La valenciana Bárbara Greus, vecina de Benifaió y docente en un colegio de Atzeneta, lleva dos semanas inmersa en una pesadilla. Tras las riadas que han asolado su tierra, con tantas pérdidas personales y materiales, cuesta tener esperanza. Pero no se rinde y ni mucho menos se ha quedado con los brazos cruzados.
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Laica perteneciente al movimiento apostólico Cristo Rey, ligado al carisma de las Hijas de Cristo Rey, cuenta a Vida Nueva cómo, nada más ser golpeados por las inundaciones, “otros miembros del equipo y yo supimos que teníamos que movilizarnos y acudimos a uno de los pueblos más afectados, Algemesí”. Sin dudarlo, “cogimos botas, palas, rastrillos y cubos y fuimos durante ese primer fin de semana al pueblo”.
También con los desconocidos
Primero, “acudimos a las casas de amigos y conocidos, tratando de sacar todo el lodo posible. Luego, pasamos a ofrecernos a gente que no conocíamos de la zona. Íbamos puerta por puerta y comprobábamos cómo en las plantas bajas el agua había alcanzado los dos metros de altura, por lo que, además del barro, todos los muebles estaban destrozados y había que sacarlos fuera”.
Después, según se iba despejando allí el panorama, nos ofrecíamos a ayudar en todo lo que surgiera. Caminábamos como podíamos por la calle y acudíamos a la llamada de aquel que nos pidiera echarle una mano”. Hasta que finalmente llegaron “a una iglesia, que tenía un metro de barro. El día anterior, quienes habían estado ayudando allí, pusieron los bancos del revés y así pudieron ir empujando la suciedad. Aunque costaba mucho, pues el lodo, una vez que se seca, es muy difícil de limpiar”.
De vuelta a su ‘realidad’
Cuando pasó ese primer fin de semana de vértigo y trabajo incesante, llegó su ‘realidad’: “Tenía que volver al cole, a Atzeneta, donde soy profesora de Religión. A 50 kilómetros de mi pueblo, este está situado en una zona donde afortunadamente no ha habido daños. Por lo mismo, tenía sentimientos encontrados. Por un lado, me sentía fatal por no poder estar ayudando allí donde sabía que tanta falta hacía… Y, por el otro, pensaba en lo vivido esos días y me sentía parte de una familia unida por su fe, lo que me ponía los pelos de punta. Poder encarnar el ‘haz el bien y no mires a quién’, rodeada por la solidaridad absoluta de tantos, me daba mucha fuerza”.
De vuelta a las aulas, “pensaba en las muchas personas de Algemesí a las que esos días habíamos ayudado en cualquier cosa que necesitaran y en cómo, al preguntarnos de dónde veníamos, al decirles que éramos miembros del movimiento apostólico Cristo Rey, valoraban el hecho de que fuéramos Iglesia”. Pero, sobre todo, le quedó una enseñanza vital: “El trabajar en silencio, ‘sin que tu mano izquierda sepa lo que hace tu mano derecha’”. Sin protagonismos ni reivindicaciones de ningún; simplemente, “inmersos en la faena”.
Atajar el caos
A lo largo de la semana, en Atzeneta, Bárbara continuó con su alud de sensaciones encontradas, “desde la impotencia por no poder llegar a tantos sitios como quisiera a la certeza de que el mejor modo de ayudar era seguir concentrando todas mis fuerzas en un punto concreto, Algemesí”.
Y, desde la distancia, siguiendo volcada en la ayuda material, “recogiendo donaciones materiales de profesores o de gente cercana al colegio para que llevara al pueblo este fin de semana, cuando volví a ayudar y a seguir quitando barro”. Pero también apelando a lo que trasciende con sus propios alumnos: “Lo que pasa, por ejemplo, por hablarles de la necesidad del cuidado de la creación, lo que ahora, por desgracia, entienden de un modo tan gráfico”.
“Rezo por ti”
Pero también “por tratar de comprometer a los niños que van a mi clase con los de Algemesí, cuyo colegio ha sido muy afectado y que por ahora no pueden volver a clase. En vez de que dieran algo de donativo material y no supieran a quién le llegaba, me he comprometido con ellos a llevarles a los chicos de allí algo que sí es personal: las cartas y dibujos que han hecho para ellos y que pegaremos en un gran mural”.
Sin duda, serán vitaminas para el alma. Tan necesarias hoy y que se encarnan en misivas preñadas de ternura y que concluyen con un evangélico “rezo por ti”.


