‘Naturaleza muerta con limones, naranjas y una rosa’ de Zurbarán. Foto: Wadsworth Atheneum Museum of Art en Hartford (Connecticut, Estados Unidos)
Francisco de Zurbarán seduce en Londres. La profunda religiosidad del pintor barroco, lejos de constituir una barrera, es precisamente la clave de su impacto, de que el público salga de la National Gallery “asombrado y profundamente conmovido”, como admite su comisaria, Francesca Whitlum-Cooper. El gran maestro del Siglo de Oro triunfa invitando a la fe, a la pausa, al silencio, a la contemplación, al recogimiento interior.
“Sus pinturas son extraordinariamente impactantes”, reconoce Whitlum-Cooper, conservadora de Pintura Italiana, Española y Francesa en la National Gallery, que –junto a Daniel Sobrino Ralston– ha querido reivindicar con Zurbarán, la primera gran exposición monográfica en Reino Unido, la “plena vigencia” de un pintor que simboliza la atracción y el misterio del Barroco español. La austeridad, el naturalismo y esa extraordinaria capacidad para dotar de presencia física a lo espiritual sigue cautivando también hoy.
La pregunta es por qué triunfa en una de las capitales más cosmopolitas y secularizadas del mundo una exposición dedicada a un pintor que ejecutó sus obras casi exclusivamente para las órdenes religiosas en la católica España durante la Contrarreforma. ¿Qué dice hoy un pintor de santos, mártires y escenas religiosas a una ciudad como Londres?
“Cuanto más las observo, más convencida estoy de que, tengas o no fe, son cuadros que te invitan a detenerte y pasar un tiempo frente a ellos –continúa–. Eso las convierte en algo mágico en un mundo como el que vivimos, imparable y ruidoso. Son pinturas estáticas. No son como las obras de Velázquez. No parpadean, no se mueven. Son monumentales. Te obligan a una pausa, a un momento de silencio y paz”.
La respuesta –siguiendo el propio discurso expositivo de la National Gallery– está en que Zurbarán, con su innovación pictórica y su poderoso lenguaje simbólico, fue capaz de convertir la creencia en una experiencia también estética. Sus cuadros no exigen compartir la fe del siglo XVII, basta con detenerse ante ellos –como reconoce Whitlum-Cooper– para percibir la quietud, la luz, la intensidad y la humanidad con la que el pintor representa lo sagrado. Y esto es, precisamente, una demanda contemporánea.
“Zurbarán trabaja en el tiempo posterior al Concilio de Trento. Gran parte de la razón por la que todos los trabajos que le encargan son motivos religiosos tiene que ver con el propósito expreso de la Iglesia de utilizar el arte como un vehículo para propagar la fe. Necesitaba que las pinturas fueran poderosas, que golpearan al espectador. Necesitaba contar historias a personas que no sabían leer. Debían tener esa fuerza visual”, relata Whitlum-Cooper.
‘Santa Casilda’. Foto: Thyssen-Bornemisza ‘La Sagrada Familia’. Foto: Museo de Bellas Artes de Budapest (Hungría). ‘La Crucifixión’ Foto: Art Institute de Chicago
Y es esa fuerza la que transmite la National Gallery. No presenta a Francisco de Zurbarán (Fuente de Cantos, Badajoz, 1598-Madrid, 1664) únicamente como un pintor vinculado a la religiosidad de la Contrarreforma, sino como un “pintor de la contemplación”. Es decir, un creador capaz de transformar la contemplación en una experiencia universal y más necesaria que nunca.
Zurbarán retrata a Cristo, a María Inmaculada, a santas y a personajes bíblicos, a monjes, pero –sobre todo– pinta la experiencia interior. De ahí que las 42 obras expuestas en la National Gallery no solo sean la suma de “préstamos excepcionales procedentes de todo el Reino Unido, de Francia, de Polonia, de España y de Estados Unidos”, resume Sobrino Ralston, sino que se han reunido como catálogo esencial de conceptos como misterio, contemplación, visión y poder emocional, desde los que el pintor barroco sigue interpelando a los espectadores del siglo XXI.