Ya de madrugada salíamos de la catedral. Todo eran abrazos y felicitaciones pascuales. Diez jóvenes se habían bautizado. Había un clima de alegría. “¿Sabéis donde os vais a meter?”, les dije. “Sí, claro”, me contestó uno de los gemelos. En los bautismos y confirmaciones es mi pregunta recurrente. Para todos, no solo para los neófitos.
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Por la mañana del Sábado Santo, de silencio y espera, estuve con una veintena de jóvenes de una parroquia madrileña. Habían venido para celebrar el Triduo Pascual con la parroquia de un pequeño pueblo de unos 300 habitantes, quizás menos. Les llamaba la atención la fe que descubrían en las personas mayores y su arraigo a las tradiciones religiosas de la Semana Santa que, gracias a ellos y con ellos, las habían vivido con alegría y esperanza. Se volcaron con el grupo.
Se terminaron las procesiones. Aquí son magníficas, una filigrana en todos los sentidos: la orfebrería, los bordados de los trajes y los palios, las velas adornadas de flores y hojas de cera, y los centros florales. Filigrana de una organización precisa, en el orden de los nazarenos, los penitentes y las mujeres de mantilla, de los sacrificados costaleros y todos los que contemplan el misterio, en silencio, mientras pasa a su lado.
El misterio tiene muchos rostros, el de Cristo y María, la madre discípula, el de las mujeres que nunca le dejaron solo. También los seguidores casuales, por obligación como Simón de Cirene, que pasaba por allí, o el ímpetu piadoso de la Verónica, que no se amedrentó ante la barrera de soldados, para mostrar compasión, o la comparsa de sayones y Pilatos, que se lavó las manos, o los que se apuntan para vociferar sin demasiadas razones, o los discípulos de la noche, ricos e influyentes, José de Arimatea y Nicodemo, que dieron la cara cuando más tenían que perder, cuando el famoso Maestro ya había sido falsamente acusado y sacrificado. El misterio son los que huyeron siendo sus amigos.
Lección de vida
En ellos estamos todos, es una lección de vida. Quizás la multitud de jóvenes costaleros que portaban los pasos y los que estábamos en la calle acompañando o contemplando la escena podíamos identificarnos con cada uno de ellos, según el momento de nuestra vida.
En la Vigilia habíamos intuido que de la luz del cirio pascual teníamos que encender nuestras candelas para trasmitir la Luz y la Paz del Resucitado. Y mirábamos a los jóvenes que se iban a bautizar y nos preguntábamos: ¿y ahora qué? ¿Quién les acompañará, qué comunidad les acogerá, qué tendremos que hacer para que no pierdan la ilusión de pertenecer a la Iglesia, el Pueblo Santo, el Cuerpo de Cristo…?
¡Ánimo y adelante!