Resucitar en el duelo

Grupo de duelo. Foto: Jesús G. Feria

En agosto de 2005, con apenas 17 años, a causa de la meningitis, murió Irene, la hija de Jorge Megías y Puri Roca. Echando la vista atrás, el matrimonio es muy consciente de que una “gracia” que les trascendía fue la que les sostuvo.



Así lo recuerda hoy Jorge: “Cuando mi hija murió, ni Puri ni yo teníamos relación alguna con Dios. Éramos católicos bautizados, pero agnósticos y nada practicantes: ni rezábamos ni íbamos a misa. Estábamos tan alejados que ni siquiera estábamos casados por la Iglesia”.

Búsqueda de respuestas

En ese primer momento, optaron por ir a un psiquiatra: “Pero, a la tercera sesión, le dijimos que lo dejábamos y él nos dijo que lo entendía perfectamente, pues veía que buscábamos unas respuestas de tipo trascendente que él, ateo, no nos podía ofrecer. Y es que, sin ser creyentes, al tocarnos así la muerte, nos hicimos las grandes preguntas… Algo nos hacía sentir que, si no había nada tras la muerte, entonces ¿dónde quedaban el amor y la belleza? Si nada tiene un sentido, somos muertos vivientes, sin más”.

Hoy tiene claro que “el Espíritu Santo nos hizo apostar por la vida”. Pero, en esos meses posteriores a la muerte de Irene, “sentimos inflamado el amor por nuestra hija. Desde una gran hiperactividad, creamos una fundación para luchar contra la meningitis en España, yo le escribía cada día poemas de amor… Realmente, nos transformamos y sentíamos que eso solo podía tener como explicación el hecho de que, de algún modo, ella seguía viva. Nos sabíamos dónde estaba, pero la sentíamos cerca, nos acompañaba”.

Un libro de C. S. Lewis

En ese tiempo, la “búsqueda” fue total: “Leíamos libros de todo tipo: sobre reencarnación, espiritismo, budismo, experiencias cercanas a la muerte… Pero todo cambió el día en que un amigo me envió por correo el libro ‘Mero cristianismo’, de C. S. Lewis. Ahí se puede leer que Dios es Padre, que nos dio a su Hijo y que, fruto de su amor hiperactivo y perfecto, el Espíritu Santo actuó y creó a otras personas que a su vez alumbraron a muchas otras. Me deslumbró y me sentí absolutamente identificado”.

Fascinados por ese descubrimiento, “aún sin tener muy clara esa fe que entonces brotaba en nosotros, sí que tuvimos la intuición de dirigirnos a un sacerdote y le dijimos que queríamos casarnos por la Iglesia, pues sentíamos que nuestra hija así lo quería. Así que, tras una confesión de hora y media y la participación en un cursillo de cristiandad que nos ayudó mucho, tan solo diez meses después de la muerte de nuestra hija, ¡nos casamos con 50 años de edad!”.

Grupo de duelo. Foto: Jesús G. Feria

Catequistas en la parroquia

Entonces empezó su definitiva implicación en la vida de fe, dirigiendo, entre ambos, grupos de catequesis de adultos en su parroquia. Por motivos laborales, Jorge y Puri pasaron seis años en Chile y México. En el último país, fue cuando surgió por primera vez algo que ha marcado su actividad estos años: “Tras ver anunciado en una parroquia un grupo de duelo, me gustó mucho la idea y lo propuse en nuestra propia comunidad parroquial. Íbamos a ponerlo en marcha cuando llegó la pandemia y lo paró todo. Después, volvimos a España y me jubilé al poco tiempo”.

Lejos de tomárselo como una decepción, Jorge no se rindió y, nada más llegar aquí, en julio de 2021, se dirigió a su parroquia, la de San Carlos Borromeo, en la localidad madrileña de Villanueva de la Cañada, y propuso al párroco poner en marcha el proyecto. Sin dudarlo, decidieron apostar por ello. Y eso que, en aquel momento, ni sabían cómo lo harían…

Contactaron con Mateo Bautista

Pero, como recuerda él, muy pronto dio con la tecla: “Busqué en Internet esto: ‘Grupo parroquial duelo’. Y la primera búsqueda me remitió al sacerdote Mateo Bautista García y a su web, pastoralduelo.org, que, directamente, me entusiasmó. Este religioso camilo, misionero español que ha vivido muchos años en Buenos Aires, donde conoció a Bergoglio, y que ahora reside en Lima, concreta su carisma en la ayuda a la persona que sufre en la llamada Pastoral del Duelo Resurrección. Y lo hace enfocando su vocación en el duelo por la muerte de un ser querido, que es muy diferente del que se siente por una enfermedad propia o un sufrimiento personal de otro tipo, que son otro tipo de duelos”.

Fascinado por su figura (“en 30 años, ha escrito más de 70 libros sobre la cuestión e impulsa una red presente en 11 países”), Jorge no lo dudó y, tras comprobar que en España solo había cuatro grupos de duelo, contactó con el padre Mateo para ofrecerse a ayudarle en el impulso del proyecto en nuestro país: “Tras contar con su aprobación y con la de mi párroco, en nuestra comunidad local lo movimos y muy pronto tuvimos una respuesta impresionante: en solo dos meses se apuntaron 23 personas y, no solo salía un grupo, sino que lo tuvimos que dividir en dos, coordinando uno entre mi mujer y yo, llevando el otro nuestra querida Eva Ruiz de Aldereguía, viuda. Empezamos aquel septiembre y todo ha funcionado tan bien que ya hay cuatro diócesis que cuentan con grupos propios: Asidonia-Jerez, Cuenca, Getafe y Madrid”.

En todas las parroquias

Una noticia a celebrar, aunque él, entusiasta, tiene claro el objetivo: “Que estemos presentes en todas las parroquias de España, pues en todas hay personas que nos necesitan”. Y es que, reitera, la clave de su respuesta es la concreción, yendo al fondo del problema con decisión: “Cuando experimentamos el dolor por la muerte del ser querido, tenemos dos opciones: dejar pasar el tiempo con pasividad hasta que ese sufrimiento se enquiste o trabajarlo dentro de ti, en un camino que es un proceso, hasta conseguir la sanación interior”.

Un claro ejemplo de cómo cala esta revolución de la esperanza, del triunfo de la vida sobre la muerte, está en el testimonio de Irene Renart. Residente en Barcelona, siente que, “ante las pruebas que se te presentan en la vida, el Señor te tiende la mano a través de las formas más insospechadas. Esto siempre es así, solo que, cuando le negamos, cuando vivimos sin Él, es muy probable que no nos enteremos de nada”.

Grupo de duelo. Foto: Jesús G. Feria

Superó el miedo inicial

Su prueba llegó con la muerte de Mikel Azurmendi, su marido, que fuera uno de los fundadores de la plataforma Basta Ya, comprometida en la lucha frente a ETA. Tiempo después, tras ser conocedora, gracias a su amigo Javier Amate, de la existencia del Grupo Parroquial de Duelo Resurrección que Jorge y Puri coordinaban en Villanueva de la Cañada, no lo dudó y contactó con ellos: “Después de una videoconferencia de unas dos horas con Jorge, intuí que allí podía haber un bien para mí y, aunque me daba miedo el compromiso de un encuentro semanal, dije sí”.

Desde la distancia, a través de sus conexiones online, Irene se fascinó con la pastoral del matrimonio y con el creador de la misma, el camilo Mateo Bautista: “Está claro que les asiste la gracia del Señor. Ayudar a las personas en los duelos me parece una caridad de las más preciosas que existen”.

Una gracia que se derrama

De ahí que anime a quienes pasen por este sufrimiento a conocer los cursos. Con “perseverancia”, irán viendo “todo va sucediendo solo, pues la gracia que se va derramando en nosotros y entre nosotros. A cualquier persona en duelos intensos, en los que se sufre una sacudida que te descoloca la vida, te puede ayudar mucho. En mi caso, Mikel fue en su vida terrenal alguien extraordinario, y su muerte fue inesperada y con cierta violencia, un ataque al corazón delante de mí y de su hijo Nahiko… Nuestro vínculo era fortísimo. No veía cómo podía volver a ser feliz sin él aquí”.

En pleno curso, falleció también la madre de Irene, Rosa María Montalat: “También era una mujer extraordinaria, el pilar de la familia y con quien tenía un vínculo muy especial. Lo he podido vivir de otra manera, más serena, y consciente de todos los regalos que el Señor me ofrecía para mi consuelo”.

Más vivos que nunca

Ahora siente que “Mikel y mi madre están vivos, más vivos que nunca, en un cuerpo espiritual, en el cielo. Su amor hacia mí es más intenso y puro que nunca, y el mío hacia ellos, también. Les sigo echando de menos, claro que sí, pero sigue siendo un amor de ida y vuelta. He aprendido a despertar los lenguajes interiores del amor. Y, como dice el padre Mateo, ahora tengo un botiquín, con herramientas de emergencia para cuando te asalten momentos de tristeza, ideas insanas o se acerquen fechas clave”.

Fotos: Jesús G. Feria

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