Se ha cumplido un mes de la entrada masiva de migrantes a través de Ceuta desde Marruecos. Un tiempo en el que, lejos de reconducirse la compleja encrucijada geopolítica y migratoria en la que se ha visto envuelta la Ciudad Autónoma, parece agravarse. La lentitud en la respuesta del Gobierno para dotar de recursos con los que afrontar la crisis humanitaria y social que están padeciendo, tanto quienes entraron como los ciudadanos ceutíes, ha multiplicado exponencialmente el desconcierto.
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A esto se suma la indignación popular con el Ejecutivo de Pedro Sánchez, entre otros motivos, por lo que se considera una falta de contundencia desde el punto de vista institucional para abordar lo que él mismo definió como “un ataque y una violación de la integridad territorial de España”, a lo que se suma la sombra de la implicación de Marruecos en el asalto con un trasfondo invasionista.
Un mes después, ni siquiera se conoce una cifra aproximada de cuántos migrantes se han quedado en territorio español. No se han habilitado espacios de acogida suficientes ni se cuenta con los medios necesarios para proporcionarles alimentos y unas mínimas condiciones higiénicas y sanitarias. Ni tampoco se ha garantizado que todas las mujeres y niños desplazados se encuentren en un espacio protegido. Esto hace que miles de personas deambulen por las calles buscando la manera de sobrevivir.
Reparto de alimentos por parte de miembros de Cruz Roja a los migrantes en la playa del Trampolín en Ceuta. Foto: EFE
Mientras tanto, los vecinos de Ceuta se han visto sobrepasados por una avalancha humana que no solo ha tensionado los servicios públicos, sino que ha frenado en seco su normalidad. Frente a la serenidad inicial, en medio de la incertidumbre por lo que en un principio se asumió como una situación coyuntural, la cronificación de esta situación extraordinaria se traduce en una percepción de inseguridad y caos, disparando la crispación.
Defensa de la dignidad
En medio de este alarmante contexto, la Iglesia está llamada a ser bálsamo, manteniéndose al margen de batallas políticas, acogiendo las legítimas preocupaciones del pueblo ceutí, a la vez que abraza la inviolable defensa de la dignidad de los migrantes. Un equilibrio nada fácil, que solo se puede lograr desde esa templanza que Dios envía al profeta Isaías: “Conserva la calma, no temas y que tu corazón no desfallezca ante esos dos restos de tizones humeantes: la ira ardiente de Rasín y Siria, y la del hijo de Romelías” (Is 7, 4).
Ante una crisis real con múltiples aristas, con un miedo palpable en unos y otros, no cabe caer en discursos de brocha gorda que agiten, sino testimoniar la apuesta –a pie de calle y a pie de playa– por la paz y la convivencia que siempre ha abanderado el corazón del pueblo de Ceuta y la Iglesia que peregrina en su corazón.
