Al recordar un accidente que amenazó con destruir la vida en toda Europa, la Iglesia advierte sobre el impacto de la invasión rusa
Oración en Prypyat por los 40 años del desastre nuclear de Chernóbil. Foto: EFE
Estos días se cumplen 40 años de un hecho que amenazó con destruir la vida en toda Europa. Fue el 26 de abril de 1986, cuando, en la central nuclear Vladímir Ilich Lenin, cerca de Chernóbil, al norte de Ucrania, hubo un accidente tras fallar una prueba de seguridad.
La consecuencia fueron una serie de explosiones que generaron una nube radioactiva que tuvo un alcance de 162.000 kilómetros cuadrados, abarcando la práctica totalidad del continente europeo y llegando incluso hasta el norte de América.
En pleno contexto de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS, las autoridades soviéticas trataron de ocultar lo ocurrido y solo actuaron en el último momento, evacuando a 116.000 personas, con lo que se evitó una catástrofe humanitaria sin parangón.
El riesgo de que se repita tal horror es evidente desde 2022, con la invasión de Ucrania por la Rusia de Vladímir Putin. Y es que, en varias ocasiones, la central nuclear de Zaporiyia, la mayor de Europa, ha sufrido daños en sus instalaciones tras registrarse ataques a su alrededor. Ayer mismo murió un trabajador tras ser disparado por un dron.
Frente a ello clamó León XIV, este domingo 26 de abril, el rezar el Regina Caeli en San Pedro. Ante el 40º aniversario del accidente nuclear, reiteró que “espero que, en todos los niveles de toma de decisiones, prevalezcan siempre el discernimiento y la responsabilidad, para que todo uso de la energía atómica esté al servicio de la vida y la paz”.
Y es que, para Robert Prevost, la memoria de Chernóbil “sigue siendo una advertencia sobre los riesgos inherentes al uso de tecnologías cada vez más potentes”.
Bien lo saben en Slavutych, una ciudad ucraniana que, situada a 40 kilómetros de Chernóbil, directamente fue construida esos días críticos de 1986 para alojar a los trabajadores evacuados de la central y a todos los ciudadanos de los pueblos de la zona que debieron abandonar su hogar de un día para otro.
En conversación con Vatican News, Yuriy Lohaza, párroco de la comunidad greco-católica del municipio más joven de Ucrania, destaca que el suyo es un lugar marcado por la palabra Chernóbil: “Muchos recuerdan aquellos acontecimientos y todavía llevan las heridas de la tragedia”.
Así, “entre nuestros feligreses, hay personas que participaron en la resolución del accidente en la central nuclear, que han sufrido sus consecuencias o que fueron evacuados, encontrando aquí un nuevo hogar. Llevan consigo las heridas de hace 40 años, que deberían haberse cicatrizado, pero con el inicio de la guerra a gran escala se han reabierto”.
Hasta el extremo de que “algunos han sido capturados por los rusos. Y, aunque la mayor parte ya ha sido liberada, todavía hay personas de las que esperamos el regreso. Por desgracia, algunos han muerto en prisión, torturados o asesinados durante el transporte”.
Una madre, frente a la tumba de su hijo en Moscú, víctima del desastre nuclear de Chernóbil. Foto: EFE
En estos cinco años de guerra, “hemos sufrido muchas pérdidas. Incluso en nuestra pequeña iglesia hemos celebrado los funerales de más de 80 militares. Así que comprendemos cuánto dolor hay en las familias: cuántos niños se han quedado huérfanos, cuántas mujeres se han convertido en viudas, cuántas madres han enterrado a sus hijos”.
En la misma noche del día 26, como recoge la agencia SIR, la Oficina de Ecología de la Iglesia Greco-Católica Ucraniana promovió una iniciativa más que significativa, por la que se pidió a la población encender una “vela del recuerdo”.
Bajo el lema ‘Recordar el pasado, proteger el futuro’, se buscaba concienciar en torno a “la reconciliación ecológica y la protección activa del medio ambiente frente a las amenazas actuales”.
Se ha sumado a los actos conmemorativos el Consejo Panucraniano de Iglesias, que, en un mensaje, ha deplorado las consecuencias que la invasión rusa también tiene en ese sentido, pues su territorio es hoy “el más contaminado del mundo” por la cantidad de minas antipersona y explosivos sin detonar que hay por todo el país.
Algo que “representa una amenaza constante de nuevas catástrofes globales”. De ahí su enérgico llamamiento “a la comunidad internacional, a los líderes religiosos, sociales y morales de la humanidad, a que tomen medidas decisivas para prevenir una nueva tragedia nuclear en suelo ucraniano, cuya magnitud podría superar a la de Chernóbil”.
Sviatoslav Shevchuk, arzobispo de Kiev y cabeza de la Iglesia greco-católica ucraniana, también ha publicado un mensaje en el que lanza sin ambages una advertencia sobre lo que puede ocurrir en un contexto de violencia desatada: “El mundo se encuentra una vez más al borde de un peligroso precipicio”.
Como concluye el prelado, “con especial urgencia, la trágica experiencia de Chernóbil y los desafíos modernos de la guerra nos llaman a una conversión ecológica, como la Iglesia nos recuerda constantemente. Seamos, pues, administradores sabios y responsables de los dones del Creador”.