En la mañana de este domingo, coincidiendo con la solemnidad de Pentecostés, el papa León XIV ha presidido la misa en la Basílica de San Pedro. Durante su homilía, el pontífice ha presentado la culminación del tiempo de Pascua y la efusión del Espíritu Santo, en torno a tres ejes fundamentales: la paz, la misión y la verdad.
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En el actual contexto internacional, el Papa ha concluido su alocución con una intensa súplica por el fin de los conflictos armados, la pobreza y el pecado. Antes, ha recordado cómo el evangelio traslada a los fieles al “primer día de la semana”, el momento en el que Jesús resucitado se aparece a los discípulos mostrando las llagas de la crucifixión.
Unos apóstoles que, según ha descrito, “se habían sepultado en el cenáculo llenos de miedo, pero Jesús entra allí a pesar de las puertas cerradas y los colma de alegría”. Con este gesto, el Resucitado “pasa a través de la muerte, abre el sepulcro de par en par, ahí donde para nosotros ya no había una salida”, transformando el lugar de la cena y de la traición en “fuente de resurrección” para toda la Iglesia.
El Espíritu de la paz
Al profundizar en el primer aspecto de su reflexión, el Papa ha definido al Espíritu del Resucitado como el “Espíritu de la paz”, una paz que emana directamente del perdón divino. “Esta paz viene del perdón y nos lleva al perdón; comienza con el perdón que da el mismo Jesús, traicionado por nosotros, condenado y crucificado”, ha subrayado, enfatizando que al confiar a la Iglesia la remisión de los pecados, Jesús entrega una obra divina bajo el signo de una “reconciliación universal” que no excluye a nadie.
Haciendo un paralelismo entre los signos de Pentecostés y las antiguas teofanías del Sinaí, el pontífice ha señalado que la santa ley de Dios se inscribe ahora en los corazones grabada por el Espíritu. “Esta ley es el código de la paz; es el doble mandamiento del amor, que el Espíritu nos recuerda en cada latido del corazón”, ha afirmado, invitando a los fieles a acoger al Paráclito como el “dulce huésped del alma”.
Una Iglesia protagonista de la misión
En el segundo punto de su homilía, León XIV ha remarcado la dimensión misionera de la Iglesia, nacida del soplo del Resucitado. “Somos así partícipes en la misión de Jesús”, ha aseveró, explicando que la primera obra del Espíritu en el ser humano es la fe, la cual “vive y se expresa en cada buena acción, en cada acto de misericordia y de virtud”.
El Papa ha hecho un llamamiento a la responsabilidad de todos los bautizados, advirtiendo que la Iglesia no debe adoptar una postura pasiva: “Realmente somos partícipes del Evangelio, toda la Iglesia es protagonista, no sólo guardiana”. Con la fuerza divina, el anuncio cristiano debe llenarse de alegría y esperanza, ya que, por la pura gracia y palabra del Señor –que “santifica al pecador, sana al leproso, convierte a quien ha renegado de él en un apóstol”–, los creyentes son “la novedad del mundo, la luz y la sal de la tierra”.
Asimismo, ha contrapuesto la acción del Espíritu con los intentos humanos de transformación social que prescinden de Dios: “Por una parte –lo vemos bien–, hay cambios que no renuevan el mundo, sino que lo envejecen entre errores y violencia. Por otra parte, en cambio, el Espíritu Santo ilumina las mentes y suscita en los corazones nuevas energías de vida”. De este modo, la misión eclesial tiene como objetivo central “transformando la confusión del mundo en comunión con Dios y entre nosotros”.
Unidad en la verdad
Como tercer aspecto, el pontífice ha abordado el “Espíritu de la verdad”, vinculándolo directamente con la necesidad de unidad y coherencia dentro de la comunidad cristiana. “El Espíritu, que habló por medio de los profetas, promueve siempre la unidad en la verdad, porque suscita en nosotros comprensión, concordia y coherencia de vida”, ha manifestado.
En una clara advertencia contra las corrientes ideológicas contemporáneas, el Santo Padre ha afirmado que “el Paráclito nos defiende entonces de todo lo que impide este entendimiento: de los prejuicios, de las hipocresías y de las modas que apagan la luz del Evangelio”. Por el contrario, la verdad divina permanece como una “palabra liberadora para todos los pueblos, mensaje que transforma cada cultura desde dentro”.
Finalmente, tras recordar que el Espíritu actúa constantemente y de manera multiforme a través de los sacramentos –multiplicando dones y carismas “para el bien común”–, el Papa ha concluido elevando una petición:
“Con corazón ardiente, pidamos hoy que el Espíritu del Resucitado nos salve del mal de la guerra, que es vencida no por una superpotencia, sino por la omnipotencia del amor. Recemos para que libere a la humanidad de la miseria, que es rescatada no por una riqueza incalculable, sino por un don inextinguible. Pidámosle que nos sane del flagelo del pecado, para la redención anunciada a todos los pueblos en el nombre de Jesús”.
