¿Acaso es malo odiar?


Compartir

Hoy parece que está de moda clamar contra el odio. No contentos con introducirlo como figura penal (dice la IA que es una “infracción penal, como agresiones, amenazas o daños, motivada por prejuicios hacia la víctima por su pertenencia a un grupo (raza, orientación sexual, religión, discapacidad, etc.)”, hasta dicen que van a hacer un observatorio contra el odio, al que llaman “Hodio” (por cierto, copia de una medida kirchnerista que llamaron “Nodio”).



La Escritura no tiene inconveniente en hablar de odio ‒o de aborrecimiento‒, generalmente hacia determinadas ideas o sus obras, aunque a veces también a las personas: “Seis cosas detesta el Señor, y una séptima aborrece del todo: ojos altaneros, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente, corazón que maquina planes perversos, pies que se apresuran tras la maldad, testigo falso que proclama mentiras y hombre que siembra discordias entre hermanos” (Prov 6,16-19). O: “[Yo, la sabiduría,] detesto el orgullo y la soberbia, la mala conducta y la boca falsa” (Prov 8,13).

Varias pintadas en las que se profieren "insultos y mensajes de odio" contra la

Pintadas en las que se profieren “insultos y mensajes de odio” contra la Ertzaintza y el consejero de Seguridad del Gobierno Vasco

Pero, probablemente, el pasaje más significativo lo encontramos en el Nuevo Testamento, donde aparece Jesús pronunciando unas palabras aparentemente tremendas: “Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío” (Lc 14,26). En algunas traducciones, este “odiar” se transforma, por ejemplo, en “posponer” (como hace la versión de la ‘Sagrada Biblia’, de la Conferencia Episcopal Española). Y no se trata de un eufemismo o una suavización piadosa de la traducción, sino de la adaptación a nuestro lenguaje de un “semitismo” (una forma propia del pensamiento y el lenguaje semitas). En efecto, para el pensamiento semita, cuando dos extremos están en relación contradictoria, la forma de destacar uno de ellos es cargar las tintas sobre el otro. Así, para decir que hay que “preferir” a Jesús antes que a la familia ‒incluyendo al propio sujeto‒, se dice que hay que odiar a la familia (verbo ‘miseô’, de donde procede, por ejemplo, “misoginia”, odio a las mujeres).

Delito

Todos estaremos de acuerdo en que no es bueno odiar a las personas. Pero lo de odiar ideas o determinadas circunstancias es harina de otro costal: ¿quién no odia el mal, el pecado, la injusticia, la miseria o tantas otras cosas odiables? Y, por supuesto, el odio, incluso hacia las personas ‒mientras se mantenga en el mundo de las ideas o las convicciones‒, no debería ser motivo de delito de ninguna manera.