“Figari es el fundador histórico del Sodalicio de Vida Cristiana, pero no un referente espiritual para nuestra comunidad ni para la Familia Sodálite” (‘Comunicado oficial’, 14 de agosto de 2024). Con esta afirmación, el actual Sodalicio se desmarcaba, pero, a la vez, se reconocía fundado por alguien que ha sido señalado como agresor sexual y psicópata autoritario tiránico: además de sevicias y humillaciones continuas a sus adeptos, “castigaba a los más jóvenes con un látigo con punta de metal, les ordenaba dejar sus brazos sobre el fuego durante los segundos suficientes para llenarse de ampollas, los obligaba a desnudarse y golpearse entre ellos; a algunos otros, los más vulnerables, les practicaba un supuesto ritual esotérico para restaurar su pureza que, en realidad, consistía en tener sexo” (Renzo Gómez).
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Por estos y otros gravísimos comportamientos contrarios a la profesión de los consejos evangélicos –ilícitos según la legislación canónica e incluso civil, repetidamente denunciados a lo largo de los últimos 24 años y debidamente acreditados ante la ‘Misión especial Scicluna-Bertomeu’ por numerosas víctimas que declararon ante ella en la Nunciatura de Lima a partir del 25 de julio de 2023–, el Dicasterio para la Vida Consagrada procedió a la expulsión de Figari de la sociedad de vida apostólica que él mismo fundó.
Para ello, fue necesario el mandato de Francisco, dado que la competencia le correspondía al moderador general del instituto, así como la posterior aprobación papal en forma específica, indicando de este modo la gravedad de la decisión y la imposibilidad de presentar un ulterior recurso contra la misma.
Sin embargo, el intento de desvincular la persona de Figari del Sodalicio y del resto de familia ‘sodálite’ que fundó es altamente problemático y merece una atención pormenorizada.
Un reconocimiento canónico viciado
Esta sociedad de vida apostólica, así como otras realidades asociativas a ella vinculadas, pudieron recibir el ansiado reconocimiento canónico tras acreditar que su fundador, el laico limeño Luis Fernando Figari Rodrigo, nacido en 1947, sería portador de un carisma especial útil no solo para sí mismo, sino para toda la Iglesia.
Sin embargo, periodistas como Pedro E. Salinas (autor del libro ‘Sin noticias de Dios’) y Paola Margot Ugaz (coautora junto al primero de ‘Mitad monjes, mitad soldados’) han divulgado graves irregularidades ya desde los mismos inicios del Sodalicio: no solo se han acreditado abusos de menores en Figari ya antes de la fundación del grupo el 8 de diciembre de 1971, sino que poco tiempo después, en 1973, la dirección del colegio particular Santa María, de los marianistas, lo expulsó a causa de su proselitismo entre alumnos adolescentes, reclutados con extrañas interpretaciones de la fe católica adobadas con elementos de pseudo-filosofía oriental, ideología fascista y culto irracional a la persona del fundador.
Tampoco se puede obviar la vinculación de Figari por entonces con el polémico grupo de origen brasileño ‘Tradición, Familia y Propiedad’ (TFP), o su paternidad respecto al grupo ‘Escalones Juveniles Nacionalistas’, inspirado directamente en la Falange Española de José Antonio Primo de Rivera y en la Guardia de Hierro del rumano Corneliu Zelea Codreanu.
Posteriormente, valiéndose de tretas y maniobras ante los dicasterios romanos –siempre según Pedro E. Salinas–, Figari y sus acólitos habrían logrado el reconocimiento canónico, primero diocesano (1994) y poco después pontificio (1997).
Con ello, el preceptivo juicio de la jerarquía sobre la probidad del presunto nuevo carisma habría quedado notablemente viciado: “Cuando se trata de nuevas fundaciones, se requiere absolutamente que cuantos deben contribuir a dar el juicio acerca de ellas, emitan su sentencia con prudencia manifiesta, estudio ponderado y justo rigor” (‘Mutuae relationes’, 52).
No es casual, por tanto, la insistencia en los “referentes espirituales” y, simultáneamente, el silencio sobre el “carisma originario”. Esta será la estrategia seguida en el Sodalicio desde el año 2000, tras las primeras graves acusaciones de abusos contra su fundador por parte de José Enrique Escardó, confirmadas posteriormente, entre otras personas, por Martín Scheuch en 2012 y, en particular, tras la publicación en 2015 del libro ‘Mitad monjes mitad soldados’, de Salinas y Ugaz.
¿Carisma originario del fundador o simples referentes espirituales?
El problema de este y muchos otros nuevos movimientos de raíz carismática, no asociativa, radica en su incapacidad para individuar en modo convincente la ‘gracia especial’ (LG 129) o ‘don de carácter circunstancial’ (LG 12) y ‘peculiar’ (1 Cor 12, 7) que el Espíritu Santo habría concedido a toda la Iglesia a través de su fundador para afrontar los retos particulares de un momento histórico.
Estos grupos eclesiales derivados de un carisma compartido (‘Iuvenescit Ecclesia’, 2) –es decir, movimientos eclesiales y nuevas comunidades constituidos todos ellos no como fenómeno asociativo, sino a partir de un don originario o fundamental suscitado por el Espíritu mediante la iniciativa propia de un determinado fiel– necesitan siempre de la aprobación y de una particular y constante vigilancia sobre ellos de la jerarquía eclesial.
Este dinamismo de supervisión o alta dirección es lo que en teología de los carismas se denomina relación co-esencial entre dones jerárquicos y dones carismáticos (‘Iuvenescit Ecclesia’, 11). Solo la jerarquía puede y debe discernir la diferencia entre el don personal recibido por cada fiel en el bautismo para su santificación (‘gracia gratum faciens’) y el carisma original recibido solo por algunos, independientemente de su santidad, para acercar a otros a Dios, es decir, para la edificación de toda la Iglesia (‘gracia gratis data’).
En caso de que la autoridad eclesial acreditara la inexistencia de un carisma auténtico en uno de estos autoproclamados fundadores, tras constatar en su actuación numerosos casos de todo tipo de abuso, sus seguidores podrían quedar en una situación eclesial muy comprometida.
En tal caso, el origen de tales movimientos eclesiales no se debería a la acción del Espíritu, sino probablemente al simple genio humano del fundador o, peor aún, a la influencia del Maligno (“Carismas y nuevas comunidades”, de Denis Biju-Duval).
Todo fundador es un fiel de probada virtud
Según el Concilio Vaticano II, un carisma auténtico es una regla para la práctica de los consejos evangélicos que se concede a una persona concreta, aunque puede ser participado por otros, pasando a ser una viva y preciosa herencia que genera una afinidad espiritual (‘Christifideles laici’, 24).
El bien personal o crecimiento en caridad del que recibe dicho carisma, por su intrínseca utilidad común, más allá del pecado que hay en él o ella, no debe ser obstáculo para que sea un bien para otros y edifique a toda la Iglesia (‘Apostolicam actuositatem’, 3). Pero es siempre un don o carisma peculiar dado a un fiel por el Espíritu “como este quiere” (1 Cor 12, 11) y no simples capacidades humanas (‘Iuvenescit Ecclesia’, 4).
Siendo manifestaciones del Espíritu del amor (1 Cor 12, 7), podría decirse que un carisma original no es una construcción de laboratorio o el resultado de una especie de ingeniería espiritual. Particularmente, cuando obras de apostolado deslumbrantes y especialmente vistosas desde el punto de vista mundano no están orientadas ni estructuradas desde la caridad (Mt 7, 22-23).
Por su parte, el receptor de esta gracia solo puede ser un fiel ‘insigne’ (LG 45), es decir, alguien que, más allá del pecado que pueda haber en él, es una persona de probada virtud. Debe ser alguien caracterizado por una vida dedicada a Dios y que, en el caso de la consagración, emerja por su esfuerzo en la práctica de los consejos evangélicos (‘Perfectae caritatis’, 1b). Todo ello vivido públicamente en docilidad a la jerarquía y al don recibido (‘Mutuae relationes’, 51).
La tradición magisterial ha insistido en esta condición porque estos fieles, a pesar de su pecado, son también receptores de una gracia que les convierte en coordenadas morales no solo para sus seguidores sino para la edificación de toda la Iglesia (‘Suma Teológica’ I-II, q. 111).
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