El Papa invita a los católicos griegos a “no prestar oído a aquello que corroe la esperanza”

El papa Francisco, en la misa en Atenas

Dos acontecimientos han marcado la segunda parte de este glorioso domingo de Adviento en tierras griegas: la Eucaristía en el Megaron Concert Hall y la visita del arzobispo ortodoxo Hieronymos II a Francisco en la Nunciatura Apostólica.



Digámoslo sin rodeos: la Misa no ha contado con una presencia de masas; cifras concordantes señalan que han asistido a ella poco más de 2.000 personas, pero dada la exigüidad de la comunidad católica de este país, no es un número despreciable. En todo caso para este Papa el “éxito” de un evento no depende de las cifras de participantes y hay que reconocer que ha sido una celebración litúrgicamente ejemplar con una contribución musical de altura y con una conmoción visible en los rostros de los fieles.

Como si quisiera confortar a los católicos griegos en su homilía, Jorge Mario Bergoglio reconoció que “en la vida de una persona o de un pueblo no faltan momentos en los que se tiene la impresión de hallarse en un desierto. Y es precisamente allí donde se hace presente el Señor que a menudo no es acogido por quien se siente exitoso sino por quien siente que ya no puede seguir”.

Una verdadera conversión

Utilizando la etimología de la palabra griega ‘metanoia’, que significa conversión (compuesta por la proposición ‘meta’ que significa más allá y ‘noein’ que quiere decir pensar) afirmó que “convertirse es pensar más allá y no detenernos aquí, ir más allá de lo que nos dicen nuestros instintos y nos representan nuestros pensamientos porque la realidad es más grande. La realidad es que Dios es más grande. Convertirse entonces significa no prestar oído a aquello que corroe la esperanza, a quien repite que en la vida nunca cambiará nada; es rechazar el creer que estamos destinados a hundirnos en las arenas movedizas de la mediocridad”.

Antes de abandonar el lugar de la celebración eucarística, el Papa recibió del alcalde de Atenas una condecoración del máximo nivel como reconocimiento de la ciudad a su presencia.

Ya caída la tarde, Francisco regresó a la sede de la delegación apostólica en Atenas, donde recibió la visita de Su Beatitud Hieronymos II. Este hecho insólito es una prueba de las muy buenas relaciones personales entre ambos y de la sustancial mejora del clima que reina entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa Griega.

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