El colombiano Carlos Andrés Méndez es un religioso scalabriniano que lleva dos años de misión en la Diócesis de Cádiz y Ceuta. Siempre en contacto directo con sus hermanos, cuya comunidad está en Algeciras, el primer curso de su misión lo pasó en la capital gaditana, en el Centro Tartessos, donde el Secretariado Diocesano de Migraciones atiende a personas migrantes y en distintas situaciones de vulnerabilidad.
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Como le cuenta a Vida Nueva, “este segundo año ya estoy en Ceuta, en la Casa de Acogida San Antonio. También pertenece a la diócesis y es un centro de atención a migrantes que se define a sí mismo como ‘una mano amiga que acoge a todos como una familia a través de la atención, la formación y la integración’”.
Diez plazas y otras dos para situaciones de emergencia
En condiciones normales, “disponemos de diez plazas y otras dos para situaciones de emergencia. Además, por si hacen falta, tenemos otras cuatro camas disponibles y otra habitación donde duermen los voluntarios, que pueden llegar a ser hasta cuatro. Yo duermo en la habitación que queda, pues vivo aquí de forma permanente para estar con los hermanos migrantes”.
Todo eso es lo habitual, pero en los últimos días, la situación ha cambiado hasta el punto de que, “ahora mismo, estamos en la casa más de 40 personas. De un modo improvisado, hemos podido acondicionar un espacio que tenemos para aulas y ahí nos apañamos como podemos”.
Todo comenzó el miércoles 29 de julio, “cuando ya había rumores de que algo podía pasar y nos preguntaron si podríamos acoger a cuatro personas”. Pero, al día siguiente, todo se desbordó: “De pronto, ante nuestra puerta pasaba mucha gente corriendo. Sonreían felices y preguntaban dónde estaba el CETI, el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes”.
Colaboración con las autoridades locales
En ese primer momento, “nos pusimos a disposición a la diócesis, colaborando con las autoridades locales para acoger a todos los que pudiéramos. Estábamos preparados para dar una respuesta, pero enseguida nos vimos desbordados”.
Con todo, una vez que las instalaciones estaban completamente llenas, “salíamos fuera para ofrecer información a la gente, explicándoles dónde estaban los centros oficiales. También les ofrecíamos la posibilidad de ducharse y algo de merienda”.
Además, “desde el primer día y hasta hoy, repartimos toda la comida y el agua que podemos”. Algo que no era fácil en ese primer momento, pues, “cuando la multitud, al encontrarse con todos los comercios cerrados, veía que una puerta que se le abría, acudía ahí a la carrera”.
“Llamados a entregar los cinco panes y los dos peces que tenemos”
Así, “teníamos que actuar con mucha prudencia, pero siempre sin perder de vista la misión evangélica, por la que todos estamos llamados a entregar los cinco panes y los dos peces que tenemos”.
En ese sentido, el religioso scalabriniano lamenta “lo que vemos ahora, varios días después: esta mañana me he encontrado con cuatro camiones del ejército llenos de gente a la que conducían a la frontera”.
Algo que le duele, “pues, entre ellos, hay subsaharianos que han huido de sus países porque su vida está realmente en peligro y tienen derecho a solicitar asilo”.
Sin comer ni beber… Y con las duchas cerradas
Además, constata que “la gran mayoría de los que quedan están en la Playa del Trampolín y allí, hasta el lunes, los tenían sin comer ni beber… Y con las duchas cerradas para que ni siquiera puedan asearse”.
Por ello, Méndez es claro en su llamada de atención: “La dignidad no tiene fronteras y nadie la pierde por cruzar una. El respeto básico que se merece todo hombre, en cuanto que hijo de Dios, es algo inalienable y no se puede negar por nada del mundo. Cuando esto ocurre, estamos ante una injusticia”.
