"Mamá te espera" es el lema de las madres mexicanas que buscan a sus seres queridos. Foto: Archivo Vida Nueva
El ring del timbre resuena en el aire perpetuamente veraniego de Guadalajara, pero la puerta permanece cerrada. Una joven tarda varios minutos en abrirla: “Disculpe, había acupuntura”, explica, señalando la habitación del fondo antes de desaparecer. En el patio, dos mujeres de edad indeterminada bordan juntas y, de vez en cuando, se ríen de sus diseños ligeramente torcido.
Al fondo, en la amplia cocina, un pequeño grupo prepara la comida. Es difícil definir Casa Luisita o la Casa Azul, como la llaman en el barrio, en homenaje a la casa azul surrealista de Frida Kahlo, ubicada en el barrio de Coyoacán de la Ciudad de México.
No es un centro, ni es un albergue, ni una institución. Es un hogar. El de las buscadoras: madres, hermanas, parejas, esposas, hijas que, ante la inacción del Estado, se han organizado en colectivos o asociaciones para encontrar a sus seres queridos desaparecidos. Son muchísimas en México.
Son la familia de los desaparecidos durante la fallida guerra contra las drogas –con el despliegue del ejército para combatir el crimen– llevada a cabo durante veinte años por cuatro gobiernos de distintas tendencias políticas. Buscan a, al menos, 134.000 personas, según datos oficiales, pero la cifra real es más alta porque la mayoría de los casos no se denuncian.
Asociada durante mucho tiempo a las dictaduras latinoamericanas del siglo XX, la palabra “desaparecidos” ha cobrado nueva relevancia en un país dividido entre el norte y el sur del continente, transformado en “una fosa común con himno nacional”, como afirman los activistas. Sin embargo, en este caso, quienes desaparecen no son opositores políticos, reales o potenciales, capturados o torturados por regímenes autoritarios.
Cualquier persona corre peligro en el conflicto que los llamados narcotraficantes –auténticos imperios económicos– libran (con el apoyo de instituciones previamente compradas) por el control del territorio y sus recursos. Hombres jóvenes o muy jóvenes, en su mayoría, pero también mujeres, niños y ancianos, son secuestrados y reclutados a la fuerza para satisfacer la sed de carne de cañón de los grupos armados. O empleados como mano de obra esclava. O asesinados para aterrorizar y esclavizar a la población.
De los cientos de miles que desaparecen sin dejar rastro, pocos regresan, la mayoría muertos. Y sucede solo gracias a la perseverancia de los familiares que buscan en basureros, campos sin cultivar y casas abandonadas dispersas por todo el vasto país, siguiendo pistas y la escasa información de la que disponen. Nadie más lo hace.
La Casa Luisita en Guadalajara, la capital de Jalisco, epicentro de la tragedia con más de 16.000 desaparecidos, es su oasis. “Empezamos por casualidad. En agosto de 2019, se encontraron camiones cargados de cadáveres en Jalisco”, dice Dolores Ramírez Ramírez, más conocida como madre Lolita, una monja carmelita del Sagrado Corazón. “El Servicio de Justicia y Paz de la Ciudad de México nos llamó para preguntarnos si podíamos alojar a un grupo de familiares que vendrían a identificarlos. Alojamos a los primeros 25 en la casa general”.
En ese momento, la Casa Azul donde murió Luisita del Santísimo Sacramento, fundadora de la congregación, en 1937, estaba ocupada. El lugar quedaría vacío cuatro años después, cuando Madre Lolita y sus hermanas se convirtieron en una parada habitual para grupos de excavadores que pasaban por allí.
“La mayoría eran madres. Las veíamos regresar exhaustas después de excavar todo el día, bajo el sol o la lluvia. Intentábamos aliviar su sufrimiento recibiéndolas con un abrazo, una canción, escuchándolas. Pero no podíamos quedarnos ahí. Queríamos crear un lugar de consuelo para los familiares que venían de lejos, pero también para los que vivían en Guadalajara”.
Casa Luisita fue inaugurada el 15 de octubre de 2023. Un promedio de ochenta madres pasan cada mes por sus amplias habitaciones con vista al patio de la planta baja. Una cuarta parte de ellas proviene de otros estados mexicanos. Algunas se quedan unos días, solo para dormir; otras unas horas para participar en actividades dirigidas por las religiosas de distintas congregaciones –las Misioneras Mercedarias de Berris y las Apóstoles del Corazón de Jesús– que apoyan a madre Lolita y sus hermanas.
Hay sesiones de masaje, psicoterapia, meditación y talleres. “Sobre todo, las escuchamos, las consolamos y lloramos con ellas. Conversamos de mujer a mujer, ya que la mayoría lo son. Y esto crea un vínculo profundo”, comenta la monja.
La desaparición de un hijo paraliza la vida de toda la familia que se ve atrapada en una montaña rusa de desesperación unas veces y esperanza otras. Una angustia que a menudo se sufre en silencio: la sociedad está tan aterrorizada que ignora la tragedia de los desaparecidos. Las “buscadoras” deben luchar contra sí mismas para no quedar paralizadas por el dolor, para no sucumbir a la desesperación y volver a empezar tras cada búsqueda infructuosa. Deberíamos ser nosotras quienes les ayudemos.
En realidad, su sufrimiento y su resiliencia nos evangelizan. En esa fuerza imparable que les permite seguir adelante a pesar del peso aplastante de cada derrota, veo el amor inquebrantable de Jesús. A veces quisiera ser adivina, abogada, fiscal, antropóloga forense para poder aliviarles la carga, aunque sea un poco. Pero debo aprender a aceptar la impotencia. El mío es el ‘ministerio de las lágrimas compartidas’”, dice la hermana Lolita.
Es el mismo servicio que presta Paola Clerico, quien ha acompañado a las familias de los desaparecidos durante diez años. Esta religiosa de 62 años, perteneciente a la congregación de Jesús y María, ha participado en cientos de misiones de campo. “Un enorme privilegio. Cuando comencé a acompañar a las primeras ‘brigadas nacionales de búsqueda‘, en las que participaban cientos de personas, había como máximo ocho colectivos en todo México. Ahora hay más de 250. Mientras tanto, el número de desaparecidos se ha multiplicado al menos por seis. Con su valentía y su fragilidad, las madres de la búsqueda me han ayudado a conocer verdaderamente a Dios. El ‘Dios que busca’ que no se resigna a perder a ninguno de sus hijos. El Dios tierno que se conmueve, el Dios impotente porque eligió dejarnos libres, el Dios triste al ver cómo desperdiciamos tanta libertad y confiado en nuestra posibilidad de redención”, dice Paola, con evidente emoción.
Desde la capital, la monja coordina el grupo “Iglesias y Espiritualidad”, a través del cual una docena de personas de diferentes credos y sensibilidades religiosas ofrecen acompañamiento espiritual a los grupos de búsqueda. “No fue una idea nuestra, sino una petición de los familiares”, concluye. “A pesar de la tragedia de tener un hijo desaparecido, de tener que buscarlo solos, sin la ayuda del Estado, y a veces incluso en contra de las propias instituciones, de ser señalados y culpados, no pierden la fe en Dios. Muchas veces se enfadan con Él, clamando a su rostro por su sufrimiento, una de las formas más auténticas de fe. Pero no pueden prescindir de esa fe. Estar con los familiares y con las madres de los desaparecidos ha salvado mi fe y mi vocación como monja. Ellas realmente me han enseñado a ser monja”.
*Reportaje original publicado en el número de septiembre de 2026 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva