo y retomó el ministerio pastoral en su diócesis.
The Catholic Hour
En ese mismo año fue invitado a tener una serie de intervenciones en la radio desde una estación local de Peoria, donde era párroco. Sus charlas radiofónicas se llamaron ‘The Catholic Hour’ y tuvieron una gran acogida. No olvidemos que en aquellos años, la radio era el medio de comunicación más popular para alcanzar un vasto público.
El estilo apasionado y elocuente del joven sacerdote, junto a su habilidad para explicar y defender la fe, atrajeron rápidamente la atención de un público más amplio. Con el crecimiento de su popularidad, su programa comenzó a ser transmitido por más estaciones de radio en los Estados Unidos. Sheen utilizó la radio como medio para predicar, enseñar y evangelizar. Sus discursos abarcaban gran variedad de temas, relativos no solamente a la fe fa católica y a la vida espiritual, sino también a asuntos importantes del momento tratados a la luz de la fe. Fueron ideados para llegar tanto a católicos como a no católicos.
‘The Catholic Hour’ se convirtió en uno de los programas religiosos de radio más populares de su tiempo y Sheen fue el presentador principal durante más de veinte años, hasta 1950, cuando dejó el programa habiendo obtenido una primera experiencia que después fue determinante en su desarrollo como comunicador y le permitió llegar a un público más amplio y establecer una estrecha conexión con muchas personas a través de los mass media.
Life is worth living
Su fama en la radio le allanó el camino a la incursión en la televisión, donde alcanzó una popularidad aún mayor con su programa ‘Life is worth living’ (Vale la pena vivir la vida), en onda de 1951 a 1957 y fue un enorme éxito. En él Sheen exponía diferentes temas ligados a la fe y a la moral católica en formato televisivo. Su estilo apasionado y carismático, unido a su capacidad para comunicar en modo claro y accesible a todos, captó la atención de una vasta audiencia. El programa abordaba, entre otros, asuntos, la vida familiar, la moral y la espiritualidad, y la relación con Dios. El método empleado era el recurso a anécdotas, ilustraciones y un estilo cautivador para transmitir el mensaje y hacer reflexionar al público.
‘Life is worth living’ se convirtió en uno de los programas más populares en la televisión del momento. Ganó varios premios, entre ellos un Emmy, y atrajo cada semana a millones de telespectadores. La combinación de la elocuencia y del saber de Sheen, junto a su capacidad para entrar en contacto con la gente a través de la pantalla, hizo que el programa tuviese un gran éxito, hasta tal punto que se volvió una figura familiar en las casas de muchas personas y su influencia se extendió más allá de la comunidad católica.
Además de ‘Life is worth living’, Sheen apareció también en otros programas y participó en entrevistas y debates televisivos, siempre con la idea de hacer servir la televisión como plataforma para promover la fe y el diálogo religioso. Su presencia en la pequeña pantalla, primero como sacerdote y luego como obispo, contribuyó a aportar una visión inspiradora y llena de esperanza en un medio cada vez má influyente. Su actividad en este medio hizo de él un punto de referencia para muchos que lo contactaban, a través de la correspondencia, con preguntas, pedidos y a veces hasta críticas, de suerte que en el momento de mayor popularidad llegó a recibir hasta 20.000 cartas diarias. De todo ello surgieron muchas conversiones a la fe, incluso de conocidas personalidades como Heywood Broun, Gretta Palmer, Clare Boothe Luce y Louis Budenz. Además de su trabajo en los medios de comunicación, Sheen fue asimismo autor de obras famosas entonces como World’s First Love, Three to Get Married y Life of Christ.
Sheen fue nombrado obispo auxiliar de Nueva York el 11 de junio de 1951 por el Papa Pío XII. Como tal, desempeñó un importante papel en la vida pastoral de la archidiócesis, colaborando estrechamente en los primeros tiempos con el arzobispo cardenal Francis Joseph Spellman (1889–1967), con quien trabajó en varios proyectos pastorales y sociales. A la vez, continuó con su apostolado televisivo y cuando apareció en la portada de la revista ‘Time’ en 1952, fue definido en modo grandilocuente como “tal vez el predicador más famoso de los Estados Unidos, ciertamente el sacerdote católico romano más famoso de América y la nueva estrella de la televisión norteamericana”.
Pero, aparte de su trabajo en los mass media, participaba activamente en la pastoral archidiocesana, visitando parroquias, predicando retiros y sirviendo de muchos otros modos a la comunidad católica de Nueva York. Se implicó también en el movimiento ecuménico y promovió el diálogo entre las diversas tradiciones religiosas.
Inquina de Spellman
Sin embrago, con el paso del tiempo, se hacía cada vez más evidente que se hallaba en desacuerdo con el cardenal Spellman en varios puntos, especialmente por cuestiones que tenían que ver con las grandes donaciones de dinero que de todo el mundo llegaban para el famoso obispo, que, por su parte, siempre fue muy respetuoso de la voluntad de los donantes. El caso se fue complicando y llegó a Pío XII, que defendió la conducta de Sheen. Algunos biógrafos afirman que Spellman obligó a Sheen a dejar su puesto como presentador de ‘Life is worth living’ en 1958.
En el momento en que peor se hallaban las tensiones, el obispo auxiliar comprobó que era persona ‘non grata’ en muchas parroquias de Nueva York. Spellman, además, canceló los sermones anuales de Viernes Santo que predicaba Sheen en San Patricio y disuadió al clero de hacer amistad con él. En 1966, el auxiliar fue promovido obispo de Rochester, diócesis sufragánea de Nueva York.
Aún así no cesó la inquina de Spellman hacia el famoso obispo y lo cesó como jefe de la Society for the Propagation of the Faith, a pesar de haber estado en el cargo durante dieciséis años, durante los cuales había logrado recolectar cientos de millones de dólares, entre ellos diez millones que donó personalmente. El 2 de diciembre de 1967, murió Spellman en Nueva York.
Como obispo de Rochester, Sheen intentó continuar su estilo de pastoral y su compromiso en la enseñanza y la difusión de la fe. Durante su breve permanencia en la diócesis, se dedicó de manera prioritaria a la formación permanente del clero, promovió también la educación católica y se afanó por reforzar la vida parroquial. Se ocupó, además, de cuestiones sociales y derechos civiles, todo ello con gran celo de pastor.
Dimisión
Pero a pesar de sus esfuerzos, el poco tiempo que pasó en su diócesis estuvo marcado por tensiones y conflictos internos. Uno de los principales retos que debió afrontar en Rochester fue una creciente división en el seno mismo de la diócesis, debido sobre todo a algunos cambios litúrgicos y teológicos que estaban teniendo lugar en ciertos sectores de la Iglesia después del Concilio Vaticano II. Sheen tenía una visión más tradicional, mientras que algunos miembros del clero y laicos tenían una visión más progresista. En suma, los desacuerdos y tensiones internas obstaculizaron su labor pastoral y su capacidad para desarrollar su misión. La situación se volvía cada vez más difícil, Sheen maduró entonces la decisión de dimitir de Rochester en 1969, a sólo tres años de su llegada y apenas un mes después de haber celebrado el quincuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal.
Una vez dejada la sede, tras un viaje al Vaticano, volvió a Nueva York y se dedicó a otras actividades de enseñanza y pastoral. Es importante señalar que su dimisión no estuvo en modo alguno relacionada con ningún escándalo o conducta inmoral. Fue más bien el resultado de tensiones internas y desafíos afrontados en la diócesis durante una época marcada por los cambios en la Iglesia.
A partir del año 1977, Sheen sufrió una serie de intervenciones quirúrgicas que debilitaron grandemente sus fuerzas y le hicieron más difícil la predicación. Durante todo ese tiempo continuó trabajando en su autobiografía, partes de la cual fueron dictadas desde el lecho de enfermo mientras estrechaba entre sus manos un crucifijo.
El 2 de octubre de 1979, dos meses antes de su muerte, Juan Pablo II visitó la catedral de San Patricio durante su visita apostólica a los Estados Unidos. Nada más entrar, el Papa preguntó al cardenal Terence James Cooke (1921–1983): “¿Dónde está el arzobispo Sheen?” Éste se hallaba sentado como uno más entre otros invitados cuando fue mandado llamar. El Pontífice lo abrazó diciendo: “Has escrito y hablado bien de Nuestro Señor Jesucristo. Eres un hijo fiel de la Iglesia”.
Fulton Sheen murió el 9 de diciembre de 1979 en su querida Nueva York y fue sepultado en la catedral de San Patricio. No faltaron en el momento de deponer el ataúd voces maliciosas entre el clero, comentando que Spellman se estaría revolviendo en su tumba al tener que compartir la misma cripta con Sheen.
En 2012, el ejercicio de sus virtudes fue reconocido como heroico por Benedicto XVI, que le confirió el título de Venerable, tras lo cual surgió la controversia de la traslación de sus restos a su diócesis natal de Peoria y que duró hasta 2019, cuando por fin fueron llevados a su tierra. Pero otras controversias en torno a su gobierno pastoral, que ya tuvo que sufrir en vida, no concluyeron sino hasta el reciente anuncio –por fin– de su Beatificación.
Su legado
Su legado perdura hasta nuestro tiempo y comienza por el hecho de ser un pionero de la comunicación como instrumento al servicio de la evangelización, en especial la televisión. Su intuición es actual todavía hoy, y si cabe más todavía, en plena era digital. Concretamente, en el actual mundo digital de los clérigos, en el que junto a grandes evangelizadores encontramos también no pocas superficialidades, cuando no frivolidades, que hacen poco bien a los fieles, Sheen se presenta como un servidor bueno y fiel, que nunca quiso atraer la atención sobre sí mismo, ni sobre sus ideas ni sus teorías –mucho menos sobre ocurrencias o genialidades, como pasa hoy con cierta frecuencia– sino que dedicó todos sus esfuerzos a anunciar el evangelio con fidelidad a la Iglesia
También se distinguió como teólogo y apologista, pues en sus escritos y presentaciones abordaban cuestiones teológicas y morales en modo claro y profundo, ayudando a la gente a comprender y vivir su fe. Pero no era sólo un teórico de la fe y un telepredicador, sino además un apasionado defensor de la justicia social y de los derechos de las personas, y favoreció el contacto fraterno con los cristianos separados y también con las distintas religiones, a nivel teórico y a nivel personal y lo hizo en primera persona. Pero sobre todo, Sheen era conocido, por los que lo frecuentaban más de cerca, por su vida de oración, su amor a la Eucaristía, su humildad y su caridad para con los necesitados.
Al final de su camino terreno, como síntesis de todo él, Fulton Sheen escribió: “Toda la espiritualidad que poseo tiene que ver con el crucifijo: es el precio de mi redención y la garantía de mi resurrección. En mi habitación tengo un gran crucifijo de dos metros de altura que constituye el paisaje de salvación que contemplo de día y de noche”.