Ceuta sigue convulsionada después de que el 30 de julio entraran desde Marruecos hasta 75.000 personas de forma caótica. Pasado más de un mes, a inicios de septiembre, la Casa de Acogida San Antonio sigue siendo un refugio para muchas de ellas.



Así, aunque este espacio del Secretariado de Migraciones de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, gestionado por la Asociación Cardijn, alberga habitualmente a unas 10 personas en situación de vulnerabilidad, ahora acoge a alrededor de 50. Para ello, han adaptado hasta las aulas, en las que se imparten clases de español.

Se mantiene el ambiente de cooperación

Eso sí, como explica a Vida Nueva uno de los responsables de este centro de atención a migrantes, el scalabriniano colombiano Carlos Andrés Méndez, “lo mejor es que, pese a desdoblarnos, mantenemos la filosofía que siempre nos caracteriza: somos un hogar”.

Hasta que vuelvan a la normalidad (ya se van produciendo algunos traslados a otros centros específicos), “seguimos viviendo con valores como dignidad, respeto, humanidad… Y eso se da en una doble dirección, tanto entre los trabajadores y voluntarios como entre las personas acompañadas”.

Así, si bien hay “todo tipo de perfiles (familias con niños, jóvenes, ancianos) y nacionalidades (marroquíes, senegaleses, argelinos y guineanos), todos vamos a una, colaborando. Pese a ser muchos más, se sigue el orden habitual en las duchas, en las comidas, en las curaciones o en las clases. A veces surgen los lógicos problemas, pero es encomiable el ambiente que se vive, de franca colaboración pese a la complicada situación”.

Cuando se abren y comparten sus historias

Algo que pasa, ante todo, por una actitud esencial: “Preocuparse por la persona, conocer su nombre, mirarla a los ojos… Ahí es cuando se abren y te comparten las historias que las han traído hasta aquí”. En ese sentido, Méndez valora que, “si bien la mayoría son musulmanes, este hogar está abierto a todos y aquí cada uno vive su fe con absoluta normalidad, compartiendo los espacios”.

Reconoce que “a algunos esto les llama la atención al ser una iniciativa de la Iglesia. Dicen que tenemos que ‘evangelizar’… Pero, para mí, eso pasa por encarnar el Evangelio entre quienes sufren. Si quienes pasan por una crisis tan grave tienen la oportunidad de sentirse en un espacio de paz, recuperando la sonrisa y sintiéndose seguros en vez de prejuzgados, creo que es un modo de hacer presente el Reino de Jesús, que nos llama a acoger a quien lo necesita”.

Significativamente, “hay varias personas del colectivo LGTBI a las que estamos acompañando. Han tenido que huir de contextos de fuerte persecución, en los que son maltratadas y hasta encarceladas, y es un gozo poder acogerlas aquí, sabiendo que están recuperando la esperanza y se sienten tranquilas, en paz, sin que nadie les pregunte nada y solo se las valore por su dignidad personal”.

“He tenido que huir de mi casa por ser lesbiana”

Una de ellas es Remi (nombre ficticio). Marroquí de 23 años, explica a esta revista que “he tenido que huir de mi casa por ser lesbiana. Desde siempre, cada vez que mis padres me pillaban poniéndome ropa de mis hermanos, me insultaban y me pegaban, diciendo que de esa forma insultaba a nuestra religión y nuestra cultura. Pero todo fue a más cuando supieron que tenía novia… Me vi obligada a escapar y fui a la policía, pero los agentes le dieron la razón a mi familia. Ahí tuve claro que tenía que irme”.

Ahora, en San Antonio, “al fin he encontrado la paz que buscaba. Me siento protegida, libre, tranquila, aceptada. Me sé querida por ser quien soy, sin más. Estoy muy agradecida a los voluntarios, a los que considero amigos, pues no me hacen sentir diferente ni inferior”. Pero la alegría de vivir al fin en “un hogar” no es completa, pues “sigo teniendo miedo, ya que hay quien me está buscando por las calles; así que no salgo de aquí”.

Migrantes en la Casa San Antonio de Ceuta

Otro caso es el de Fatna y Mouhamed, un matrimonio marroquí que han venido a Ceuta en busca de una oportunidad para su hijo, Moundere, quien, a sus tres años, sufre una parálisis cerebral. Como le cuentan a Vida Nueva, “hemos gastado todos nuestros ahorros en tratamientos y nada funciona. En Marruecos nos dijeron que se debía de operarle para abrirle el estómago y meterle directamente la comida, y sabemos que la única opción es que sea en España y buscarle un mejor tratamiento”.

Además, ella está embarazada de ocho meses y aspiran a dejar todo atrás: “El día de la llegada a Ceuta fue terrible, pasando cinco horas en el mar… Luego, estuvimos tres días durmiendo en la calle. Hasta que nos vio Cruz Roja y nos derivó a San Antonio. Aquí nos sentimos seguros, protegidos, cuidados y queridos. Y sabemos que ya no estamos solos. Moundere ha mejorado muchísimo, hasta el punto de que nunca había estado tan bien en Marruecos”. En definitiva, solo aspiran a “un futuro para nuestros hijos”.

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