En un ensayo titulado La crisis de la educación, publicado originalmente en 1954 e incluido posteriormente en su libro Entre el pasado y el futuro (1961), Hannah Arendt afirma que «La educación es el punto en el que decidimos si amamos al mundo lo suficiente como para asumir una responsabilidad por él y, de esa manera, salvarlo de la ruina que, de no ser por la renovación, de no ser por la llegada de los nuevos y los jóvenes, sería inevitable».
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Arendt parece indicar que la apatía es una expresión que indica falta de amor por el mundo. Me recuerda, en cierta medida, a lo que expresó Gramsci al definir que vivir significa tomar partido, puesto que la apatía «es el peso muerto de la historia».
Para ambos pensadores, la educación es un camino expedito para superar este bochornoso obstáculo. Arendt comprendió que educar no es solo transmitir datos, sino el acto de preparar a los nuevos para que se interesen por lo público y lo común, rompiendo el ciclo de indiferencia de las generaciones anteriores. Por su parte, Gramsci sostiene que la educación política y cultural es la única forma de que las masas dejen de ser sujetos pasivos o apáticos y se transformen en protagonistas de su propia historia.
La apatía como síntoma final del rendimiento
Byung-Chul Han desarrolla en su libro La sociedad del cansancio (2010) una idea sobre la apatía que resulta alarmante. Señala que la apatía es el síntoma final de lo que denomina como sociedad del rendimiento. No es una falta de actividad como tradicionalmente se le entiende, sino un exceso de ella que termina por anular la capacidad de sentir.
Esta afirmación encaja con lo que el santo padre, León XIV, señaló en la pasada audiencia general del 17 de diciembre de 2025. Allí señala que «a menudo percibimos que el hecho de hacer demasiado, en lugar de darnos plenitud, se convierte en un vórtice que nos aturde, nos quita la serenidad, nos impide vivir mejor lo que es realmente importante para nuestra vida». El papa concluye severamente señalando que no somos máquinas, tenemos un «corazón»; más que eso, somos un corazón.
Probablemente, sea la apatía el enemigo más peligroso de la educación contemporánea. En un mundo saturado de respuestas instantáneas y estímulos fugaces, el riesgo no es solo la falta de información, sino la extinción de la pregunta. En este sentido, la educación se abre como un camino estupendo para alcanzar la luz que despierta y aviva la inquietud del corazón. Claro está, no hablamos de educación cargada de información que solo busca llenar un recipiente, sino como cultivo de una búsqueda permanente. León XIV vuelve a ofrecernos aquella idea de san Agustín de un corazón inquieto como representación de una insatisfacción creativa, que estimule al alumno a ser un buscador de la verdad y al maestro o profesor como un compañero de camino.
Educar al corazón inquieto
De alguna manera, siguiendo en la frecuencia de Dilexit Nos, León XIV señala que el corazón es el símbolo de toda nuestra humanidad, la síntesis de pensamientos, sentimientos y deseos, el centro invisible de nuestras personas. El corazón es el recinto del logos y el logos, según Heráclito, es principio eterno que gobierna el universo, lo ilumina todo, y queda revelado plenamente en Cristo, quien señaló: «… donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,21). León XIV, partiendo de estas cuestiones, concluye que es «en el corazón donde se conserva el verdadero tesoro, no en las cajas fuertes de la tierra, no en las grandes inversiones financieras, hoy más que nunca enloquecidas e injustamente concentradas, idolatradas al precio sangriento de millones de vidas humanas y de la devastación de la creación de Dios».
En tal sentido, si el corazón del alumno está inquieto, entonces el papel del educador cambia radicalmente. Ya no es el poseedor absoluto del saber, como se sugiere tradicionalmente, sino, más bien, un guía en la búsqueda; mejor aún, un compañero de camino que alimenta también la inquietud de su propio corazón. Cuando el corazón del docente está inquieto, entonces aprende a escuchar la sed del otro, aprende a provocar preguntas, no solo dar respuestas, aprende, como afirma León XIV, a leer la vida bajo el signo de la Pascua, mirarla con Jesús Resucitado, es decir, encontrar el acceso a la esencia de la persona humana, a nuestro corazón. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris
Maracaibo – Venezuela