Tribuna

Ir hacia la otra orilla

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La frase “ir hacia la otra orilla”, que vemos en el Evangelio según San Marcos, tiene un significado mucho más amplio que una simple expresión geográfica. Establece una base eclesiástica, teológica y espiritual de gran profundidad e importancia.



De acuerdo con el Evangelio, las travesías por el mar de Galilea simbolizan transformaciones esenciales como pasar de lo judío a lo gentil, de lo familiar a lo extraño, del orden al caos y de la seguridad a una misión arriesgada. La patrística interpretó estos fragmentos como ejemplos del desplazamiento de la Iglesia y del ser humano hacia puntos de vista nuevos, sean espirituales o misioneros. En cambio, la mística los percibió como motivaciones para el cambio interno y para sobrepasar las limitaciones existenciales propias.

Este argumento, según la enseñanza de la Iglesia, representa el llamado de Cristo a pasar de la esclavitud del pecado a la libertad de la gracia. Se puede observar esto en las interpretaciones místicas y patrísticas que se recogen en el Catecismo de la Iglesia Católica y en la Catena Aurea, escrita por Santo Tomás de Aquino. En el Evangelio, Jesús sugiere de manera explícita que crucen al otro lado en dos instancias importantes, las cuales van seguidas de tormentas en el mar que evidencian su poder divino.

Hombre Rio

Transición y apertura

En Marcos, los cruces al otro lado marcan momentos decisivos en los cuales Jesús lleva a sus discípulos fuera de su zona de confort —tanto física como simbólicamente—, abriendo así nuevas posibilidades para el anuncio del Reino. El viaje implica enfrentarse al caos, lo desconocido y lo marginal, subrayando una dinámica constante de salida ˗ misión ˗ retorno.

La Patrística vio estos cruces como figuras del paso pascual. Salir del pecado hacia la vida nueva en Cristo; o bien como imagen eclesial: la Iglesia llamada a cruzar fronteras culturales y espirituales. Orígenes, por ejemplo, interpreta el cruce como prueba pedagógica para los discípulos. Jerónimo, por su parte, privilegia una lectura espiritual sobre la literalidad histórica.

Otros autores ven en este cruce una prefiguración del misterio pascual. Cristo cruza la orilla de la vida a la muerte, y de la muerte a la Resurrección, llevando consigo a la humanidad. San Hilario de Poitiers sugiere que la otra orilla es la eternidad, y el mar es el tiempo presente, turbulento y finito. Nuevamente, Orígenes, en su Comentario a Mateo, conecta estos cruces con la superación de lo material hacia lo espiritual. Los discípulos olvidan panes al llegar “a la otra orilla” porque necesitan un alimento nuevo, el pan eucarístico, liberados de la “levadura de los fariseos”. Así, la patrística ve la otra orilla como tránsito de la ley antigua a la gracia, probada por tormentas que forjan la fe.

El éxodo del alma, una mirada desde la mística

En la tradición mística, la otra orilla adquiere un sentido anagógico, apuntando al paso de la muerte a la vida eterna, prefigurado en el Bautismo. El Catecismo 1221-1222 lo relaciona explícitamente cuando señala que el cruce del Mar Rojo anuncia la liberación bautismal de la esclavitud egipcia (pecado), y el Jordán, la entrada a la Tierra Prometida, imagen de la vida eterna. Benedicto XVI, en Jesús de Nazaret, va a desarrollar un sentido cuádruple de la Escritura: el Bautismo de Jesús recapitula la historia, anticipando su muerte y resurrección; la tierra prometida es la asamblea eucarística, libertad para el verdadero culto.

Para autores como san Juan de la Cruz, ir a la otra orilla implica la noche oscura. Significa dejar atrás los consuelos sensibles, las ideas preconcebidas que tenemos de Dios y de nosotros mismos (la orilla conocida), para lanzarse al no saber del mar divino. El místico entiende que Dios es siempre el Otro, la otra orilla que nunca terminamos de alcanzar pero que siempre nos atrae. Cruzar implica riesgo. Como señala Maestro Eckhart, es un proceso de desasimiento, donde el alma debe quedar vacía de esta orilla para que Dios sea su único horizonte. Representa el abandono radical de todo apego a las criaturas, al yo y a las imágenes conceptuales de Dios, para penetrar en el núcleo inefable de la divinidad. En todo caso, esta enseñanza permanece viva, exhortándonos a remar contra vientos contrarios hacia la paz de Cristo. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris