Desde febrero de 2023, cuando sucedió definitivamente a Santiago Agrelo como arzobispo de Tánger (antes estuvo un año como administrador apostólico) , el también franciscano español Emilio Rocha acompaña en primera línea a muchas personas que, dentro y fuera de Marruecos, sueñan con llegar a España.
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Pero, hasta ahora, como le reconoce a Vida Nueva en esta entrevista, nada se puede comparar con lo vivido desde el 30 de julio, cuando 75.000 personas entraron caóticamente en Ceuta.
Fenómeno muy complejo
P.- Ante una crisis humanitaria tan compleja y con tantas aristas, ¿dónde podemos poner la mirada?
R.- Ante todo pienso en el centenar de personas que han muerto. Hablamos del fenómeno migratorio, de crisis, de masas o de números, pero, detrás de cada uno de ellos, hay una persona. Alguien que tenía dudas, certezas, sueños, miedos… A todas les unía el llamado “sueño europeo”.
P.- Un sueño que se ha convertido en la peor de las pesadillas…
R.- Además de que hay que diferenciar entre las situaciones, pues no es lo mismo lo que ocurre con los subsaharianos que con los marroquíes. Los primeros huyen de la guerra, de la persecución, del hambre o de la crisis climática, y salen de sus países para tratar de salvar su vida.
Pero, en el caso de la gente de Marruecos, es distinto. Este es un país con mucha desigualdad social, pero no es pobre ni se pasa hambre. Lo que ocurre es que, aunque hay mucha inversión y se construyen grandes edificios, autopistas o recintos deportivos (como el impresionante estadio de fútbol de Casablanca, para el Mundial de 2030), a la mayoría de la gente eso no le mejora la vida.
Diríamos que es un bienestar que pasa por delante de ellos, pero del que no se benefician. Especialmente difícil es la situación de los jóvenes, a los que les falta el trabajo.
También hay que tener en cuenta que Marruecos es un país del que es muy difícil salir. Geográficamente, estamos rodeados por Argelia, un país con el que las relaciones son poco cordiales; por el desierto del Sáhara, que no invita a ser recorrido; por el Atlántico y el Mediterráneo, dos fronteras naturales que dificultan el paso; y por Ceuta y Melilla, dos ciudades cerradas.
Además, es muy complicado obtener un visado para salir, así que, el que consigue cruzar la frontera, normalmente, lo hace para no volver.
Un “país tapón”
P.- Mucha gente define Marruecos como un “país tapón”. Y así lo propicia la propia Unión Europea, que le otorga beneficios a cambio de que controle sus fronteras. ¿Qué pasó el día 30 para que todo eso cambiara por unas horas?
R.- Hay cuestiones geopolíticas que habría que analizar más profundamente, pero creo que, a nivel inmediato, ha tenido mucho que ver la sentencia del Tribunal Supremo que impide las llamadas ‘devoluciones en caliente’ más allá de la propia valla. De pronto, las redes empezaron a mover el rumor de que “la puerta estaba abierta” y la gente corría desde todo el país para tratar de cruzar.
Ese día, por cierto, se celebraba la Fiesta del Trono, en la que se conmemora el aniversario de la coronación de Mohamed VI. Yo estuve en el acto y, al pasar por Tetuán, veía por la carretera a muchísima gente a toda prisa hacia la frontera. Los camiones los descargaban ahí mismo y es cierto que la policía marroquí no hacía nada por evitarlo. La razón de eso ya no la sé.
P.- ¿Usted conoce a algunos de los que trataron de cruzar y han vuelto?
R.- Sí, pues lo llamativo de todo esto es que acudió a la carrera gente de todo el país. No solo del norte, sino del centro y el sur. Estos suelen estar menos acostumbrados a una situación así, y eso explica que murieran tantos: había quien se lanzaba al mar sin saber nadar… Cada una de esas muertes es un drama.
Yo sé de vecinos de Tánger que fueron y, al ver el caos, pese a la frustración, decidieron volver. La policía española se empleó sin violencia, pero les dejó claro que debían irse. Y hay una evidencia: llegas a Ceuta, sí, pero sigues estando en África.
Si quieres tener un futuro en España, debes estar en la península. Los que quedan son en su mayoría subsaharianos que ya lo tienen muy difícil en Marruecos y, al menos, se agarran a una oportunidad de llegar a Europa.
