El obispo de la diócesis de Laghouat, la más extensa de las argelinas, repasa para Vida Nueva la histórica visita del Pontífice
Diego Sarrió Cucarella, obispo de la diócesis de Laghouat (Argelia). Foto: Diócesis de Laghouat
El obispo de la diócesis de Laghouat, el español Diego Sarrió Cucarella, ha recibido papa León XIV en Argelia, un país que describe como portador de una “identidad fuerte, profundamente marcada por la tradición islámica y por una historia reciente que ha dejado huellas duraderas en la conciencia colectiva”. El religioso de los Padres Blancos repasa para Vida Nueva la histórica visita papal.
PREGUNTA- ¿Cómo es la Argelia que recibe al papa León XIV?
RESPUESTA- La Argelia que recibe al papa León XIV es un país con una identidad fuerte, profundamente marcada por la tradición islámica y por una historia reciente que ha dejado huellas duraderas en la conciencia colectiva. Es también un pueblo joven, fuerte y noble de espíritu, como remarcó el Papa en su saludo al pueblo argelino durante la visita al Monumento de los Mártires, evocando la riqueza humana y los valores de solidaridad presentes en esta sociedad. Es una sociedad que valora la cohesión, la estabilidad y la soberanía, y que mantiene una cierta reserva ante lo exterior, sin por ello cerrarse al encuentro.
No se trata de una sociedad homogénea ni idealizada: conviven en ella aspiraciones diversas, tensiones propias de cualquier país contemporáneo y un equilibrio a veces delicado entre tradición y apertura, entre sentido religioso y vida moderna. Pero existe también una cultura de la hospitalidad y del respeto que permite acoger un acontecimiento como esta visita sin estridencias.
En su discurso a las autoridades, el Papa reconoció precisamente esta complejidad, al señalar que Argelia está llamada a ser, en un mundo de polarizaciones crecientes, un ejemplo de cómo el respeto mutuo y el reconocimiento de la dignidad de toda persona pueden contribuir a una mayor justicia entre los pueblos.
Así, la Argelia que acoge al Papa no es ni un modelo ideal ni un terreno hostil, sino un país real, con sus equilibrios y sus búsquedas, donde gestos como este pueden contribuir —discretamente— a ensanchar los espacios de encuentro y ayudar a fortalecer la particular vocación de Argelia como puente entre el Norte y el Sur, entre Oriente y Occidente.
Diego Sarrió Cucarella, obispo de la diócesis de Laghouat (Argelia). Foto: Diócesis de Laghouat
P.- Desde la diócesis de Laghouat, ¿en qué sale reforzada la pequeña comunidad cristiana con esta visita?
R.- Desde la perspectiva de la diócesis de Laghouat, que comprende la región sur del país, esta visita supone ante todo una confirmación y un aliento. La pequeña comunidad cristiana —discreta, diversa, en gran parte compuesta por extranjeros— vive su misión no en términos de visibilidad, sino de presencia, relación y servicio.
En este sentido, el paso del Papa refuerza nuestra vocación de ser signo evangélico: no se trata de medirse en términos de número, sino de vivir una presencia fiel en medio de la sociedad.
Como recordó en su encuentro con la comunidad cristiana en la Basílica de Nuestra Señora de África, “la fe no aísla, sino que abre; une, pero no confunde; acerca sin uniformar y hace crecer la fraternidad”. Estas palabras iluminan profundamente nuestra manera de estar en Argelia.
Para nuestra diócesis, donde la Iglesia está muy insertada en la vida cotidiana, esta visita legitima un estilo evangélico hecho de cercanía cotidiana, sin protagonismo, en el que la relación y la amistad ocupan un lugar central. Refuerza también la comunión con la Iglesia universal: incluso siendo pequeña, esta Iglesia es plenamente reconocida y sostenida.
A nivel espiritual, hay además un elemento que resuena de modo particular con nuestra experiencia. En palabras del Papa: “Una parte considerable del territorio de este país está ocupada por el desierto, y en el desierto no se sobrevive en soledad…”. Esta imagen expresa bien la conciencia de fragilidad compartida y de interdependencia que marca la vida de nuestras comunidades, y que abre al encuentro con los demás y a la confianza en Dios.
P.- ¿Cómo ha vivido la sociedad civil de un país con una presencia musulmana tan fuerte la visita de un pontífice?
R.- La sociedad civil argelina está viviendo esta visita con una mezcla de curiosidad, respeto y prudencia. En un país donde el islam estructura profundamente la vida social, la presencia de un pontífice católico no es un acontecimiento ordinario, pero tampoco ha sido percibida como una provocación.
Al contrario, muchos han leído la visita en clave de diálogo y reconocimiento mutuo. La visita a la Gran Mezquita de Argel ha tenido un valor simbólico particularmente fuerte. Allí, el Papa subrayó la llamada de los creyentes estemos cada vez más convencidos, de la necesidad a ser promotores de paz, reconciliación y perdón. Esto ha resonado en una sociedad donde la dimensión religiosa es central, pero donde también existe una sensibilidad hacia la convivencia pacífica.
Dicho esto, conviene no idealizar: la acogida es respetuosa, pero también sobria. La sociedad argelina observa, escucha, y será con el tiempo como se podrá medir el verdadero alcance de este encuentro.
P.- Siguiendo el lema del viaje que pone la paz en el centro, ¿cómo resuena la llamada a la paz del Papa en el contexto argelino?
R.- La llamada a la paz encuentra en Argelia una resonancia muy particular. El país lleva en su memoria reciente la experiencia dolorosa de la violencia de los años 90, lo que da a cualquier discurso sobre la paz una densidad concreta, no abstracta.
Cuando el Papa habló de una paz que no es solo ausencia de conflicto, sino fruto de la justicia y de las relaciones, tocó una fibra profunda. En su discurso evocó la necesidad de construir la paz en la vida cotidiana, en la justicia, en el respeto y en el encuentro.
Este mensaje conecta con la aspiración de muchos argelinos a preservar la estabilidad alcanzada, pero también a profundizar en una paz más interior y social.
Además, su insistencia en el rechazo de toda forma de dominación o “neocolonialismo” puede ser particularmente bien recibida, porque se alinea con una sensibilidad fuerte en la sociedad argelina en torno a la independencia y la dignidad.
P.- ¿Qué testimonio envía la Iglesia en Argelia, la de san Agustín, Carlos de Foucauld, la de los mártires…?
R.- La Iglesia en Argelia ofrece un testimonio singular, profundamente arraigado en su historia. Es la Iglesia de san Agustín de Hipona, de santa Mónica y de otros santos de los primeros siglos del cristianismo, pero también la de Carlos de Foucauld, de Madeleine de Jésus, fundadora de las Hermanitas de Jesús y de los diecinueve religiosos y religiosas mártires de Argelia, que decidieron estar junto a este pueblo compartiendo sus alegrías y sus dolores en los años 90, entre ellos las dos misioneras agustinas españolas Caridad Álvarez y Esther Paniagua.
Este testimonio no se expresa en términos de poder o de influencia, sino de fidelidad, presencia y amistad. Es una Iglesia que asume su pequeñez, incluso su vulnerabilidad, pero que precisamente por ello puede ser un signo creíble de comunión, diálogo y paz, como recordó el Papa.
El Papa lo expresó con claridad al referirse a esta Iglesia como una Iglesia que da testimonio más con la vida que con las palabras, “sin pretensiones y sin clamor, con la serenidad y la firmeza de quien no presume ni desespera, porque sabe en quién ha puesto su confianza”.
El mensaje que envía al mundo es fuerte: es posible vivir la fe cristiana en un contexto mayoritariamente musulmán no como confrontación, sino como encuentro, servicio y fraternidad. Y en un mundo marcado por múltiples tensiones —religiosas, culturales y geopolíticas—, este testimonio adquiere una particular fuerza profética, porque muestra que la convivencia no solo es posible, sino fecunda.